27/08/2014
Explicaba el profesor de literatura, tal vez mirando hacia la Habana, que los cuentistas saben armar buenos conflictos en sus tramas, pero casi siempre fallan a la hora de resolverlos, lo decía para graficar una advertencia perentoria: Un fantasma recorre la escritura creativa, el fantasma del final del cuento.
Tal vez por esas asociaciones caprichosas y absurdas de la vida, estas consideraciones académicas me llevaron a pensar en la creación del Departamento del Quindío y en su cincuentenario.
Si en la literatura, un cuento es el sortilegio escrito de presentar una ficción con todos los visos de realidad, y en el periodismo una crónica es el trabajo contrario de transmutar un hecho de la vida real en formato que lo haga parecer como sacado de la ficción, entonces, pensé, el Departamento del Quindío más que una institución jurídica es una creación literaria que ha generado siempre una tensión entre los más, que creen es un cuento y quienes afirman, serios, que se trata de una crónica.
Para los fundadores del departamento ese esfuerzo de secesión, hijo espurio de ambiciones políticas personalistas, les permitió convertir una ficción en realidad, cuento con el que, pretendiendo vincular a su causa particular a los habitantes, fingieron una rebelión popular, que les permitió replicar el ciclo de la dominación política, trasteando, sin alterar en nada, el eje del poder desde Manizales a la capital del Quindío.
Entonces le crearon himno, bandera y escudo y se lo entregaron a uno de sus artífices convertido en emperador para que lo gobernara desde o fuera de los despachos oficiales por más de 25 años y, en el resto de su corta historia el departamento, ha sido siervo de príncipes tan efímeros que no han logrado dejar la impronta de su propia huella.
Por Óscar Iván Sabogal/CrónicadelQuindio
Etiquetas: cuento, literatura, tramas, escritura creativa, ficción, creación literaria

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