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¿Para qué diablos sirve un editor?, por Lorenzo Silva - España España

07/10/2014

Se acaba de celebrar en Barcelona la feria internacional del libro iberoamericano, Liber. En breve dará comienzo la feria del libro de Frankfurt. Se trata en ambos casos de un foro de encuentro de esos personajes, los editores, respecto de los que en los últimos tiempos se han alzado dudas corrosivas y casi letales para el oficio. ¿Para qué diablos sirve un editor?, se preguntan hoy muchos.

Aventuro mi propia respuesta: dicho de la forma más simple, para ayudar a que existan, de la mejor forma posible, y lleguen, al mayor número posible de sus potenciales lectores, libros que sin ellos no existirían, existirían de una forma peor o llegarían a menos gente.

Hay quien piensa que esa función se puede suplir con ayuda de los programas que permiten convertir sin muchos conocimientos un documento de Word en un epub y colocarlo en una plataforma de autopublicación, vía de acceso a una fascinante e ilimitada relación con los lectores del mundo entero. No vamos a desdeñar los efectos en la conformación actual del mercado de este mecanismo, que ya ha dado lugar a varios éxitos editoriales, ni a dejar de reconocer la vía que supone para la difusión (por lo general limitada, no nos engañemos) de libros que no tenían acceso a otras plataformas de edición (por falta de agilidad de éstas o de talento del autor, todo hay que decirlo también). Pero para situar el asunto en su justo contexto, y apreciar lo que supone contar con un buen editor, no se me ocurre nada mejor que recomendar la lectura de un libro, Llamémosla Random House, de Bennett Cerf, fundador de la famosa editorial hoy cabecera de uno de los grupos editoriales más importantes del mundo.

Lo de Cerf no es moco de pavo: en su catálogo se reunió lo mejor de la literatura norteamericana y universal, con autores a los que en muchos casos contribuyó decisivamente a dar a conocer o a alcanzar el estatus, nacional o planetario, del que no disfrutaban cuando acudieron a él o él acudió a ellos. No sólo fue impulsor de las carreras de grandes autores norteamericanos como William Faulkner, Sinclair Lewis, John O’Hara, Eugene O’Neill, Truman Capote, William Styron o Philip Roth, sino que se las arregló, a través de su colección popular, la Modern Library, para difundir a clásicos de la literatura universal como Melville, Proust o Joyce.

Cada autor plantea al editor un desafío diferente, y se reconoce al gran editor por su instinto, tanto a la hora de hallar al autor en cuestión, como a la de enfrentar el desafío que su creación supone. Buen ejemplo es el Ulises de Joyce, un libro considerado inmoral en su época y que Cerf se las arregló para publicar en Estados Unidos (y convertirlo en long seller, o éxito duradero) a través de una ingeniosa estrategia legal para la que fue pieza decisiva su amigo el brillante abogado Morris Ernst. El editor no tenía por aquel entonces dinero para pagar la minuta de Ernst, de modo que le ofreció llevar el caso sin más contraprestación que un royalty sobre los ingresos que generase la obra. El caso se ganó, y Morris Ernst cobró muchos miles de dólares de derechos durante toda su vida.

Tampoco tiene desperdicio el retrato que Cerf ofrece de Joyce, a quien adquirió los derechos de aquel libro entonces imposible por un anticipo no reembolsable de 1.500 dólares (a los que se sumaron, tras la exitosa publicación, muchos más). Cuenta el editor una noche memorable con Joyce y su esposa, Nora. La esposa del escritor, tras hacerlo aterrizar de culo en el suelo, aprovechando la notable disminución sensorial debida a la trompa que llevaba encima, le dijo a Cerf: Algún día, Bennett, yo voy a escribir un libro, y lo voy a titular Mis veinte años con un presunto genio.

Estas páginas, las de los recuerdos del editor sobre los grandes de la literatura, y su radiografía a menudo implacable, pero siempre teñida de afecto (por paradójico que pueda parecer) figuran entre las más suculentas del libro. Algunos retratos son conmovedores, como el de Eugene O’Neill, hombre de gran fragilidad psíquica casado con una mujer, Carlotta, notoriamente desequilibrada.

Tras muchas idas y venidas en aquella turbulenta relación, a la muerte del escritor Carlotta se convirtió en su heredera y, contrariando los deseos de O’Neill, se empeñó en la publicación de su obra póstuma, Largo viaje hacia la noche, que el autor había estipulado que no se diera a la imprenta hasta transcurridos 25 años de su muerte. Cerf se negó a traicionar la voluntad de su autor y dejó que el libro lo publicara otra editorial, Yale Univesity Press, que obtuvo con él un gran éxito comercial. Aun así, Cerf no lamentó su decisión, y despacha su recuerdo de O’Neill con estas palabras:

Eugene O’Neill fue un gran hombre, el gran dramaturgo americano. Tenía algo, poseía un entusiasmo juvenil que jamás le abandonó del todo. Le encantaba hablar de los viejos tiempos y cantar baladas marineras. Entonces su rostro sombrío y hermoso se iluminaba. Era imposible no amarlo. Un hombre como él aparece quizá sólo una vez por generación.

No menos sabroso es el recuerdo que dedica a Gertrude Stein, una autora a la que publicó pese a no comprender su escritura. La relación entre ambos fue de lo más peculiar, pero llena de afecto. Stein lo llamaba mi querido y muy alelado Bennett y él escribió esta contracubierta memorable para uno de sus libros:

Este espacio suele reservarse para una breve descripción del contenido del libro. En este caso, sin embargo, debo admitir francamente que no sé de qué habla la señorita Stein, ni siquiera entiendo una mínima parte. Admiro tremendamente a la señorita Stein, y me gusta publicar sus libros, aunque la mayor parte del tiempo no sé de qué van. Lo que, según me dice la señorita Stein, se debe a que soy idiota. Destaco que uno de mis socios y yo mismo somos personajes en este último trabajo de la señorita Stein. Ambos desearíamos saber lo que dice sobre nosotros. Ambos esperamos, también, que sus fieles seguidores le sacarán a este libro más partido del que hemos podido sacarle nosotros.

Otro "momentazo" es el que Cerf refiere a propósito de Sir George Bernard Shaw, con quien se fue a cenar y a dar un paseo por Londres. Iban hablando por Piccadilly, o más bien era Shaw quien no paraba de hablar, cuando de las sombras surgió un hombre que agarró al escritor del brazo y le dijo: Señor Shaw, me llamo Rothschild, y creo que es usted el hombre vivo más grande que hay. A lo que Shaw, sin apenas interrumpir su discurso, dijo: Adiós, señor Rothschild, y lo empujó a un lado y siguió su camino. Ante el estupor de Cerf, por cómo su interlocutor se había sacudido el halago del poderoso, tan apreciado por otros, el dramaturgo explicó: Ésa es la manera de deshacerse de ellos.

De otro grande, Faulkner, a quien recuerda como Bill, refiere sus melopeas sensacionales, debidas en parte a su poco aguante para el alcohol, pese a consumirlo tan copiosamente. Duda Cerf si era que calculaba mal o si a veces, incluso, fingía que estaba borracho para evitar hacer algo que no quería hacer. Porque lo cierto era que después de las farras se rehacía y aparecía como un hombre singularmente despejado y penetrante. En cierta ocasión le habló con entusiasmo de un subordinado suyo, un editor con cuyo trabajo estaba especialmente contento, y al que calificó como el mejor editor de libros que conozco.

Cuando Cerf le sugirió que semejante elogio, viniendo de Faulkner, era algo que debía transmitirle al interesado, el escritor repuso: No, Bennett, cuando tengo un caballo que está corriendo bien, no lo detengo para darle más azúcar. Después de recibir el premio Nobel, el gobernador del estado de Mississippi quiso dar una cena en su honor, y habló para ello con el editor. Cuando Cerf le trasladó a Faulkner la invitación, la respuesta de éste fue: Cuando yo necesitaba a Mississippi, el estado no me tenía ningún respeto. Ahora que tengo el premio Nobel, le dices al gobernador del estado de Mississippi que se puede ir al cuerno.

Otra buena anécdota, que también ilustra el carácter de los grandes autores, tiene que ver con el propio Faulkner y con Sinclair Lewis, a quien Cerf llamaba por su apodo, Red, y que no sale demasiado bien parado en el libro. Vanidoso, ególatra y siempre demandando atención. Fue el caso que estando Lewis invitado en su casa, llamó a Cerf su amigo Bob Haas para decirle que estaba con Faulkner y preguntarle si deseaban unirse a ellos. El editor pensó que era buena idea y aceptó. Pero cuando le trasladó la invitación a Lewis, éste le replicó: No, Bennett. Ésta es mi noche. ¿No has sido editor el tiempo suficiente como para entender que no quiero compartirte con ningún otro escritor?. Esa noche, Lewis se acostó pronto, y Cerf se quedó en la planta de abajo de la casa, hablando con su mujer. De pronto, a través de la escalera, se oyó un alarido: ¡Bennett!. Cuando el editor fue a ver si le sucedía algo a su autor, éste le dijo, muy tranquilo: Nada, sólo quería estar seguro de que no te habías escapado a ver a Faulkner. La puerilidad del gran hombre.

No se para en barras Cerf a la hora de mostrar la mezquindad de los autores, frente a la que debe estar prevenido todo editor. Para ilustrarlo, refiere algo que le sucedió a su mentor en el negocio editorial, Horace Liveright, con un autor, Theodore Dreiser, a quien le había conseguido vender, por 85.000 dólares (un dineral para la época), los derechos de una de sus obras para el cine. Cuando le dio la noticia, en un almuerzo en el Ritz en presencia de Cerf, el escritor empezó a calcular en qué se gastaría el dinero, olvidando la comisión del 50% que habían acordado sobre la cifra que consiguiera Liveright por encima de 50.000 dólares. Y es que el autor no creía que el editor fuera a ser capaz de colocar el libro a un productor. Educadamente, Liveright recordó el acuerdo que tenían y Dreiser se puso hecho una furia. ¿Quieres decir que me vas a robar 17.500 pavos así porque sí?. Y le echó el café a la cara, se levantó y se fue. Mientras se limpiaba, sin perder la compostura de gentleman que le caracterizaba, Liveright dijo: Bennett, que esto sea una lección para ti. Todo autor es un hijo de puta.

Del mismo modo, recuerda la integridad y profesionalidad de otros autores. Tal fue el caso de Dashiell Hammett, a quien contrató después de que se peleara con su anterior editor, el no menos famoso Alfred Knopf, quien dicho sea de paso le había dado de él las peores referencias. Recuerda Cerf que le pagó un adelanto de cinco mil dólares por un libro y después de dos años Hammett se ofreció a devolverle el dinero. El editor le dijo que creía que escribiría ese libro algún día y que se quedara el anticipo. A lo que Hammett respondió, con amarga sinceridad: No, me temo que nunca lo escribiré, estoy de retirada. Por aquel entonces sabía ya que estaba enfermo…

Por Lorenzo Silva/Blog Pasajes-Yahoo Noticias España

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Etiquetas: Lorenzo Silva, editor, feria internacional del libro iberoamericano, Liber, editores, Feria del Libro de Frankfurt, Random House, autopublicación, Llamémosla Random House, Bennett Cerf, William Faulkner, Sinclair Lewis, John O’Hara, Eugene O’neill, Truman Capote, William Styron, Philip Roth, Melville, Proust, Joyce, Dashiell Hammett, Alfred Knopf

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