30/03/2014
Hay que desempolvarse, hay que orearse, hay que quitarse las telarañas de encima
Cuando en marzo llega el buen tiempo a la ciudad –si es que llega, por supuesto- la literatura debería convertirse en una actividad al aire libre. Debería estar prohibido el acto de escribir en un despacho, en una biblioteca, entre cuatro paredes. Debería estar multado, perseguido por una autoridad protocolaria que vigilase la buena salud de lo verbal. Basta ya de encierros, basta ya de hibernación, basta ya de tanta sesudez. Hay que desempolvarse, hay que orearse, hay que quitarse las telarañas de encima. Fuera: a la calle, a que nos dé el sol, a que la brisa que viene del mar nos purifique, a que el ajetreo del mundo nos pula el estilo. La retórica de interior supone una enfermedad y acaba por depositar plomo en el pensamiento. Quítate toda esa ropa, que parece una moral con moralina permanente. Mete el abrigo en el armario, quítate la corbata –si la llevas-, que te están asfixiando, y en cuanto encuentres la ocasión descálzate y pisa la arena de la playa, o el barro a la orilla del río, o la hierba del parque.
A la sintaxis le viene de maravilla un poco de paseo, se le nota enseguida en las cláusulas, en la fluidez de lo que se cuenta. En lugar de practicar análisis oracional y enseñar en las aulas lo que es el suplemento, y el complemento directo y el indirecto (cosas que está muy bien saber de vez en cuando), a los alumnos hay que llevárselos al jardín más próximo y darles clases peripatéticas: es decir, paseadas, y que el complemento directo sea un plátano de sombra, y el indirecto un vecino que pasaba por allí, y el suplemento la alegría de esta misma jornada de excursión repentina sobre la que se habla.
Por Carlos Marzal/ABC.es
Etiquetas: Escribir al aire libre, brisa, playa, orilla del río, hierba del parque, jardín

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