26/06/2014
Sonó el timbre mientras yo escribía una nueva cumbre de la literatura universal (hala, venga, otra). Suponiendo yo que sería la gloria literaria o al menos una musa desnuda y tórrida, fui a abrir. Lo que encontré me dejó estupefacto: mi amigo Jacinto entró a mi casa como perseguido por los demonios.
–¡Estoy atascado, atascado con mi novela! –graznó. Así que aparqué mi tarea sagrada, cerré el portátil por que no me robase unas líneas, y me dediqué a escuchar a mi gran amigo.
–¡Es el fin, el fin de mi carrera literaria! –empezó–. Como sabes, llevo once meses escribiendo mi primera novela. Todo iba viento en popa. Cuando me acuesto, escucho en mi cabeza los programas de Radio 3 que darán hablando bien de mi libro; leo las críticas enjundiosas en las que intelectuales de la talla de Peio Riaño adivinarán las motivaciones que me llevaron a escribirlo; perfilo cuál será mi estrategia, quiénes serán mis amigos, quiénes mis padrinos, quiénes mis enemigos. ¡Hasta Peón quedará asombrado! ¡Me pondrá cinco estrellas en Goodreads!
–¿Y se venderá el libro?
–¡Por supuesto! ¡A miles, qué digo, a millones! Pero sobre todo fuera de España. Lo escribo sin citar geografía para que funcionen bien las traducciones.
–Buena estrategia. ¿Qué problema tienes entonces? Te veo bien encaminado.
–¡Es el fin! –rebuznó, y la luz, que había aparecido en sus ojos mientras proclamaba los efectos de su novela, desapareció como un mosquito que choca contra una lámpara incandescente–. Le contaba a una chica en una discoteca el argumento de mi novela. La chica estaba rendida a mis pies, notaba en su mirada que era una mujer sensible y se daba cuenta de que yo soy un genio y de que mi argumento es insuperable. De pronto, la bruja, me dijo: me recuerda un poco a una de las historias de Raymond Carver. ¿Carver? Dije yo. ¡Pero mi estilo es enrevesado, nada que ver con esa cosa escuálida de Carver! ¡Bebo Joyce! ¡Bebo Pynchon!
Fui a la nevera por ver si tenía en casa alguna de esas bebidas pero, al no encontrarlas, le di un vaso de agua con bicarbonato. Siguió contándome sus penas. Resultó que a la mañana siguiente, después de dejar a la muchacha en la cama, salió a buscar el libro de Carver y encontró que el argumento de su novela tenía, efectivamente, paralelismos difíciles de soslayar con uno de los cuentos de Catedral.
–¡El trabajo de once meses! –gemía.
Apenado por el destino de la carrera literaria de Jacinto, le di una bofetada, luego otra, y le dije que se serenase.
–Si has venido a mí es porque esperas un consejo.
–Sí –lloriqueó, más calmado después de mis bofetadas y el agua con bicarbonato–, sé que das clases de creación literaria, pero sé sobre todo que eres un literato pujante. No he leído tus libros pero estoy seguro de que son buenos. Amigos míos escritores dicen que sí, que son aceptables, aunque tampoco los han leído.
–Entre escritores contemporáneos, querido, lo prudente es no leernos –dije complacido.
–Bien, pues me arrastro ante ti para que me des consejo. ¿Qué hago?
Y después de recomendarle que si su novela se acababa pareciendo mucho al cuento de Carver dijera que era un homenaje, le di mis consejos literarios.
Hay dos vías hacia la gloria literaria: la de los lectores y la de los críticos, y en España, que is different, estas dos vías rara vez se cruzan. Por suerte, ambas son igual de accesibles para cualquiera que sepa usar con soltura el corrector ortográfico del Word. Abriendo mucho los ojos y mirándome con ellos a través de sus gafas de pasta, mi amigo Jacinto escuchó lo que yo decía con la atención que sólo encontramos en esos escritores a los que estamos hablando de ellos mismos.
–El camino de los lectores pasa por escribir sobre lo que está de moda. Vampiros un año, palanganas al otro, debes estar atento a lo que llena las mesas de las librerías y tener en cuenta que hay elementos que se mantienen por encima de las modas. La CIA y los templarios son dos organizaciones perfectamente vigentes siempre. Inclúyelas si quieres ir por la vía de los lectores.
–¡Puede hacerse! ¡El personaje Ambrosio Du Jardins podría trabajar para la CIA y, si añado unos capítulos explicatorios, podría ser un vampiro perfectamente!
Por Juan Soto Ivars/ElConfidencial
Etiquetas: carrera literaria, escritor atascado, novela, Raymond Carver

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