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El esteta y el crítico literario - México México

17/11/2014

José Revueltas era incapaz de responder de frente a las críticas.

Comienzo señalando lo que a primera vista podría considerarse una tara en la constitución anímica de José Revueltas: su incapacidad para responder de frente a las críticas, a veces no solo severas sino malintencionadas, que merecieron él y sus textos literarios. Esta es una constante que no lo abandona nunca. Su primera gran novela, El luto humano (1943), que le acababa de valer un Premio Nacional de Literatura, fue saludada con una reseña de Octavio Paz en la que no solo lo acusaba de torpeza para relatar, de recurrir a un lirismo sin empleo y de empantanar su texto con digresiones y personajes inconsistentes, sino que le negaba al libro su calidad genérica: no era una novela. Revueltas reaccionó, es cierto, pero de modo oblicuo y sin darse personalmente por aludido, con lo que, podría decirse, los ataques quedaron sin contestación. En los años cincuenta sucedió algo todavía peor. Los días terrenales (1949), su siguiente novela, aunque elogiada como una obra de arte por críticos de la talla de Salvador Novo y Alí Chumacero, fue condenada al infierno de la literatura degenerada que inspiraba el decadentismo existencialista por Enrique Ramírez y Ramírez, vocero de la izquierda, quien consideró a su autor como un renegado ideológico que con esta obra filosofante y teñida de misticismo se hacía eco de la propaganda que los periódicos burgueses propalaban contra el sistema socialista. En ese caso, Revueltas no solo se quedó callado, sino que, cimbrado de seguro en lo más íntimo, acabó enviando a Lombardo Toledano y a Ramírez y Ramírez una carta en la que, como si retrocediera a los tiempos oscuros de la Edad Media, entonaba un patético mea culpa, agradecía la críticacientífica (sic) que se le acababa de hacer, y se desdecía de tal forma de su novela que anunciaba que la retiraría de la circulación. ¡Tal cual! Por fortuna, esta carta, que exhibe a su autor en el trance de una abjuración lastimosa, no fue publicada en su momento. En franca actitud de repliegue, Revueltas no solo dejaba desamparada a su novela, sino que igualmente nos privó de lo que pudo haber sido un debate de significativas repercusiones dentro de la cultura de la izquierda de aquellos años, tan lastrada por el estalinismo vernáculo.

Con su siguiente novela de madurez, Los errores (1964), sucedió algo semejante. Se la llegó a elogiar pero a menudo con reticencias: su lenguaje era demasiado espeso, la trama resultaba confusa, la caricatura predominaba sobre el retrato y campeaba en ella el resentimiento de alguien que había sido expulsado en dos ocasiones del Partido Comunista. La respuesta del autor, de nuevo muy indirecta, consistió en escribir un ensayo en el que postulaba el audaz concepto de autoanálisis literario. Es la novela misma la que, convertida en una entelequia en el genuino sentido aristotélico del término, se autoanaliza y se justifica a sí misma ante el público lector y la posteridad: José Revueltas como tal no es sino un testigo del que se puede prescindir.

Esta extraña "desaparición" de la figura del autor, que se resuelve por la incapacidad de defender sus textos ante la crítica, y que podría explicarse por las lecturas "cristianas" de su adolescencia ("no respondas al mal con el mal"), en realidad embona muy bien con la compleja idea de despersonalización que parece ser típica de los personajes revueltianos y que el propio Revueltas llega a esgrimir en varios de sus textos. Es como si el autor estuviera convencido de que el individuo como tal es un guarismo insignificante, y que lo que importa no es el yo personal, efímero y falible, sino el destino de la humanidad como un todo. Es la impersonalidad asumida de modo consciente por José Revueltas y convertida, por decirlo así, en mantra existencial, la que deja a la deriva a El luto humano, Los días terrenales y Los errores, textos que, en dado caso,habrán de defenderse solos y sobrevivir si tienen méritos para ello. Por supuesto, han sobrevivido.

La imposibilidad de entablar polémica, que podría parecer un defecto de carácter, se revela de algún modo como una convicción vinculada a la concepción marxista de la historia que sostiene Revueltas. Cuando en su reseña titulada "Una nueva novela mexicana" Paz rompe lanzas contra El luto humano, Revueltas se desentiende de sí mismo y de su novela pues no hay nada en ellos que merezca defenderse en el plano burgués de la individualidad. Asume el reto pero de una manera sesgada e impersonal, como consta en "Réplica sobre la novela: el cascabel al gato", que se publica apenas una semana después de que apareciera el texto de Paz. En este ensayo poco visible pues los editores de las Obras Completas lo insertaron en un libro que se titula Visión del Paricutín (Y otras crónicas y reseñas), Revueltas aporta su propio diagnóstico no solo sobre la novela sino sobre la situación general de las letras en el país. En México se debatirían los siguientes grupos: los helenizantes que nunca arriesgan nada, encabezados por Alfonso Reyes; los europeizantes puros que en el fondo nada quieren saber de lo que sucede en este país, bajo la jefatura de Xavier Villaurrutia; los “"revolucionarios" oportunistas que viven a la sombra del presupuesto como Jorge Ferretis y Gregorio López y Fuentes; los ministros y generales literatos, de los que no hace falta hablar; y, por último, los escritores marxistas entre quienes se encuentran Juan de la Cabada, Ermilo Abreu Gómez y su gran amigo, el poeta Efraín Huerta.

Revueltas pone por delante un hecho histórico: la novela como género se forma en la época en que surgen los Estados nacionales. La novela es la manera en que la nación toma conciencia de sí y se da una expresión literaria. La novela en términos muy generales […] es un fenómeno de madurez nacional. Esta madurez, como es obvio, no depende tanto de la persona del novelista como del mundo al que éste pertenece, el mundo que está obligado a reflejar. Por ello, las fuentes del estilo hay que buscarlas en el pueblo, no en la conciencia ilustrada de los presuntos escritores. En este contexto, Revueltas deja caer una fórmula de oro: lo que debe importar no es "escribir bien", sino “expresarse bien” como de seguro hizo Cervantes. Los exquisitos no entienden el problema del estilo porque tienen la mira puesta en la eternidad, quieren ser clásicos desde ahora. ¿Qué es un escritor? Revueltas piensa que el escritor es un albañil que aspira a lo perenne. Por eso asegura: Este es el mal de nuestros escritores, de todos nuestros escritores. En el fondo de cada sollozo de Octavio Paz o de cada lágrima de Neftalí [Beltrán] o de cada suspiro de Pellicer […], hay una aspiración a la inmortalidad. Si estos escritores se metieran de verdad en el movimiento dialéctico de la vida, se olvidarían de esta pretensión soberbia. En El luto humano, parece dar a entender Revueltas entre líneas: yo quise atenerme a este movimiento sin pensar en los preceptos de la academia ni en las madréporas de la eternidad. Quise expresarme, y me expresé.

Por Evodio Escalante/ Laberinto/Milenio

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Etiquetas: José Revueltas, crítico literario, textos literarios, El luto humano, Octavio Paz, Los días terrenales, Salvador Novo, Alí Chumacero, Enrique Ramírez y Ramírez, ensayo, autoanálisis literario, Jorge Ferretis, Gregorio López y Fuentes, Juan de la Cabada, Ermilo Abreu Gómez, Efraín Huerta

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