Tregolam, el país de los escritores

Perfil  |  Salir

- te recordamos que dispones de un 5% de descuento en todos los servicios

ContactoSobre Tregolam

Menú principal

  • Actualidad escritores
  • Coaching literario Coescritores por encargo
  • Informes literarios Correcciones ortotipográficas y de estilo Preparación y mejora de manuscritos Análisis de guion
  • Edición de ebooks Diseño portadas Conversión a ebook
  • Book trailers
  • Promoción de obras y autores
  • Asesoría jurídica
  • Presentación de obras a editoriales y agencias
Regístrate

Actualidad > Entrevistas

Me cuesta acabar los libros - Colombia Colombia

17/02/2014

  • De niño, Emmanuel Carrère quiso ser arponero de ballenas, pero al final se dedicó a escribir
  • Hoy es uno de los narradores más relevantes de Francia
  • Sus obras son como los relatos de un gran reportero. Novelas de no ficción que dan forma literaria a lo que ocurre a su alrededor, aventuras documentadas con el fin de ser claro para que el lector no especializado lo entienda

Con su acercamiento a la realidad asaltada como en las ficciones, Emmanuel Carrère se ha convertido en uno de los escritores fundamentales de la Francia contemporánea. Entre la biografía, el reporterismo, la autoficción, ha desarrollado un estilo propio, que ha dejado un buen puñado de libros magistrales, hondos, emocionantes, paradójicos. Es el caso de su fascinante biografía de Philip K. Dick, Yo estoy vivo, vosotros estáis muertos (Minotauro); su gran éxito El adversario, la historia de un supuesto médico de la OMS que no era tal y que, al descubrirse el engaño, asesinó a toda su familia; De vidas ajenas, o el año pasado el gran Limonov (estos tres últimos, en Anagrama), una historia de la Rusia de los últimos 70 años a través del símbolo de un personaje excesivo, poeta maldito, combatiente con los malos en los Balcanes y líder de un partido antisistema, entre punk y nostálgico, por el que se ha convertido en todo un referente de la contracultura en su país. Su óptica desprejuiciada y curiosa, su estilo cristalino, mordaz, directo, le convierte en un grande de las letras europeas que hizo recientemente escala en el Hay Festival Cartagena (Colombia).

Viniendo hacia aquí, por las calles de Cartagena de Indias, me topé con la Alianza Francesa. Participa usted en un encuentro de inspiración británica y el territorio que pisamos tiene fuerte influencia española. ¿Ejercemos desde Europa la guerra colonial por otros medios?

En lo que respecta a los franceses, estamos en situación de inferioridad. No nos encontramos en posición de ejercer mucha influencia frente a la preponderancia de la lengua inglesa. Y aquí, menos, por lo español. Somos minoría.

Pero creativamente con buena salud.

¿De verdad lo cree?

No solo lo creo, sino que se lo puedo demostrar. En los últimos años, a principios de siglo, no solo se muestran en racha, sino arriesgados. Usted, Michel Houellebecq, Jean Echenoz, nuevos valores como Laurent Binet, están encontrando nuevos caminos narrativos.

Me alegro de oírlo porque generalmente a los franceses nos invade un sentimiento de complejo de inferioridad.

Ya, son ustedes llorones. ¿No lo piensa?

Ahora que lo dice, veo que tiene razón.

Comparemos. ¿Cuánto tiempo hace que no le sorprende una novela anglosajona?

Me impresionó mucho Canadá, de Richard Ford. No es que sea revolucionario, pero sí una gran novela. Ahora tampoco veo que nosotros los franceses innovemos tanto.

¿En términos de riesgo?

Bueno, quizá sí algo más. Sí, es cierto. Me alegro de estar de acuerdo con usted, pero es que pesa tanto esa sensación de que no somos nada. Tampoco es que me importe.

¿No le cabrea?

Honestamente, no me lo planteo a menudo, pero ahora que me lo dice, voy a empezar a pensar en ello, de verdad.

Así que le hemos hecho feliz.

Pues sí.

Usted, exactamente, ¿cómo define lo que hace?

Libros, historias. Evito calificarlo como novela. Ese género lleva el peso de la ficción y lo que yo hago no es ficción puramente, aunque estén escritas como tales, con sus trucos, pero sin inventiva. No es que el material en mis libros sea la vida y en la ficción no, porque también se llenan de vida. Escribí ficción, pero lo dejé, y ahora no lo hago. Tampoco he llegado a este punto después de una reflexión teórica, no es que crea que la novela ha muerto. Las leo, me encantan, pero no me interesa abordar ese género. Ni quiero, ni puedo. Lo que me interesa en este momento se mueve fuera de la ficción. Tampoco me da mucho por la autoficción o lo autobiográfico.

Bueno, esparce su vida en sus libros, con nombre y apellido.

Sí, lo distribuyo, pero es porque se va apareciendo naturalmente en el trabajo, cuando se combinan las cosas que me interesan en la vida con lo que estoy tratando. Pero, insisto, sin artificios.

Lo que usted tiene es instinto para saber qué historias pueden interesar a amplios públicos sin que ‘a priori’ puedan resultar atractivas. Por ejemplo, a quién se le podría ocurrir que Limonov fuera un tipo interesante.

Sí, en eso estoy de acuerdo.

O simpático, después de mostrarse un ultranacionalista ruso, belicoso, combatiente en los Balcanes con Arkan, menudo angelito.

Sabía que a quien se pusiera a leerlo le acabaría por atraer, pero no tenía idea de que le iba a seducir a tanta gente. Más leer un libro sobre un ruso que de entrada no te podía caer bien.

Pero ¿se trata de un libro sobre un ruso o sobre Rusia?

Sobre Rusia, esa era mi intención. Un país al que he viajado a lo largo de los últimos 15 años, dedicándole largas temporadas, conociendo a mucha gente, haciendo documentales. Quería escribir algo sobre el país, pero no sabía exactamente qué ni cómo.

¿Y encontró un símbolo?

No diría tanto, pero sí un personaje que me permitía contar multitud de cosas acerca de la historia reciente. Mezclé dos esferas. Nunca lo había hecho: la historia y la aventura.

¿Una posmoderna novela de aventuras?

Bueno, más o menos. O clásica, con trama, con mucha acción. Estaba obsesionado con incluir ambas cosas, me estimulaba y pensé que si aquello me removía tanto a mí, también les pasaría a los lectores.

Pero existía un problema. ¿Algunas veces sintió ganas de estrangularlo?

Bueno, mis sentimientos hacia él iban cambiando.

¿Y ahora?

Lo mismo. Había escrito una historia larga en una revista sobre Limonov. Entre los círculos de demócratas que entrevisté, todos me hablaban con gran respeto sobre él. Me sorprendió porque yo tenía la idea de que era un fascista. Así que me intrigó. Después de pasar dos semanas con él casi todos los días, no tenía claro qué pensar. Me encontraba más confundido si cabe, pero decidí comenzar el libro precisamente porque no sabía si iba a ser más incómodo que emocionante. Y cuando terminé el libro seguía igual.

Le entiendo.

Lo aprecio, lo respeto, pero es que viene a ser mi auténtico antagonista. Y me alegro de que afortunadamente no tenga posibilidad de alcanzar nunca el poder.

Esperemos.

Es que si así fuera, a usted y a mí nos enviaría al Gulag, pero, por otra parte, le respeto, porque tiene valor, ha pagado las consecuencias de sus actos. Quise llegar a una conclusión, a una síntesis, en el libro. Después de todo, quería saber si es un buen tipo o no.

Bueno, al final lo compara con Putin.

Creo que eso es lo que más le disgusta del libro.

Él puede considerarlo un insulto, pero lleva usted razón.

Hay una diferencia. Putin es un hombre de poder, y Limonov, un rebelde.

Pero ambos añoran la idea de la gran Rusia.

Sí, ambos son nacionalistas, desprecian la democracia.

Sienten nostalgia del estalinismo… Buenas piezas.

Sí, y aun así tengo la impresión de que lo lee gente de sensibilidades opuestas a eso, más como yo que como ellos. Demócratas, defensores de los derechos humanos, del Estado de bienestar, pero se interesan en un tío que cree que nuestros principios básicos son una mierda.

Que se basan en la hipocresía.

Nos ve como hipócritas, lo equipara al colonialismo católico en la edad moderna, pero ¿sabe qué?, que no deja de llevar razón en algún aspecto, aunque no nos guste. El hecho de tratar de acercarnos desde nuestra perspectiva a sus posiciones es lo que hacía el reto muy interesante. Me mandó un correo hace unos meses en el que trataba de provocarme contándome que estaba preparando un ensayo sobre los que para él eran los grandes líderes de la época contemporánea: Pol Pot, Gadafi, Sadam Husein, Osama bin Laden… Hombre, trataba de quedarse conmigo, pero, por otro lado, lo decía en serio. Disfruta con esas cosas.

Así que siguen llevándose más o menos bien.

Ah, sí, claro, él está encantado con el libro, le caigo bien y está bastante agradecido. Me comentó que jamás diría lo que piensa sobre ello, pero está contento. Dice que soy el típico burgués intelectual que desprecia, pero es lo suficientemente listo como para darse cuenta de que una historia sobre él firmada por un escritor acólito, a nadie le interesaría.

Desde luego. En Limonov acertó de lleno; en su perfil de Philip K. Dick, también, aunque en principio despiste.

Bueno, con Limonov corría un riesgo, tuve en cierta manera que inventármelo, pero el otro personaje ya contaba con dos biografías, tenía su prestigio y seguidores. Pero en mis elecciones no solo cuenta que yo crea que le va a gustar al público, influye que me quiera apetecer pasar dos años de mi vida siguiendo sus rastros. Necesito que me sean ajenos, pero cercanos; tiene que existir un eco mío que resuene en ellos.

Por Jesús Ruiz Mantilla/ElPaís

Seguir leyendo...


Participa en el Tablón   ¿Deseas recibir nuestro Boletín Semanal de Concursos?

Etiquetas: biografía, De vidas ajenas, El adversario, Emmanuel Carrère, escritores, Gadafi, Jean Echenoz, Laurent Binet, Limónov, Michel Houellebecq, Osama bin Laden, Philip K. Dick, poeta maldito, Pol Pot, Richard Ford, Sadam Husein

Imprimir
Twittear

Comentarios

, escribe aquí tu comentario


Recursos

  • Tablón
  • Boletín Semanal de Concursos
  • Boletín Quincenal de Actualidad
  • Plantilla para Novela y Cuento
  • Plantilla de Guion
RSS FeedTwitterFacebook
  • Aviso legal, política de privacidad y política de cookies
  • Condiciones generales de uso del portal