05/05/2014
Los libros están de feria. Desde el 23 de abril, cuando florecen entre las rosas y los paseantes, su primavera se extiende de ciudad en ciudad. En tonos cálidos, en tonos fríos, minimalistas, barrocos, conceptuales, expresionistas, grunges, esbeltos, gruesos, delgados. Cada uno y todos exponen sus cuerpos y las promesas que albergan detrás de la imagen de su portada y de su título. Los dos anzuelos por los que un lector muerde un libro del que todavía no sabe nada. Un mal título, un mal diseño de la portada, pueden condenar a la invisibilidad una buena historia impresa. Ya se sabe que la apariencia cuenta. En literatura también. No es fácil titular con talento. Están los que sí lo hacen -incluso antes de empezar a escribir la primera línea-, certeros y contundentes en la síntesis de la poética del libro. Directos a la emoción y curiosidad del lector al que se dirigen. Otros lo resuelven al final, cuando han terminado de explorar con el lenguaje aquello que deseaban contar y se sienten más seguros para escoger una frase definitoria que lo distinga del resto. Lo normal es titular sin demasiada fuerza ni brillantez. Seguir el criterio del editor, consultar a los amigos o intentar resumir el espíritu de la obra en unas pocas palabras que suenen lo mejor posible y no confundan en su función. Con la portada sucede igual. Unos autores la confían a pintores o fotógrafos de su admiración y afecto cuando la editorial no cuenta con un excelente ilustrador, y otros tienen que conformarse con el diseño que le proponen. Pero lo que realmente importaba a los autores y a los editores era que detrás de la fachada hubiese una historia excelente, literatura de primera clase o la provocativa frescura rebelde de un escritor con futuro.
Así ha sido hasta hace poco. Porque de un tiempo a esta parte lo que más cuenta de un libro no es la belleza de su portada ni el misterio o la contundencia del título. Tampoco su mundo interior ni el esplendor o magia de su lenguaje. Lo que realmente importa es el rostro. Popular, conocido, maquillado con Photoshop, primer plano en una pantalla televisiva. Son los nuevos escritores. Presentadores de noticias, contertulios de programas del corazón, protagonistas de realitys,. Talk show y magacines. Ninguno se ha fogueado en premios ni en pequeñas editoriales. No es descabellado intuir su escasa formación en los clásicos, en las exigencias de la escritura. Claro que lo que narran es lo de menos. Se sabe que su fórmula es el entretenimiento. Una macedonia de, aventuras, wikihistoria, confesión sentimental y un pellizco de erotismo -cuya prosa ha sido más o menos higienizada por un escritor en negro- con posibilidad de sorprender en el mercado. Belén Estebán, con su Ambiciones y reflexiones, fue el taquillazo editorial del pasado San Jordi. Sus ventas pueden salvar un duro año editorial. Una estrella impresa a la que sumarle las plumas de Jorge Javier Vázquez, de Mario Vaquerizo y de otros rostros de 625 líneas que debutarán pronto como el escritor que siempre llevaron dentro. Sin apenas voces en contra del fenómeno televisivo que ha sustituido a los cocineros y a los políticos que en su día desplazaron, con recetas y memorias, a otros autores con rostro mediático y que a su vez enviaron a los márgenes a los escritores literarios cuyo rostro sólo aparecía en las solapas de sus libros. Los denominados escritores de clase media que continúan publicando gracias a la caja que sus editores hacen con los anteriores.
Por Guillermo Busutil/LaOpinióndeMálaga
Etiquetas: libros, lector, literatura, poética del libro, nuevos escritores, Jorge Javier Vázquez, Mario Vaquerizo

, escribe aquí tu comentario