17/09/2014
Los editores deben de ser como los sommeliers de antaño que indicaban qué vino elegir para tal o cual alimento.
Hace algunos años un amigo (lo nombraré A) que sale de manera constante en la televisión se autopublicó un libro sobre un tema en el que tanto él como otro amigo (lo nombraré B) eran especialistas, con la diferencia de que A tenía un público mayoritario, pues se trataba de televidentes, mientras que B, minoritario, ya que estaba conformado por lectores. Así, cuando A le preguntó a B que qué le parecía su publicación, B le contestó con toda honestidad:
—Una infamia.
—¿Por qué? —respondió A extrañado, creyendo que se trataba de una broma.
B le explicó entonces que lo suyo, lo de A, era la locución, saber estar frente a las cámaras y decir certezas tanto a los televidentes como a los radioescuchas. Pero una cosa es hablar y, otra, escribir. Y le echó abajo ese axioma de que hay que escribir como se habla
, el cual cae en el absurdo por tratarse de dos medios de comunicación o, de hacer arte, distintos.
También le dijo que el libro estaba perfectamente mal redactado y, aunque se entendían las ideas, era probable que sus lectores potenciales terminarán pensando en ese otro lugar común que señala que la literatura es aburrida y difícil de leer
, cuando tal obra, en realidad, nada tenía que ver con la literatura y, sí, con un oportunismo que, en vez de formar nuevos lectores, acababa con ellos de varios teclazos.
B le señaló asimismo que la edición del libro estaba mal hecha, que no sólo se trataba de vaciar un texto de manera más o menos ordenada en cierta cantidad de páginas, sino que, incluso, detalles que el lector en apariencia no percibe, como el número de palabras que debe de tener un renglón o los callejones que se forman entre líneas, son determinantes para hacer más fácil o difícil la lectura.
Por Marcial Fernández/ElEconomista
Etiquetas: autopublicación, editores, publicación, literatura

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