15/09/2014
Funcionaron al igual que musas e incluso llegaron a protagonizar algunos de sus relatos. Son mascotas de grandes escritores de todas las épocas de la historia. Los compañeros fieles que se quedaron sentados alrededor del genio mientras su mano ejecutaba el clásico movimiento pendular o disparaba los dedos a ritmo de pistón sobre las teclas. Y, finalmente, ofrecía su cabeza, su panza u otra parte de su cuerpo para que el genio desahogara sus neuras a través de caricias.
A continuación, diez de esos animales sin los cuales probablemente la historia de la literatura habría sido otra muy distinta (y que quizá deberían figurar en la portada de los libros, bajo la firma del autor):
Tener una langosta como mascota no es nada habitual, pero tampoco lo era la poesía del simbolista francés Gérard de Nerval, que, en vez de zampársela al vapor, solía sacarla a pasear por las calles de París.
Para de Nerval, estos crustáceos eran mejores animales de compañía que los perros o los gatos, porque eran criaturas pacíficas y serias que conocen los secretos del mar. Además no ladran
. Si bien pudieran ser consideraciones relativamente juiciosas, el poeta se volvió loco en 1841.
Poeta icónica de la era victoriana, cuyos versos destilaban ternura y delicadeza, Elizabeth Barrett Browning tuvo un cocker spaniel pelirrojo llamado Flush. Tanto era el amor que le profesaba a Flush, que incluso le escribió un poema: Para Flush. También intentaba enseñarle juegos de mesa para entretenerse durante sus largas convalecencias.
Con posterioridad, el perro fue protagonista de una "biografía" escrita por Virginia Woolf. En las últimas páginas de Flush, Woolf desgrana el argumento, no sin un poco de ironía, de que los perros parecen adquirir en parte el carácter de sus amos tras tantos años de convivencia. Woolf fue única a la hora de intentar penetrar en la mente del perro e intentar describir el mundo tal y como él lo percibía.
Éxtasis, Dilinger, Hermano Solitario o Casa de Pelo no son villanos lombrosianos de Dick Tracy o Sin City, sino algunos de los nombres que tuvieron los gatos de Ernest Hemingway, que llegó a tener treinta ejemplares. Algunos de sus gatos se conocían como "los gatos de Hemingway" porque muchos tenían seis dedos, como si fueran mutantes.
4. La obsesión de Eliot
Tan amante de los perros era George Eliot (seudónimo que empleó la escritora británica Mary Anne Evans) que, al recibir el adelanto por uno de sus libros, se lo gastó íntegramente en adquirir un carlino. No fue el único obsesionado con estos animales, pues el prestigioso crítico literario y escritor J. R. Ackerley también le dedicó a su perra el libro Mi perra Tulip. Thomas Mann también escribe sobre su perro en Señor y perro. Y Roger Grenier incluso escribe un ensayo: La dificultad de ser perro.
Mark Twain prefería a los gatos antes que a los perros. Compartía la opinión del poeta simbolista francés nacido en Uruguay, Jules Laforgue, que decía que los perros son planos, sirvientes, panaderos, y los gatos (como su querido Mürr) eran profundos, brahmanes y espadachines. Así que colegía que a nadie se le ocurriría hacer de un perro mosquetero. Esas palabras las pronunció, claro está, mucho antes de que se estrenara en televisión Dartacán y los tres mosqueperros.
Sin embargo, a juzgar por los nombres que usó Twain para bautizar a sus mininos, parece que los consideraba casi como pecados o fuentes del mal puro: Belcebú, Pecado, Satanás, Zoroastro…
El musical Cats está basado en un libro de poemas dedicado a los felinos escrito por T. S. Eliot, que probablemente fue el escritor más obsesionado por los gatos. Algunos de los nombres de sus gatos fueron Patitas, Noilly Prat y Jorge Matadragones.
La saga felina La canción de Cazarrabo de Tad Williams o las obras del siglo XIX de Ernst Theodor Amadeus Hofffmann que transcurren en Gran Ducado, un humilde estado de Alemania, también entronizaron a los gatos hasta el punto de volverlos casi antropomórficos. Y es que Gran Ducado es el lugar de nacimiento de Murr, el único gato del mundo que ha resuelto el secreto de la filosofía felina. Como se describe en Breve guía de lugares imaginarios de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi, Murr es autor del célebre ensayo Divertimentos biográficos en el tejado, donde Murr:
Fue el primero en trazar una distinción científica y filosófica entre el gato estudiante que vaga por los tejados, de voz resonante, alma pura y estómago vacío, y el gato prosaico y calienta-cojines, acurrucado junto a un arenque frito y un cazo de deliciosa leche y con una excusa siempre a punto para no compartir su comida.
Con el mismo celo y entrega con el que Julio Cortázar cuidaría a su gato negro Teodor W. Adorno, rescatado de un basurero de Saignon, en la Provenza francesa, Fernando Sánchez Dragó compartió vida y trabajo con su gato Soseki. Nombre este adquirido a raíz de una de las obras fundamentales del escritor japonés Natsume Sōseki: Soy un gato.
Según el propio Dragó, Soseki le contemplaba durante horas mientras él picaba en su máquina de escribir. Siempre fiel y cariñoso. De hecho, incluso compartió con él algunos minutos de televisión como invitado a su programa de telenoticias en Telemadrid. Pero Soseki murió de la forma más cruel imaginable. Dragó cuenta en su vivienda con un montacargas que le traslada al piso donde él tiene instalado su despacho. En una ocasión, Soseki había metido su cabecita entre el montacargas y el hueco del túnel. Dragó activó inadvertidamente el montacargas y Soseki, tras unos espasmos, perdió la vida.
Hasta arriba de tranquilizantes, Dragó salió en antena en el programa de radio Isabel Gemio Te doy mi palabra a pocas horas de su muerte, cumplidor. Sin embargo, a los pocos segundos, Dragó no consigue mantener la compostura, arranca a llorar y bramar intermitentemente, y acaba destilando todos los sentimientos que experimentaba por su gato para solaz y morbo de los oyentes.
Por Sergio Parra/Yorokubu.es
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