12/05/2014
En el último capítulo de la segunda temporada de House of Cards, la serie que retrata con una alquimia letal de intrigas y corrupción de alta gama la carrera del congresista Francis J. Underwood hacia la cima del poder en Washington, el personaje protagónico que interpreta Kevin Spacey rescata de un armario una vieja máquina de escribir que le había regalado su padre. La marca, por supuesto, es una homónima Underwood. Luego de quitarle el polvo amontonado por el olvido, el hombre se sienta a escribir una carta personal al presidente de los Estados Unidos.
Que en pleno siglo 21 esa carta –detonante de un enroque rotundo en la trama– sea escrita en una obsoleta máquina de escribir, forma parte de la calculada estrategia del inescrupuloso congresista devenido en vicepresidente, antes de aplastar a su jefe para escalar, por fin, al más alto y poderoso peldaño del escalafón político.
Pero en lo que quiero detenerme es en la escena que gira alrededor de la máquina de escribir. La cámara registra cómo Underwood la retira de un estuche lustroso pero en desuso, pone el foco en la pereza del papel al enrollarse en el carro, ubica en primer plano la presión de los tipos sobre la hoja, se detiene en los saltos del rodillo con cada mayúscula, seduce con la danza de los dedos sobre el teclado. Registra, desde un presente hipertecnológico, una nostálgica rutina del pasado.
Pensaba en esto mientras recorría los pasillos de la Feria del Libro de Buenos Aires, que termina este fin de semana. Me crucé con más de un stand que vendía enfáticos dispositivos electrónicos para la lectura y modernos artefactos que armaban libros a pedido, pero ni por asomo descubrí una imagen que recordara a esa fiel compañera de tantos escritores...
Por Ezequiel Martínez/RevistaÑ
Etiquetas: máquina de escribir, Réquiem, Kevin Spacey, House of Cards, Francis J. Underwood, Underwood, Feria del libro de Buenos Aires

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