01/04/2014
Ya me gustaría a mí saber confeccionar decálogos, pero no soy montañero. Ni me ha sido dado escalar el Sinaí ni les profeso afición, en cualesquiera materias, incluyendo la estética, a las tablas de la ley. Si no dispongo de reglas, ¿cómo voy a ofrecer mandamientos? Lo único que tengo son recetas y acaso un método. Con ambos me las apaño mal que bien en la cocina literaria. Y para no hacer un feo a quienes me han pedido que descubra mis trucos de novelista, aquí van los pocos que conozco.
Pero antes una cosa. Considero legítimo concebir una historia, si no completa, al menos en sus partes principales, y luego trasladarla a texto. Así trabajaba Émile Zola, según me han dicho. O sea, que el experimentado novelista elaboraba un esquema del argumento, establecía de antemano la división de los capítulos, ideaba un desenlace, reunía notas y a continuación se lanzaba a redactar. En el proceso de veinte días despachaba la tarea.
Yo no trabajo (¿trabajo?) así. La naturaleza me hizo rumiante, parsimonioso, repasador, y llevo mi libro por dentro como las vacas. Conque mis pocas recetas para escribir novelas sin argumento previo alcanzan a lo sumo para un pentálogo. ¿Cómo transformar en páginas escritas una historia de la que uno no conoce sino las ganas de escribirla? ¿Cómo culminar tan peregrino proyecto sin confiárselo a la caprichosa y mal gobernable improvisación? Le revelaré a usted cinco arbitrios que me suelen ayudar a recorrer el camino.
Por Fernando Aramburu/ElConfidencial
Etiquetas: Crónicas de Indias, Émile Zola, escribir, Fernando Aramburu, narrador, novela, novelista

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