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Diez escritores que fueron borrachines para bien y para mal - Internet

10/11/2014

Las drogas y la literatura siempre han estado íntimamente ligadas porque las primeras pueden obrar como catalizadores de la segunda. Y muchos son los escritores que estarían dispuestos a firmar un pacto fáustico con el dios Baco que les permitiera concebir una obra maestra.

En el caso del alcohol, casi podríamos afirmar que gran parte de los clásicos de la literatura no fueron escritos con tinta, sino con vino. Villon, Joyce, Rabelais, Poe, Roth, Lowry, Horacio, Gonzao de Berceo, Chaucer, Bocaccio, César Vallejo, Cabrera Infante, Bowles, Arquíloco, Omar Jayán, Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti, Anthony Burgess, Fulkner, Joyce, Hemingway, Scott Fitzgerald… todos escribieron e hiparon.

Ya sea porque el autor tiene algún gen que le predispone a empinar el codo más de la cuenta, ya sea porque el alcohol siempre ha sido la droga legal de acceso más rápido y efectos más notables, tenemos un buen ramillete de escritores dipsómanos que no serían lo que son sin la asistencia del C2H6O (o quizá habrían llegado a más).

1. Charles Bukowski

Estamos ante el paradigma del escritor borracho y contestatario, el epítome del escritor autodestructivo que, sin embargo, destila su mejor prosa mientras se está muriendo. La forma más rápida de penetrar en el sórdido mundo de Bukowski es a través de una película.

La película es The Barfly (El borracho), interpretada por un Mickey Rourke en estado de gracia, andando y moviéndose como una lagartija (o como un aristócrata de vuelta de todo, tal y como rezan en la película), cuya única razón de su existencia es conseguir, sea como sea, y bajo cualquier precio, un lingotazo. Los diálogos producen una mezcla de desasosiego e hilaridad.

El propio Bukowski parecía ser un personaje de ficción. Por ejemplo, en un programa de televisión francés, Apostrophes, frente a la mirada atónica de su presentador, el periodista y crítico literario Bernard Pivot, el bueno de Bukowski se pimpló de un solo trago una botella de vino blanco. Sin pestañear. No resulta raro que una de sus frases míticas relativas al bebercio fuese:

Ese es el problema de beber, pensaba, mientras me servía un trago. Si algo malo pasa, bebes para intentar olvidar; si algo bueno, bebes para celebrar; y si nada pasa, bebes para que hacer que algo pase.

2. Edgar Allan Poe

El gato negro no sería lo mismo sin el delirium tremens en el horizonte. Edgar Allan Poe era el clásico beodo al que no le importaba perder la conciencia o caerse en redondo, tal y como explica Robert Schnakenberg en el libro Vidas secretas de grandes escritores:

Un compañero de universidad escribió que «su pasión por la bebida era tan poderosa y peculiar como la que tenía por las cartas […] Se metía en el cuerpo un vaso entero de un solo trago sin pestañear». Este vaso solía bastar para sumirlo en un estado de sopor etílico. Sin duda, una parte del problema radicaba en su débil complexión y su enfermiza constitución.

3. Joseph Roth

Antes de morir en París, en 1939, el alcohol que corría por sus venas le permitió parir La leyenda del santo bebedor, justo antes de que le segara la vida. En su tumba dice, simplemente, écrivain autrichien mort à Paris (escritor austríaco muerto en París). Pero, a cambio, Roth nos dejó en prenda una cita escrita de su puño y letra en la que se te autodefine sin cataplasmas:

Así soy realmente: maligno, borracho, pero lúcido.

4. Malcolm Lowry

Lowry murió el 26 de junio de 1957 en la villa de Ripe, Sussex del Este, por la ingestión de alcohol y posiblemente una sobredosis de antidepresivos. Bajo el volcán es una divina comedia ebria. Nunca en tan pocas páginas se ha reflejado tan bien el descenso a los infiernos de lo etílico. Como señala Gonzalo Ugidos en su libro Chiripas de la historia:

Malcolm Lowry escribe con un tempo lento, exasperante, con descripciones obsesivas en las que irrumpe una vida interior trenzada en el remordimiento y la culpa por beber como una holoturia.

5. Charles Baudelaire

Además de alcohol, Baudelaire necesitaba también de hachís para escribir. Decía:

Hay que estar siempre borracho. Para no sentir el horrible fardo del Tiempo hay que emborracharse sin tregua. Pero ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto. Pero emborrachaos.

En su libro de referencia, la compilación de poemas grotescos Las flores del mal, tiene unos versos dedicados al vino: El alma del vino, que empieza así: Cantaba un día el alma del vino en las botellas: / Hombre, para ti lanzo, desheredado amado, /en mi prisión de vidrio y mis lacres bermejos / mi canción que de luces y de hermandad se llena.

Por Sergio Parra/Yorokobu.es

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Etiquetas: alcohol, Anthony Burgess, Arquíloco, autodestructivo, beodo, Bocaccio, borracho, Bowles, Cabrera Infante, César Vallejo, Charles Baudelaire, Charles Bukowski, Chaucer, delirium tremens, Edgar Allan Poe, epítome, Fulkner, Gonzao de Berceo, Hemingway, Horacio, Joseph Roth, Joyce, Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo, literatura, Malcolm Lowry, Mickey Rourke, Omar Jayán, Rabelais, Scott Fitzgerald, The Barfly, Villon

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