17/08/2014
El mercado ha impuesto que los autores se conviertan en agobiados hombres y mujeres orquesta
Casi todos los novelistas que conozco suelen mostrar su estupor, matizado con un punto de resignada decepción, cuando comprueban con qué rapidez el público consume un libro que han tardado mucho tiempo en escribir. Una novela de extensión media —entre 200 y 300 páginas— se lleva entre uno y dos años de escritura, dejando aparte el tiempo de incubación de la idea narrativa, que a lo mejor surgió mucho tiempo antes y quedó durmiente en el cerebro. Y cuando esa novela por fin es publicada resulta que viene un lector o, lo que es más grave, un crítico, y se la lee en los ratos libres de una semana ociosa. Y, eventualmente, la destroza. Sólo los novelistas que son también críticos, como Guelbenzu (quien, por cierto, publicará en Destino —septiembre— la nueva intriga de mi adorada juez Mariana de Marco), son capaces de sentir cierta empatía por esa paradójica situación. Por lo demás, desde hace mucho tiempo los autores no se limitan a esperar las críticas y los datos de venta: en realidad, el mercado les ha impuesto convertirse en agobiados hombres y mujeres orquesta dispuestos a hacerle buena parte de su trabajo al departamento de mercadotecnia. El autor debe multiplicar su imagen pública porque la novela sola ya no basta; se hace preciso que multiplique su imagen pública, que salga en los medios, que repita las mismas cosas una y otra vez, que viaje, que celebre, que hable con libreros, que almuerce con periodistas: eso es más o menos lo que les espera, por ejemplo, a Javier Marías o a Ken Follett, dos claros superventas, que iniciarán la rentrée con sus novelas Así empieza lo malo (Alfaguara) y El umbral de la eternidad (Plaza y Janés), ambos sellos propiedad del grupo Penguin Random House. En todo caso, las facetas promocionales de los autores no son nuevas. Oscar Wilde, por ejemplo, pactó con sus editores cómo vestiría, hablaría y actuaría durante su gira por EE UU de 1881-1882. Y más tarde, de vuelta a Reino Unido, supo aprovechar su excéntrico perfil para ganar buen dinero anunciando al público femenino el embellecedor de senos de madame Fontaine
. También vendió su imagen el austero Kipling, presentando el extracto de carne Bovril como un tónico excelente que daba vigor a las tropas en las guerras bóers. Pero lo cierto es que no me puedo imaginar a Follett (que vendrá por aquí en septiembre) anunciando un detergente para lavadoras; ni a Marías la nueva línea de lencería de Victoria’s Secret.
Quizás tenga usted pensado viajar a Londres, una ciudad en la que el verano no es perezoso ni adormece significativamente la oferta cultural. Si le interesa el arte, enhorabuena: ahí tiene, por ejemplo, las exposiciones dedicadas a Kazimir Malevich (Tate Modern) o a Virginia Woolf (National Portrait Gallery). Incluso, si lo que desea es hacerse gratis et amore con una pequeña obra de arte, échele un vistazo al mapita del Underground que probablemente lleve en su bolsillo durante su estancia: su cubierta con agujeros es un diseño de Rachel Whiteread, una de las más importantes artistas británicas, que toma el relevo de creadores como Imran Qureshi, Sarah Morris, Tracey Emin o Yayoi Kusama; en esta ocasión la tirada inicial del plano ha sido de 12 millones, por lo que supongo que se trata del "objeto artístico" más reproducido en menos tiempo en toda la historia, algo que ni siquiera imaginó Walter Benjamin en su ensayo (1936) "La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica" (en Obras, Abada, Libro I, volumen 2). Por lo demás, no olviden visitar el flamante local de la legendaria librería Foyles, que ha dejado su esquina para trasladarse, unos metros más allá, al edificio que ocupaba el Saint Martins College of Art and Design. Desde la muerte de Christina Foyle, en 1999, la antigua, caótica e irritante librería que tenía todos los libros, pero donde era muy difícil encontrar alguno (y en la que había que hacer hasta tres colas para adquirirlos), ha sufrido un enorme proceso de renovación que culmina en el nuevo local...
Por Manuel Rodríguez Rivero/Babelia ElPaís
Etiquetas: mercadotecnia, Novelistas, narrativa, Javier Marías, Ken Follett, Así empieza lo malo, El umbral de la eternidad, Kazimir Malevich, Virginia Woolf, Imran Qureshi, Sarah Morris, Tracey Emin, Yayoi Kusama

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