22/12/2014
Cuando le pedían que recomendara un libro Carlos Fuentes tenía una estrategia que era también una táctica para distraer al intruso. Solía responder que en cada estación festiva del año (verano, navidad) se ponía a releer. Sus favoritos eran Balzac, Flaubert, dos escritores del siglo XIX, y Faulkner, que estaba más cerca. No está Fuentes solo en esas preferencias, claro está. Balzac y Flaubert, junto con Faulkner, son autores recurrentes en las recomendaciones, navideñas, veraniegas, de los escritores. Y es raro que se pasen de ese tiempo en que vivieron y escribieron dichos autores, a no ser que haya lazos familiares o editoriales, o de otro tipo, tan fuertes como para hacer que un autor recomiende a uno de su vecindad (de edad, de estilo, incluso de editorial). ¿Por qué sucede esto? ¿Por qué es tan difícil recomendar a un autor vivo o de tu tiempo?
Bill Clinton, el expresidente norteamericano, le dijo a Fuentes, precisamente, en presencia de Gabriel García Márquez, que su libro favorito era el Quijote, que le gustaba Faulkner, y que adoraba Cien años de soledad. Nadie puede discutir sus preferencias, pero sí llama la atención, por infrecuente, que alguien recomiende delante de otro escritor el libro de un colega. Eso no es habitual sobre todo entre colegas, de modo que como Clinton no es colega, a pesar de que escribió unas memorias, él no entra en el saco.
Hay una regla no escrita, entre editores, incluso entre libreros, que delante de un autor no se habla (al menos no se habla mucho) de otro autor, pues se juzga que puede resultar indelicado hacer juicios de valor que desmejoren al autor presente. De modo que en esas conversaciones se hacen circunloquios o indagaciones que permiten averiguar por dónde va el gusto de los que hablan, sin llegar a la medalla final de sus preferencias.
Así que en todas esas encuestas (como las que ahora, en estas fechas tan señaladas, que diría Millás, se suscitan en diversos periódicos nacionales) los autores que recomiendan libros (de cualquier época) optan por el pasado más remoto, que incluye a los clásicos, como la Biblia o Cicerón, hasta el más próximo, que se detiene más o menos en aquellas preferencias de Carlos Fuentes. Si tienes a Balzac a mano, ¿por qué recomendar, por ejemplo, a Sergio del Molino, que es un chiquillo y que además no te debe ningún favor?
Esto siempre no fue así. El boom de la literatura hispanoamericana tuvo ese efecto de explosión multilateral gracias a que Fuentes, por ejemplo, recomendó a Julio Cortázar, y a que éste (como se advierte muy bien en dos libros que recomiendo: el de Luis Harss, Los nuestros, y el de Luisa Valenzuela Entrecruzamientos) recomendó los libros de Fuentes. La madeja se fue enrollando de modo que unos y otros se recomendaron entre sí hasta llegar a lo que fue el inmenso eco de aquella partida de escritores que entonces eran unos muchachos y que la historia ha consagrado como Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa…
Por Juan Cruz/BlogsElPaís
Etiquetas: autores, Balzac, Bill Clinton, Carlos Fuentes, Cien Años de Soledad, editores, Entrecruzamientos, escritores, Faulkner, Flaubert, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, libreros, Los nuestros, Luis Harss, Luisa Valenzuela, Quijote

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