10/09/2014
El llamado libro electrónico (e-book) es, sin duda, una formidable y colosal innovación de la técnica; es, más que libro, una biblioteca de bolsillo dada su enorme capacidad de almacenamiento. Es probable que nos enfrentemos a un fenómeno tan revolucionario como en otro tiempo lo fue la imprenta. Algunas voces, sin embargo, han llamado la atención sobre el impacto y el peligro que el e-book supone para el ecosistema del libro (librerías, bibliotecas, editoriales). Ignoro si algún día llegará a desplazar al libro tradicional; se ha dicho que en el año 2018 será superado en el mercado por el libro electrónico. No lo creo; en cualquier caso se me hace difícil imaginar un mundo sin el viejo libro en soporte de papel; y no descarto, por otra parte, que la amenaza del e-book aliente intentos de reinvención del libro clásico. Es posible que las generaciones venideras terminen por arrumbar con él, abrasado en la gran hoguera digital para revivir y perpetuarse luego en la megamemoria electrónica del e-book, como en una nueva versión de lo que imaginó Ray Bradbury en Fahrenheit 451.
Sospecho que habrá un largo período de convivencia entre ambos modelos y a medida que vaya adquiriendo mayor presencia el libro electrónico, viviremos en un régimen anfibio entre el viejo medio de lectura sobre papel impreso y el nuevo sistema de la tinta electrónica. Confieso, sin embargo, mi predilección por el primero, el viejo libro en formato de papel. Serán cosas de la edad y de una probable degeneración esclerótica de la capacidad de adaptación.
Es cierto que, al final, a todo se acostumbra uno. Ocurrió así, por ejemplo, con los modos de escribir; el paso de la escritura manual a la máquina de escribir y de esta al ordenador no se hizo sin cierta acomodación de costumbres y hábitos. Con la primera, parecía que la palabra, impulsada desde el cerebro, fluía hasta la mano que sostenía la pluma, y la idea se desparramaba finalmente sobre el papel; había una conexión directa entre pensamiento, cuerpo y papel, sobre el que quedaba la impronta personal de nuestros rasgos caligráficos. De pronto, la máquina de escribir impuso una cierta distancia; se interponía entre la mano del escritor y el papel un apéndice o artilugio agresivo y ruidoso que golpeaba sobre el folio en blanco; nada que ver con aquel contacto íntimo y silencioso de la escritura a mano. Vino luego el ordenador que estableció una nueva distancia, al no haber contacto alguno con el papel; nuestra acción termina en un teclado. Al final, nos hemos acostumbrado y ahora nos parece como si nuestro pensamiento se proyectase sobre la pantalla luminosa del ordenador.
Podría decirse que la técnica impone, respecto de las cosas, un cierto distanciamiento, frío e impersonal. Sucede así con el e-book; imposible mantener con él esa relación cercana y corpórea que el libro tradicional nos depara. Es cierto que el formato digital comporta indudables ventajas: la capacidad de almacenamiento, la inmediata disponibilidad, dondequiera que sea, de incontables textos; el ahorro ecológico de papel y la correlativa protección de nuestros bosques, la economía de espacio e, incluso, su menor coste.
Sin embargo, le falta al libro electrónico una individualidad propia, lo que de unicidad tiene el libro tradicional, como objeto dotado de vida propia que se singulariza e identifica por signos distintivos propios: cubierta, color, tamaño, etc…
Por Julio Picatoste/FarodeVigo
Etiquetas: biblioteca de bolsillo, bibliotecas, E-book, editoriales, Fahrenheit 451, librerias, libro electrónico, Ray Bradbury, escritura

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