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Aquí no hay quien escriba - España España

02/12/2014

"Poeta en cangrejeras" no era el título de un nuevo poemario de moda. Quizás lo sería algún día, con premio Loewe y toda la pesca, pero aún era pronto. El poemario ni siquiera se había publicado. ¡Ni siquiera estaba escrito, demonios! Me consta que por aquella época era simplemente una idea que emborronaba su Moleskine formato Pocket color cartón. Yo lo veía todas las mañanas al salir de casa, camino del metro, coleta engominada, cara de modelo, mirada acero azul desparramada sobre la calzada, anotando versos disipadamente en la cima de sus rodillas, pierna izquierda sobre la derecha, pantalones frescos a la altura del tobillo y sí, cangrejeras transparentes en los pies que caían de los mullidos banquitos exteriores del Federal Café. Era un poeta. Pero no uno cualquiera. Era poeta en cangrejeras. Como las que usábamos de niños para ir a la playa de grava. Solo que ahora servían para escribir poesía.

Una tarde sentí tanta envidia que cogí el portátil, las llaves y el bolso y me bajé al Federal a escribir. No había sucumbido a la moda de las cangrejeras aquel verano y tenía presente la opción de que mi ostracismo estilístico ahuyentase a las musas. Pero estaba inspirada. Escribir en una cafetería podía ser la solución a esa novela que nunca pasaba de la decimosexta página. Por fin lo veía claro. En las entrevistas de promoción diría que había sido todo gracias a esa cafetería tan mona que había debajo de casa con tartas de zanahoria y pinta de estar en Suecia.

En la cafetería eran las seis de la tarde y hacía un calor marciano, los banquitos con vistas al exterior estaban vacíos. Eché un vistazo general. Mesas redonditas y mucha madera clara. Al fondo, reluciente, estaba la mesa corrida. Había visto en las películas indies americanas que allí se sentaban los escritores de verdad. Pedí un café con leche, la clave del wifi y me dirigí hacia al Pulitzer con pasos contundentes y decididos. Ya en posición, abracé la espuma del café, en forma de corazón, como una señal. Pero no canté victoria. Las manos me temblaban según abría el ordenador. Había estado en el Federal millones de veces (tienen los mejores croissant de la ciudad), pero me sentía como si esta fuera la primera.

Entonces llegaron los grupos de amigos. Grandes pandillas que se arremolinaban en las mesas de madera de pino y corrían a por sillas para ampliar la comitiva. Empecé a sudar. Miraba intermitentemente la página en blanco y las corrientes circulares que mis vecinos hacían y deshacían en el tiempo. Empecé a dudar de mí misma. A mi lado, en la mesa corrida, un par de chicos tecleaban raudos y veloces. ¿Qué estoy haciendo mal?, me pregunté. Aislados por sus cascos fosforitos, los chicos, ojos forasteros, camisetas blancas, pantalón pitillo, escribían como si nos rodease el silencio de la Biblioteca Nacional. Era una pardilla. Una principiante. No tenía auriculares. Me maldije según veía que entraban en el café nuevos clientes con carritos de bebé.

El tema de escribir en cafeterías se convirtió en una obsesión. Compré un mapa de Madrid y lo colgué en la pared del salón. Como un detective privado, marqué con chinchetas y ovillos de lana las cafeterías sospechosas de albergar literatos. Una mañana de septiembre, cogí el portátil y me eché a las calles para ser escritora.

Si mis fuentes no me traicionaban, existían dos clases de cafeterías para escritores exhibicionistas. Para empezar, estaban las franquicias: los Starbucks y los Le Pain Quotidiene. Yo era una anglófila consagrada. Había pasado veranos en Ohio y en Plymouth, dormía junto a las poesías completas de Emily Dickinson y sabía contar hasta cien en inglés. Aunque me gustaban mucho las películas de Truffaut supe desde el primer momento cuál era mi destino. Taché Le Pain Quotidiene y empecé por el Starbucks de mi barrio donde, sorpresa, también había una mesa corrida.

Ese fue el principal problema. Azorada, con el portátil en una mano y un digestivo Mocha Frappuccino en la otra, fui saludando a todos los conocidos que trabajaban arremolinados alrededor de la mesa…

Por Andrea G. Bermejo/Yorokobu.es

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Etiquetas: poemario, Poeta en cangrejeras, premio Loewe, poeta, Emily Dickinson, Truffaut

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