22/04/2014
Trabajé muchos años en un banco y ahora en mi propia gestoría con mi mujer, aunque dedico gran parte de mi tiempo libre a escribir libros sobre temas históricos de Galicia y a practicar la fotografía
Solíamos jugar a las bolas, el che, las chapas, la pelota y las clásicas batallitas a pedradas con otras pandillas, en las que procurábamos ponernos fuera del alcance de las piedras, aunque siempre había alguno que usaba tirachinas y había que tener cuidado para que no te hiciera un chichón
Nací en Santiago, pero me considero un coruñés más, ya que desde pequeño vivo en esta ciudad, a la que mi familia se trasladó cuando yo era pequeño, primero para residir hasta los ocho años en la calle Sexta del Ensanche, ahora Oidor Gregorio Tovar, y luego en la calle Belén, en la Sagrada Familia. Mi familia estaba formada por mi padre, Manuel, que fue chófer de camión durante toda su vida y trabajó en la constructora Cachafeiro, situada en Cuatro Caminos, mientras que mi madre, Rita, se dedicó a cuidarnos a mí y a mis hermanos Manolo, Mari Carmen y Rita.
Mi primer colegio fue el de San Vicente, ubicado en A Coiramia, donde estuve hasta los once años, tras lo que luego pasé al instituto Masculino, donde terminé el bachiller. Ya en esos años, gracias a mi tío Santiago, trabajé como botones en el Banco Hijos de Olimpio Pérez, que después se convirtió en el Banco Gallego, en el que luego me trasladaron a Valladolid y Ferrol, hasta que finalmente regresé aquí. En esta entidad pasé por diferentes categorías hasta llegar a oficial de banca. En 1993 dejé este sector para montar con mi mujer, Pilar Otero, una gestoría.
Mis primeros amigos de la calle fueron los de la Sagrada Familia, con los que formé una pandilla de la que guardo unos gratos recuerdos por nuestras correrías y aventuras de niñez. Aquel grupo lo formaban José Luis Ferreiro, Carlos Mariñas, Ángel Dopico y Santiago Otaño, con quienes jugaba en la calle y los campos que rodeaban todo nuestro barrio, ya que entonces no existían ni la avenida de Os Mallos ni el barrio de O Ventorrillo y en los alrededores solo había huertas y grupos de casas formando aldeas como Vioño, A Silva y Pénjamo.
Solíamos jugar a las bolas, el che, las chapas, la pelota y las clásicas batallitas a pedradas con pandillas de otros barrios, en las que procurábamos ponernos fuera del alcance de las piedras, aunque siempre había alguno que usaba tirachinas y había que tener cuidado para que no te hiciera un chichón y hubiera que ir a la Casa de Socorro. Recuerdo las muchas tardes que pasábamos leyendo tebeos en la librería de Aurorita, en la calle Vizcaya, y en El Caballito Blanco, en la calle Asturias.
Por José Luis Pardo Caeiro/LaOpiniónACoruña
Etiquetas: escritor, tebeos, temas históricos, Pilar Otero, José Luis Pardo Caeiro, José Luis Ferreiro, Carlos Mariñas, Ángel Dopico, Santiago Otaño

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