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Escribo y trabajo - España España

04/11/2014

John Fante era escritor las veinticuatro horas del día, comenta nada más iniciar la presentación de su ensayo Eduardo Margaretto, Fante era escritor desde que se levantaba hasta que se acostaba, vivía por y para escribir; como Truman Capote, el autor de Pregúntale al polvo había terminado por encadenarse, sin nunca desear la libertad, a ese noble e implacable amo llamado literatura. Ayer, viernes por la noche, una vez más la librería La Calders se convirtió en lugar de encuentro, en esta ocasión, la excusa y, a la vez, razón de sobra, era la presentación de John Fante, vidas y obra. Como un soneto sin estrambote. (Alrevés) de Eduardo Margaretto. La presentación no tardó en convertirse en un homenaje a Fante, un autor que durante muchos años pasó desapercibido entre los lectores españoles: hace veinte años, para llegar a la narrativa de John Fante, comentó Margaretto, había sólo dos maneras: o te lo recomendaba un amigo o leías a Bukowski. El reconocimiento le llegó tarde a este indispensable de la narrativa norteamericana de la segunda mitad del siglo XX, un reconocimiento tardío que nunca se convirtió en excusa para soltarse de las amarras de la escritura. Los guiones de cine fueron su tabla de salvación económica; con los guiones sobrevivía pero, sobre todo, con los guiones, que Fante nunca mencionaba, el escritor podía continuar escribiendo. Eras los años cincuenta y la escritura ya era por entonces una pasión aparentemente incompatible con la vida; eran – hoy todavía lo son más- pocos quienes podían vivir de la escritura. I was working in Hollywood when Faulkner was working in Hollywood recordaba desde la cama del hospital Fante, a Hollywood y a los guiones que éste le ofrecía se aferró el autor, con algo de displicencia pero con la firmeza de quien sabe que no queda otra.

Hoy se publica mucho más que antes, me comentaba hace unos días una agente literaria, hoy el número de escritores se ha triplicado, pero los recursos económicos se han diezmado. La historia, al contrario de lo que decía Karl Marx, ya no se repite en forma de parodia, ahora la historia vuelve en un eterno retorno teñido de tonos más negros: yo no sé qué es un adelante editorial, comentó ayer un joven, porque no los hay, añade Miqui Otero, a quien encuentré a la salida de La Calders junto a Juan Soto Ivars. Nos habíamos visto hace relativamente poco, pero una vez más las preguntas, como la historia, se repiten: ¿Qué tal va? ¿Cómo progresa la novela? Y la tesis ¿todavía te queda mucho?. Las horas transcurridas frente al ordenador nos acomunan a los tres, escribimos como si no hubiera un mañana: la próxima novela –¡a ver si llegas para firmar en Sant Jordi!-, artículos de prensa –con esto me pago el alquiler, comenta Soto Ivars ante mi benevolente envidia, yo no sé qué es cobrar por un artículo, confieso ocultando la mirada- o la tesis; a todo ello se suman actividades varias que sirven para redondear unas ganancias literarias siempre insuficientes. Curso de escritura, clases en la universidad, participación en la organización de algún evento cultural… innumerables trabajos para apenas alcanzar los mil euros, interviene una amiga y profesora en un taller de narrativa; no me sorprendo, he asumido con pasmosa naturalidad la situación de las letras. Recuerdo la frase de mi padre cuando le dije que quería estudiar filología: Sabes que pasarás hambre, ¿verdad? Pero si te gusta, adelante. Las letras y las humanidades nunca fueron el camino hacia la riqueza y, seguramente, nunca debieron serlo, sin embargo la precarización progresiva preocupa, pues la pasión se agota cuando los obstáculos comienzan a ser insuperables.

Necesito trabajar, pero necesito tiempo para escribir, me comentaba un escritor que acaba de cruzar la frontera de los treinta años y cuyo anonimato me reclama; me lo cuenta mientras caminamos por Barcelona, él arrastra, cansado, su mochila con las pocas cosas que se ha traído, “lo mínimo para hacer la presentación de la novela y regresar. Dos días fuera de casa, el billete de tren pagado por la editorial -yo no me lo podría permitir- y el sofá en casa de un amigo han hecho posible la presentación en Barcelona, sin estas condiciones, hubiera sido imposible, me dice poco antes de despedirnos, ¿hasta cuándo? pregunto, Hasta San Jordi, imposible venir antes. Él volverá a casa y volverá a sumergirse en la escritura interrumpida por alternantes trabajos como profesor y como corrector; desea más trabajo a la vez que lo rechaza, pues me quitaría tiempo para la escritura, un equilibrio precario difícil de obtener. Soy una privilegiada, me comentó hace unos meses una periodista, trabajo por la mañana y tengo la tarde libre para escribir, una pasión a la que nunca he renunciado; ella parece haber alcanzado el equilibrio que, sin embargo, los más puristas del absurdo, condenan en nombre de una dedicación plena y absoluta a la literatura. Hay que ser Ken Follet, vender como Ken Folltet, para despreocuparse de las facturas, comentaba hace algunas semanas Matías Candeira en una terraza de Rambla del Raval…

Por Anna Maria Iglesia/Culturamas.es

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Etiquetas: John Fante, Eduardo Margaretto, Truman Capote, Pregúntale al polvo, guiones de cine, Ken Follet

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