16/09/2014
Le vendió su máquina Hasselblad a un fotógrafo, quien se encontró las fotos en un viejo rollo sin revelar.
¿Ve ese bolso que está ahí? Abralo. Adolfo Bioy Casares le señala a Juan Pangol, el camarógrafo que hacía unas tomas para la TVE en el piso de Posadas, su pasión secreta: la fotografía. Dentro del bolso estaba la Hasselblad 500C, el Rolls Royce de las cámaras del siglo XX, la que viajó a la Luna. Al verla enloquecí –cuenta hoy–, salió de él contarme cómo sacaba fotos y entendí que teníamos el mismo amor
.
Terminaba 1998 y su comentario lo animó a pedirle a Bioy que posara para él, los dos solos, tranquilos. Semanas después se concreta la cita, con el modelo de punta en blanco, como se ve en la serie que Pangol le envió después de regalo. Al señor Bioy le gustaron tanto sus fotos que quiere que usted tenga la cámara de él
escuchó al teléfono, en la voz de la secretaria, dos semanas más tarde.
Superado el shock, prepara una cámara para inmortalizar el momento. Pero al llegar lo encuentra muy desmejorado. Me impresionó mucho el cambio desde la última vez, incluso me contó que estaba con temblores, débil
. Ese día de enero de 1999 sucede la transacción. Bioy insiste en regalarle la Hasselblad, él se niega y acuerdan un precio simbólico: $2.000/dólares, según un recibo con firma. En el cuerpo de la cámara con dos chasis, firma Adolfo . Quedan en almorzar en Lola y se despiden, sin hacer fotos. El camarógrafo se entera por la prensa de la muerte del escritor. Cuando regresa a la cámara para usarla, la abre, encuentra un rollo, y lo cierra inmediatamente. Más tarde lo lleva a revelar sin decir una palabra.
Me quedé helado
, cuenta. Estuve tiempo sin revelarlas, nunca quise traspasar la línea de su intimidad
…
Por Marcela Mazzei/Revista Ñ
Etiquetas: Adolfo Bioy Casares, cámara, Hasselblad, fotografía

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