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Fantasmadas literarias - España España

10/03/2014

La literatura fantástica es un arte de carencia y deseo: buscamos todo cuanto nos falta, todo aquello que la realidad no satisface y que, sin embargo, una vez hallado nos induce al temor a perderlo o al horror de haberlo encontrado. Esta cadencia entre falta y deseo es propia de cada individuo, pero también de cada época. Las historias de fantasmas nos atraen porque, en ellas, exploramos miedos humanos —a la muerte, al recuerdo—, pero también porque sugieren cuanto está ausente en la realidad colectiva. La nuestra es una época de economía inmaterial, en la que todo cuanto es sólido se disuelve en el aire. Nuestras casas y prendas ya no son nuestras —y acaso tampoco nuestras vidas—, ¿a quién pertenecen entonces?, ¿nos hemos convertido en fantasmas de casas y cuerpos que no nos pertenecen?

En El hombre que perseguía al tiempo, de Diane Setterfield, el capitalista vislumbra, alucinado, dos paisajes bajo la lluvia: en el primero, avista un titánico centro comercial donde solo hay una hondonada; en el segundo, el templo del consumo que él mismo erigió se derrumba como una cascada de cristal y mármol. Parecen contradecirse, pero ambos afirman lo mismo, que todo aquel afán de edificar y enriquecerse era solo un espejismo: la superficie tersa y brillante de una pompa rellena de aire. La nuestra, qué duda cabe, es una época de burbujas que estallan, pero también lo son nuestras vidas, que pasamos como niños persiguiendo pompas de jabón. Cuando por fin se desvanecen, buscamos dentro de ellas al fantasma de nuestros días.

Nada tiene de extraño que nos gusten los fantasmas, tanto los de nuestra era como aquellos que, en otros tiempos, ejecutaban ya esta eterna danza entre la carencia y el deseo. Comencemos, pues, con una de aquellas viejas historias que hoy nos siguen seduciendo: escondida entre pilas de legajos polvorientos, un anticuario encuentra una carta en latín, la angustiada confesión de un vicario, en la que advierte a los curiosos que se guarden de buscar el relicario de la rectoría de… Faltan datos, pero el aplicado erudito encontrará el lugar exacto, excavará la undécima tumba y, por supuesto, hallará el relicario. Desde ese instante, un vaho le acechará a cada paso, le perseguirá un olor a moho y, atisbará, desde su ventana, una figura harapienta que parecerá cada noche más cercana. M. R. James jamás escribió este relato, pero podría haberlo hecho, pues la mayoría de sus Cuentos de fantasmas (1904-1928) nos hablan de arqueólogos y estudiosos que encuentran documentos que sugieren espantos, demonios que habitan todavía los sitiales del coro o el vitral de la abadía, grabados por los que pululan espectros y tesoros custodiados por criaturas hediondas.

Siruela reedita sus Cuentos de fantasmas, una selección de algunas de sus mejores historias; sin embargo, si James regresara ahora como alma en pena, quizá se sorprendiera al descubrir que sus únicos escritos reeditados sean sus relatos terroríficos. Montague Rhodes James fue medievalista de prestigio, experto en apócrifos, catedrático en Cambridge, rector en Eton. Dedicó su vida a la historia, la arqueología y el estudio de los clásicos y, de cuando en cuando, pergeñaba cuentecillos como divertimento. James comenzó leyéndolos ante sus amigos de la Chitchat Society y pronto sus lecturas se convirtieron en un acontecimiento. Revisitados hoy, podemos imaginar a sus colegas y alumnos escuchándole y pasando de la sonrisa al escalofrío. Sus personajes resultan jocosos en su grisura y, sin duda, James gozaba ironizando sobre la cotidianidad de académicos y anticuarios; sin embargo, esa banalidad queda pronto impregnada por un hálito maligno, por un miasma del pasado que se va volviendo más intenso hasta adoptar, por un instante, una forma táctil e insoportable.

La muerte vela por los contornos de los objetos y prendas del pasado y, de algún modo, quienes los palpan e investigan acaban envueltos por ese mismo velo. Los cuentos de fantasmas nos plantean a un tiempo el enigma de la muerte y el enigma del pasado: ¿quiénes habitaron la casa?, ¿qué soñaban?, ¿qué queda de ellos? Preguntas que, en el fondo, no atañen sino a nuestra propia mortalidad y a la fugacidad de nuestro tránsito sobre la tierra. Esta angustia por la muerte late también en otro notable cuento victoriano, La casa y el cerebro (1859), de Edward Bulwer-Lytton, recientemente reeditado por Impedimenta. Regresamos a la morada embrujada por pasiones que siguen latiendo en las paredes, recuerdos de una tragedia desgajada del tiempo, repetida sin fin, reticente a abandonarnos.

En La casa y el cerebro, Bulwer-Lytton se despoja del ropaje gótico de Zanoni (1842) para ofrecer una historia más moderna, plagada de fenómenos sobrenaturales que ascienden hacia un clímax de alucinación y miedo, en el que entrevemos un éter por el que flotan larvas y entidades, como amebas vistas por el microscopio. Bulwer-Lytton parece dar un paso adelante, pues atribuye las apariciones a una voluntad tan poderosa como humana. En la segunda parte del relato, conoceremos al hombre capaz de detentar semejante poder sobre la materia y sobre la mente de sus semejantes. Sin embargo, es aquí donde el paso adelante de Bulwer-Lytton resulta ser un paso en falso, pues si bien niega la existencia de fantasmas, nos devuelve la angustia por la mortalidad, el anhelo de la vida eterna, el deseo de permanecer, para siempre, en el mundo de los vivos.

Dicha angustia, dicho anhelo, explica en parte el éxito del que gozan todavía los cuentos espectrales. Quizá por ello, a los editores ingleses de El hombre que perseguía al tiempo (2013) no les tembló el pulso al venderla como ghost story, una ávida engañifa que, no obstante, lo es solo en parte. Es un embuste porque no hay en ella espectros o aparecidos —y, de hecho, la edición castellana de Lumen prescinde de este subterfugio—, pero tiene algo de cierto en la medida en que retrata a un personaje convertido, en vida y por su propia mano, en un fantasma.

Por Luis Pérez Ochando/ElPaís

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Etiquetas: Cuentos de fantasmas, Diane Setterfield, Edward Bulwer-Lytton, El hombre que perseguía al tiempo, fantasmas, ghost story, historias de fantasmas, La casa y el cerebro, literarias, literatura fantástica, Montague Rhodes James, relatos terroríficos, Zanoni

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