02/07/2014
Lo que no nos dijo fue que su Nunca Jamás era un bosque de Mansilla de la Sierra lleno de criaturas que la vieron crecer. Aquellas criaturas quedaron hace años sumergidas bajo las aguas de un lago, ¿sabéis? El trasgo, los gnomos, las princesas tontas —pero sobre todo las listas—, los unicornios y hasta el mismísimo demonio… Allí ahora todos comen croquetas y beben gin-tonics hasta el amanecer, con los pies hundidos en el agua y el viento acariciándoles las mejillas.
La palabra favorita de Ana María era “resplandor”. Esa chispa que surge al partir en dos un terrón de azúcar en un cuarto oscuro, esa misma luz que tienen algunas personas que levitan sobre el suelo sin que apenas nadie lo note. Ahora que se ha ido se ha llevado su propio resplandor, y en esta tierra nos quedamos más solos.
No será recordada por una obra. Será recordada por una manera de inventar, de pensar y especialmente, de afrontar la vida. No dejó de ser niña y al mismo tiempo sufrió y saboreó las mieles de la existencia como una mujer con mayúsculas, rodeada de hombres que la engañaron o la enamoraron, y de un hijo que fue su razón de ser.
Y tampoco Ana María ha dejado nada al azar. Nos la ha jugado. Ha esperado a que fuera verano para volver a Mansilla, a casa de sus abuelos, como todos los veranos. ¡No se iba a ir en invierno, con el frío que hace! Ah, no os he dicho que allí también está Julio, su Julio, después de que se fuera de pronto hace 24 años, el día de su cumpleaños.
Que lo pases muy bien, Ana María. Mándanos unas luciérnagas de vez en cuando. Nosotros te prometemos que seguiremos leyendo tus cuentos. Gracias y hasta siempre.
Por Julia Viejo Sánchez (Colaboradora de Tregolam y autora de una reciente entrevista a Ana María Matute en la revista "Qué leer", titulada "Vivir es bonito")
Etiquetas: Ana María Matute, Julia Viejo Sánchez, Qué leer

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