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En la cancha, los escritores somos cavernícolas - Argentina Argentina

02/03/2014

La palabra y la pelota. Hombres jóvenes, cultos, intelectuales. Algunos escriben, otros son periodistas o cientistas sociales. En su ámbito hablan de las emociones y de lo sensible. Pero cada lunes se encuentran a jugar al fútbol y compiten como si fuera el último partido.

Se escuchan gritos y hay fuertes discusiones. Un equipo pide penal, el otro tiro libre. Después, alguien va a piso y quien venía con pelota dominada toma conciencia de un enorme raspón en su rodilla. Creo que el partido de los lunes, una tradición que ya tiene más de cuatro años, es el más conversado y quizás el más áspero de los que participé.

Casi todos los que jugamos somos escritores, o intentamos serlo, pero eso no se nota, si es que debería notarse de alguna forma, sea en los modales o en el uso del lenguaje a la hora de discutir. Digamos que el clima es más bien de cuchillo entre los dientes. Toda la sutileza, el cuidado en las palabras, el uso de la metáfora, la complejidad que anhelamos en la escritura queda detrás del alambrado. Ahí, adentro, en la jaula, jugamos a ser cavernícolas.

Mientras que estemos dentro de ese rectángulo de césped sintético y algo de arena, las personalidades mostrarán sus mitades algo esquizofrénicas (dicho con cariño). Matías Castelli, amabilísimo periodista en un noticiero importante de la tele, narrador avezado del encanto de la noche porteñ a, va a increpar a cuanto adversario se le cruce en el camino, a discutir cada fallo con brazos propensos al empujón. Joaquín Linne, responsable cientista social, arquero y autor de un inolvidable libro de crónicas sobre el turismo latinoamericano, va a especular con la mínima ventaja que podamos obtener, haciendo tiempo cerca de la raya de gol hasta que algún adversario, cansado, se acerque a presionarlo. Diego Erlan, novelista refinado y editor en un importante suplemento cultural, va a convertirse en un quebrantatobillos de inesperada eficiencia, arrasando pierna y pelota del rival en cada dividida, tras sus infaltables e intimidantes flexiones de brazos antes del inicio del match. Vicente Russo, ávido lector y sociólogo de interesantes intervenciones en un organismo público que protege a las minorías, va a chocar como una locomotora fuera de quicio. Sebastián Hernaiz, especialista en Borges y crítico agudo, va a generar tumulto y confusión, sin privarse de regalar hachazos cuando nuestros defensores lo superen. Yo mismo, en un éxtasis histérico, voy a patear la pelota a la cancha lindera y a insultar a viva voz cada vez que me sienta molesto por un fallo.

El fútbol de los lunes empezó como un entretenimiento inocente para un grupo de escritores porteños. Correr un poco, estirar los músculos, aire libre y ejercicio para sujetos que pasábamos más de la mitad de nuestro día inclinados frente a las computadoras. Hice una búsqueda en mi casilla de mail y encontré la invitación de Mauro Libertella, autor de la quizás mejor primera novela de 2013.

Incluso en los mails, siempre da gusto leerlo. Mauro me informa que hay un partido, el lunes a las 22 horas, en las canchas de papi fútbol que quedan junto a la cancha de Atlanta. Desliza un comentario sobre Lamborghini. El fútbol me encanta y le digo que sí, con menos expectativas por la calidad del partido que por unirlo a la escritura, al pulso de escritores contemporáneos a los que venía leyendo. Desde esa época empecé a esperar al fútbol de los lunes con ansiedad.

La semana no empezaba hasta que ese partido había terminado.

En los míticos inicios del desafío jugaron escritores de una generación algo mayor, como Miguel Vitagliano o José María Brindisi. También pasaron otros como Oliverio Coelho, Matías Capelli, Juan Terranova, Aquiles Cristiani, Carlos Godoy, Julián Urman o Alfredo Jaramillo. Por cuestiones familiares, por cansancio o por la rispidez que poco a poco tomaban los encuentros, el grupo fue mutando. Un día se sumó el violento Maxi, un crítico y ensayista bahiense que hoy es una pieza fundamental en el desafío.

Por costumbre o por azar, hace alrededor de tres años, los equipos se consolidaron en base a una división que más que curricular es emocional, más que estética es pulsional: Letras versus Sociología. Camisetas negras versus camisetas blancas. En Letras, todos son escritores. En Sociología, muchos también lo somos, y hay también editores, periodistas e investigadores. La cuestión se complejiza si se piensa que hay letristas en el equipo de sociología y cientistas sociales en el equipo de letras.

Este cambio terminó de disparar la rivalidad: al poco tiempo se confeccionó un historial con los resultados.

La tensión adquirió incluso contornos geográficos: cuando terminan los partidos y los moretones aún no terminan de manifestarse, los de Letras se van al vestuario, los de Sociología nos quedamos en el bar. Pero, en una hermosa paradoja, empezamos a conocernos más en base a unas cada vez más obligatorias cenas en Angelito, la pizzería ubicada en Camargo y Scalabrini Ortiz. Ahí se terminan los colores y las disciplinas. Al menos por un rato.

Sin embargo, circulan diferentes interpretaciones sobre lo que significa jugar para los sociólogos y para los letristas. En algún mail, Santiago Dematine, nuestro enorme y habilidoso número nueve, y cuando digo habilidoso me refiero a esas personas que pueden jugar con las dos piernas, cambiar de perfil y hacen que sea imposible adivinar para qué lado van a salir a los violentos defensores de Letras, que pasan de largo una y otra vez, va hacer énfasis en la cuestión de la solidaridad. Para Santi, lo que nos caracteriza es cierta solidaridad en el juego, la generosidad en cubrir el hueco que deja el compañero, la falta de reproche durante el partido.

Nuestro equipo es un Golem que ha logrado cierta estabilidad. Joaquín, el arquero, ordena al equipo y salva las papas cuando los de letras se adelantan. Sus reflejos son la prolongación de su lengua filosa. Javier Alcácer, apodado dealer cultural por lo bueno de sus recomendaciones tanto en cine como en ensayo o ficción, comparte con Vicente el rol de corazón del equipo.

Ventrículo izquierdo y derecho, ambos no dan una pelota por perdida y son los que más chocan con los rústicos de Letras. Pablo Alí, nuestro marcador de punta, encontró en la banda derecha su territorio, y aporta sorpresa y desborde con goles desde ángulos imposibles. ..

Por Hernán Vanoli/Clarín

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Etiquetas: escritores, cancha, fútbol, palabra, pelota, intelectuales, Matías Castelli, Joaquín Linne, Diego Erlan, Vicente Russo, Sebastián Hernaiz, Mauro Libertella, Miguel Vitagliano, José María Brindisi, Oliverio Coelho, Matías Capelli, Juan Terranova, Aquiles Cristiani, Carlos Godoy, Julián Urman, Alfredo Jaramillo, Santiago Dematine, Javier Alcácer

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