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El boxeo me convirtió en mejor escritor - Argentina Argentina

17/06/2014

Mundos íntimos. La página, el ring y una misma soledad.

Dar y recibir golpes enseña a mantener una mente sin distracciones y a separar lo importante de lo accesorio, asegura el autor. Él logró trasladar estas cualidades a su rutina de escritura y –asegura– lo sorprendió el resultado. Por Patricio Eleisegui. Escritor y periodista. Entre sus libros destaca "Nubes de polvo sopladas a cañonazos".

Escribo y, como quien no quiere la cosa, repaso mis nudillos. Colorados, ásperos de piel agrietada, azulados por algún moretón de la última semana.

Es en momentos como este cuando me vuelve a la cabeza la voz de mamá, Marta, y sus frases de marzo pasado. ¡Ay, hijo! ¡Qué necesidad!, había dicho, entre molesta y espantada. Enfermera de primera profesión, me había sorprendido poniéndome una camisa y los hematomas en las costillas; sin ropa, no tenía manera de disimularlos.

No había mucho que argumentar. Corté camino con un El Almagro, mamá. Ya sabés. Fue en el Almagro Boxing Club. ¿A vos te parece que te peguen así? ¡Sos un escritor!, siguió. No dije nada y seguí renegando con la camisa.

¿Cómo explicarle que un par de manos vendadas y dos guantes me habían dado, en cierto punto, una mejor letra? ¿O qué sólo podía escribir si seguía el ida y vuelta de la bolsa, el paso casi arrastrando el pie de apoyo, o el repiqueteo del puchinbol?

¿Podría convencerla de que me volví un autor a fuerza de aguantar abdominales, ganchos y uppercuts ? Porque todo empezó hace casi cuatro años, cuando empujé por primera vez esa misma puerta de chapa que alguna vez hicieron a un lado leyendas como Pascual Pérez o Luis Ángel Firpo.

Llegué al ring para repetir la receta de rinoceronte cargando contra un camión que aplicaba en los textos. Puro corazón, mucho de poesía, pero muy poco de argumento. La derecha en punta, en plena pera, del primero que tuve enfrente me enseñó que el músculo no servía de mucho. Que en realidad lo que tenía que usar más era la cabeza.

Aprendí bien rápido que hasta caminaba equivocado. Pero también percibí casi al instante que en el rebote en la cuerda, en el puño marcado en el cuerpo del otro, había una suerte de alivio, de respuesta a la confusión de la vida diaria. Sin importar con qué fuerza diera el golpe, el impacto pleno del guante empezó a separarme de lo accesorio. Y a dictarme líneas claras, concretas.

Ahí, sin darme cuenta, empecé realmente a escribir.

Nuevas historias, mejores a mi criterio, porque ahora sí tenía la mente clara y precisa: sin distracciones. Creativa. Porque cuando suena la campana, y uno carga con un guante en cada mano, la desatención se paga con una nariz roja o un ojo negro. Y quien que no inventa, no juega con la cintura, el cuello y las piernas, es candidato a terminar sentado sin saber de dónde vino el ladrillo que acaba de tumbarlo.

Sin querer, en el machacar la zona baja del que te ponen enfrente, había encontrado el canal que no tuve a los 12 años, cuando vivía en Sierra de la Ventana, y a la familia le tocó sobrellevar la hiperinflación de Alfonsín aplacando el hambre con polenta y carne de ciervo. Inviernos de nieve y heladas desafiados con los pocos troncos y ramitas que podíamos juntar con mis hermanos en los bosques cercanos. Amigos enojados con la infancia, igual que yo, con los que me reunía para apedrear los ventanales de las casas cerradas de los ricos que, en pleno país quebrado, seguían dándose el lujo de vacacionar en mi pueblo cada verano.

O que no tuve a los 16, en los tiempos en que nos tuvimos que mudar a un garaje, y que aguanté a fuerza de quemarme el hígado con vodka, ginebra y vino de cajita todos los fines de semana, saltando desnudo de un puente al río helado de julio, y entre abrazos de los amigos al final de picadas sobre calles de rocas filosas en autos siempre destartalados.

Hace casi cuatro años, entre transpiraciones, abdominales y espinales, encontré la fórmula para trasladar a una hoja las desesperaciones y desencantos que empezaron a acumularse al poco tiempo de haber llegado a Buenos Aires, en 1999.

La convivencia en Balvanera con dos extraños que conocí el mismo día que papá me trajo a la capital para estudiar ese periodismo que, apostaban en la familia, me iba a matar de hambre. La caminata por calle Corrientes para que el paisanito, yo mismo, vea por primera vez el Obelisco, el Cabildo, y la Casa Rosada. La cola en esa misma avenida, al segundo día de estar en la gran ciudad, que me interrumpió el paso. Cola que seguí por una escalera, confiado en el verso de alguien que dijo Hoy inauguramos este boliche, pasen, pasen, que es gratis, y al final resulta que se trataba de un cabaret. Un tugurio totalmente oscuro en el que una mujer me tomó de la mano previo Vení por acá, papito.

Tuvo que pasar mucho tiempo para que el ida y vuelta de la bolsa en el Almagro Boxing Club me diera certezas de lo que debía hacer. No la tuve a mano en la casa de estudiantes de Constitución, cuando el estallido social de 2001 me puso contra las cuerdas y durante meses armé y desarmé el bolso siempre bajo el pánico de tener que pegar la vuelta al pueblo. A papá le pagaban con patacones y el milagro era encontrar quién te los agarrara.

El quiebre de cintura, la mirada firme, y los pies livianos ahora me dan la confianza que había perdido. Llegarían, entonces, nuevos peregrinajes que enfrenté armado sólo con el bolso y los apuntes. Con algo adentro que no sabía qué era, pero que empecé a soltar cuando me senté frente a una computadora y alguien me dijo que eso que en lo que me estaba iniciando se llamaba periodismo. Todavía costaba tener al día la luz, el agua y el alquiler.

Hasta que un día me preguntaron si hacía cuentos. Que podía estar en un libro. Que me iban a pagar por eso.

Escribí con la panza y el corazón, como a lo largo de mi historia.

Las vivencias de un púgil que, como me había pasado a mí, tenía en la resistencia a los golpes, en la capacidad para sobreponerse a cualquier paliza, su mejor atributo. Un luchador que casi no sabía golpear pero al que le sobraba valor para resistir. Que suplía con lucidez mental la dificultad de habitar un cuerpo marchito. Al texto le puse Cacho de Fierro. Nunca más me volvieron a cortar el gas.

Mientras lo escribía y tropezaba con párrafos a veces incoherentes, caí en la cuenta de que me faltaba un escenario, un punto real del cuál agarrarme, para poder echar a andar la supervivencia tortuosa del protagonista. Dediqué horas y caminatas tratando de encontrar en mi cabeza esa pieza faltante. Hasta que una noche de llovizna me obligó a guarecerme junto a un portón del que sobresalía un alero y un cartel. Levanté la cabeza y leí: Cuna de Campeones. Fundado el 30 de abril de 1923. Almagro Boxing Club. Escuela de Boxeo.

Por Patricio Eleisegui/Clarín

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Etiquetas: Nubes de polvo sopladas a cañonazos, Patricio Eleisegui, rutina de escritura, Pascual Pérez, Luis Ángel Firpo

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