El arte de la novela se basa ante todo en la compasión- España
29/04/2014
Muchos creyeron que había ganado el Premio Nobel demasiado joven cuando con 54 años lo recibió de manos del rey Gustavo de Suecia. Pero Orhan Pamuk y su país, Turquía, habían esperado muchas décadas para un reconocimiento así. El autor de El castillo blanco, consagrado para el panorama internacional por voces como las de John Updike, llevaba ya una larga carrera de potentes novelas que han navegado varias épocas por las aguas del Bósforo. Relajado, y tras darse una vuelta por la Alhóndiga de Bilbao, donde participó en el ciclo Gutun Zuria, Pamuk desgrana las tensiones latentes entre el Este y el Oeste, el carácter de quien mira hacia ambas orillas para poder entender mejor los desencuentros.
Aquí, en la Alhóndiga de Bilbao, da por pensar, después de que usted se haya mostrado un gran defensor del papel de los lugares públicos en el mundo de hoy, para qué sirven estos grandiosos espacios de encuentro. ¿Cuál es su papel en la cultura, en el civismo?
Estos lugares son concebidos como ágoras, donde la gente se reúne, interactúa… son esencialmente eso.
¿Ágoras posmodernas?
Más o menos, muy cercanos a la actividad de la gente. Consiguen aumentar nuestro sentimiento de pertenencia hacia algo más trascendente que la propia individualidad.
Ha reflexionado usted a menudo sobre su obsesión acerca de la imposibilidad de trazar un final a las historias. ¿Ser consciente de eso le limita como escritor? ¿Existe el final ideal cuando sabes que todo continúa?
Bueno, al final, casi todo acaba. Un final, en cierto modo, es una declaración de principios. Como nuestro epitafio en la tumba. Soy novelista, de este tiempo, y debo contar con ello, no como en las grandes epopeyas de la antigüedad, donde las historias podían continuar sin fin y se sumaba, se sumaba… Todo empieza y termina en el individuo, las personas. Cada una nos sugiere un todo. Eso nos otorga una especie de mandato, aunque nos resistimos a que las cosas se cierren. Más si esas historias que contamos le gustan a la gente.
Pero incluso las novelas, si son buenas, nunca acaban en nosotros, siempre podemos agarrarlas por segunda vez y hacer una lectura completamente diferente. ¿No será que comenzar y terminar una novela sencillamente se convierte en una convención, más que en un deber?
Yo nunca decido el final de mis novelas antes de alcanzar la mitad. Puede que reescriba mucho los comienzos, hasta 50 veces, pero cuando llego al medio y me doy cuenta realmente de qué va, entonces decido el final. Debe aparecer espontáneamente. La naturaleza de los personajes lo da. Aparece con el proceso de la escritura. Les dedico tiempo a las criaturas que pueblan mis historias, me paso con ellos tres y cuatro años, lo voy descubriendo poco a poco, aunque domino plenamente su temática. Los contextos son claros, pero qué les ocurre singularmente a cada uno, no tanto; con quién se casan o se pelean no lo llego a saber hasta un tiempo después. Ahora, cuando se me ocurren, no lo reescribo tantas veces como el principio, sale de una, así… Sin embargo, las primeras frases deben estar muy meditadas.
Se nota en usted: Un día leí un libro y toda mi vida cambió
. Así comienza La nueva vida. ¿No es ese el íntimo y tremendo deseo de cualquier escritor? ¿Cambiar la existencia de sus lectores?
Todo el mundo se sabe de memoria ese comienzo en Turquía, incluso se han hecho anuncios. A veces me hace feliz, otras me entran ganas de demandarlos, pero se me pasan.
¿Cuándo considera usted que está escribiendo? ¿Cuando lo hace sobre el papel o cuando piensa en cualquier circunstancia lo que va a redactar?
Yo puedo escribir en cualquier parte. Pero antes, cada historia se va sembrando en la cabeza, bien sedimentada en la memoria o sobre la marcha. Tomas notas, debes estar atento a cada paso, porque te sobrevienen capítulos, situaciones. Aunque la mayor parte de los detalles llegan mientras estás sentado, redactando. O soñando también. Pero lo importante en el trabajo, mientras estás ante el papel, es que te concentres en todo ese mundo y convivas con él mientras la vida sigue en otro sitio.
¿Obsesivamente?
No, pero conscientes de que necesitamos nuestros mundos imaginarios, que nos hacen felices. O desgraciados, como cuando debes afrontar asuntos como los celos, la rabia, la ruina económica. Nuestra imaginación es nuestro negocio, nuestro modo de vida, y eso nos hace también ser conscientes de que la realidad, a los escritores, no nos hace felices. Eso nos convierte en seres muy afortunados, porque existe mucha gente a quien la vida le desmoraliza y no pueden recluirse en un mundo literario. Nosotros sí. Llevo 40 años haciéndolo. Me siento a la mesa, con mi café, y ahí estoy preparado para cualquier cosa. ¿Lo llamas obsesión? Bueno, a mí no me gusta, duermo bien, pero aunque me quite el sueño, no lo llamaría así. Si no logro cerrar los ojos, muy bien, me levanto y, en pijama, me pongo a resolver lo que sea. En ese trance, ni leo los periódicos; me molestan las malas noticias y están llenos de ellas.
¿No se alimenta de eso, como otros colegas suyos?
Las historias llegan a mí de una manera natural, me limito a seguirlas y a controlarlas. Confío mucho en mi imaginación, mis visiones, mis sueños, pero debo evitar que se descontrolen, se extralimiten. También la lectura de asuntos relacionados con lo que escribo aumenta mi inspiración, influye mucho en mí el ánimo de cada día. Me afectan a veces los bloqueos, entonces me aparto de según qué y regreso a ello cuando salgo de ese estado. Voy saltando de personaje en personaje dependiendo con quién quiera estar, especialmente me ocurre eso con los personajes femeninos.
¿Por qué?
Es duro meterse en su piel, pero una vez estás ahí, lo disfruto mucho, no puedo dejarlo. Pregunto a mis amigas, a mi madre, a mi hija, cómo se sienten.
¿Hasta el punto de llegar a experimentar algo parecido a un orgasmo femenino?
Bueno, si has experimentado orgasmos masculinos y gozas de cierta imaginación, puedes llegar a aproximarte. Si preguntas a tus amigas y te lo cuentan, lo escribes, y luego se ríen de ti, te aguantas, es mejor eso que no escribirlo de ninguna manera. El arte de la novela se basa, ante todo, en una cualidad humana: la compasión.
También la rabia.
También, también. Pero la compasión es más útil para la literatura, porque te identifica con el dolor del prójimo. Debes compartir el dolor, la rabia; la compasión incluye la rabia misma. Incluso para llegar a figurarte esos orgasmos, hablar, hablar con el prójimo, pensar por él, y así, al final, te sale.
Volviendo a los principios y los finales. Resulta difícil pensar en un escritor de Estambul encerrado en esa obligación de empezar o acabar algo, porque esa ciudad no tiene fin, es una auténtica frontera eterna.
Muchas gracias. Pero si la vida no tiene fin, la obligación de un autor como yo, que se toma su trabajo muy en serio, por desgracia, es, al menos, dotarla de un comienzo. Al menos colocar las cosas en perspectiva. Dotar todo de mirada propia.
¿Es usted el autor del Estambul moderno?
Deje que me tome eso un poco en broma. Yo vivo también en Nueva York, allí enseño, pero cada vez que me encuentro a alguien me recuerdan lo bonito que es Estambul. ¿Qué se supone que debo hacer? Pues dar las gracias. No me di cuenta de que era un escritor tan identificado con Estambul hasta que cumplí 45 años, más o menos. Con las traducciones, todo el mundo me consideró eso: escritor de Estambul, y aquello me dio conciencia, que está bien, vale, no me quejo. Pero la ciudad ha cambiado mucho. Desde que yo nací en 1952, no ha dejado de crecer y crecer, pasó en esa época de un millón y medio de habitantes a 14 ahora. Eso es muy insólito. Poca gente ha tenido el privilegio de experimentar un cambio así en su ciudad. Y la transformación en los últimos 15 años ha sido todavía mucho más profunda que en los 45 anteriores. Para mí es complicadísimo de entender. Y ahora que todo el mundo me considera escritor de allí, eso implica mayor atención pese a todo lo complejo que es. Cada minuto aparece un libro sobre un barrio, me emborracha toda esa avalancha.
Pero ocurre en todas partes igual. Quizá una de sus singularidades contemporáneas más marcadas aún, porque viene de lejos, es esa esquizofrenia sobre la pertenencia a Europa o no. ¿Cómo andan los ánimos en ese sentido?
Bueno, divididos. Los partidos políticos andan enfangados. Eso me enfurece, me preocupa. Viene de lejos. Las élites del imperio otomano fueron conscientes en su día de que o se occidentalizaban, o caían derrotados por diversos oponentes occidentales. Doscientos años después, aplicadas múltiples reformas en términos de vestimenta, calendario, ejército, ingeniería, ciencia, artes, modos de pensar… aun así, se produjeron resistencias que dieron lugar a tensiones hasta hoy. Llámalo, en términos dialécticos, nueva sociedad contra antigua; Europa, Oriente; ahora, islamismo contra modernidad. Es lo mismo, mismo perro, distinto collar. A veces se envenena y se pone feo o se suaviza.
Se envenena hasta el punto de obligar a gente como usted a abandonar el país.
Bueno, como me ocurrió entre 2005 y 2010, que me vi obligado a ir con guardaespaldas, alejarme un poco. La situación, para mí, hoy es mejor. Pero observo otra vez, con un Gobierno que lleva ya 12 años en el poder, que va tensándose el ambiente. Es lógico, tanto tiempo gobernando produce resentimiento, autoritarismo, la gente decide quién gobierna, pero ese ambiente ha dañado la libertad de expresión, la tentativa a cerrar canales como YouTube, Twitter, aunque los tribunales lo pararon. ¿Mi posición? Limitarme a ser testigo, escribir, dar cuenta, llamar al entendimiento mutuo aunque se resistan.
Por Jesús Ruiz Mantilla/ElPaís
Etiquetas: Premio Nobel, Orhan Pamuk, novela, compasión, escritor, El castillo blanco, ciclo Gutun Zuria, Alhóndiga de Bilbao, novelista

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