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¿Puede ser popular la poesía? - España España

09/02/2014

Parece un hecho que puedo escribir una novela en primera persona en la que una monja ninfómana asesine a sus amantes apretando mucho las piernas. Acaba de ver Blade Runner y se ha quedado impactada por los saltos de Daryl Hannah y la criminal firmeza de sus muslos. Por su capacidad de amar. Para escribir esa historia no tengo que ser monja ni ninfómana ni haber matado a nadie. Ni siquiera tengo que haber visto la película de Ridley Scott.

Puede que esa novela refleje alguna de las facetas del poliedro que soy yo –y cualquier hijo de perra o de vecino-, pero no ha de corresponderse miméticamente ni con mi experiencia ni con mi carácter. Sólo un psicoanalista sutil –lo imagino con la cara de Viggo Mortensen o Michael Fassbender- se atrevería a definir a la persona del novelista a través de sus libros.

Los libros del novelista son su carta astral. O a lo mejor son su máscara y la máscara es lo mismo que la piel porque, como Wilde y Vonnegut saben, hay que tener mucho cuidado con lo que uno parece ser porque uno es lo que parece. Cada vez que alguien escribe –ficción, fantasía, periodismo…- está enseñando la patita por debajo de la puerta…

A propósito de Vonnegut, estamos de celebración: la editorial La bestia equilátera acaba de publicar uno de sus textos más divertidos, Cuna de gato. En la contraportada de esta preciosa y violenta edición, unas palabras recogidas en The New York Times contradicen esa identidad entre el ser y el parecer que Vonnegut calca de Wilde: El momento de leer a Vonnegut es justo cuando se empieza a sospechar que nada es lo que parece. No solo divierte: electrocuta. Lo bueno de la literatura es que no es una ciencia exacta.

Los poetas polifónicos

Muchos lectores están dispuestos a admitir la brecha que separa al autor de sus narradores, el talante esquizofrénico e impostor del novelista. Sin embargo, con la poesía se tiende a pensar que entre voz, sujeto y autor no existe distancia. Se piensa que toda la poesía es autobiográfica y puede que todos los libros lo sean pero, mientras lo decidimos, convendría que leyéramos La poesía de la experiencia de Robert Langbaum (Comares) para detectar las polifonías del texto poético y poner en cuarentena algunos tópicos: Espronceda saca pecho en la proa de un bergantín o disfruta con la lúbrica Jarifa; Antonio Machado se concentra en el vuelo de las moscas; Miguel Hernández araña la tierra bajo la que reposan los huesos de Ramón Sijé.

Quizá tienen la culpa las ingenuas ilustraciones de los libros de lengua y la propensión a conmovernos, mientras identificamos a personas con personajes y a los personajes con nosotros mismos. Volviendo a los psicoanalistas, Freud apuntó que leemos identificándonos con héroes y antihéroes, proyectando en ellos nuestras carencias o confusiones, rechazándolos o amándolos: leemos con la pulsión de que el texto nos cure del demonio. Leemos sin salir de nosotros mismos. No sé si esa es la mejor manera de leer. O la inevitable.

Hoy voy a hablar de poetas polifónicos: son ellos mismos pero consiguen ser a la vez muchas personas. Suenan como una mano que se cae sobre las teclas de un órgano –como Isaac Rosa en La habitación oscura (Seix Barral). Son poetas a los que el psicoanalista sutil reconocería debajo de sus figuras retóricas y, sin embargo, merecen la pena por su capacidad para modular otros acentos, salir del cascarón y hablarnos de las cosas que pasan usando esas palabras que son difíciles en todos los idiomas. La cita es de Martín Rodríguez-Gaona en Madrid, línea circular (La Oficina).

Pero antes de hablar del poemario de Rodríguez-Gaona, merecedor del XXIV Premio de Poesía Cáceres, Patrimonio de la humanidad, leamos en esta Biblioteca pública Penúltimo danzante (Ediciones La Baragaña) del ovetense Fernando Menéndez.

El lector derviche

La sintaxis baila en los poemas de Fernando Menéndez. El hipérbaton es contorsión, necesidad y esfuerzo. En ese extrañamiento del lenguaje el lector se siente acogido. En ese extrañamiento de la palabra poética reside su hospitalidad: el lector forma parte del poema porque escucha las mismas voces que quien ha tomado la palabra, y comparte su baile y su distorsión.

El lector, contagiado, podría ponerse a hablar para completar las polifonías de Penúltimo danzante. Desde la revolución de la sintaxis y el replanteamiento de cuál es el punto en el que acaba el poema, Menéndez propone una sintaxis de la revolución por la que nos sentimos concernidos. Nos remite a El Homóvil de Jesús López Pacheco, una "polinovela", rescatada por Debate en 2002, donde a través de la parodia experimental del experimentalismo se plantea un trabalenguas y una verdad: en la literatura española se sustituye el lenguaje de la revolución por la revolución del lenguaje.

La palabra de Menéndez, desde su aparente complejidad, habla de cosas que nos atañen. Es voz en el tiempo: lo cotidiano, lo político, principio y fin, dentro y fuera, maternidad y muerte, la excentricidad y la inquietante posibilidad de que lo poético no sea una anomalía, sino un modo único e innegociable de entender y decir lo que ocurre. Un modo de aproximarse a lo real que ordena ese magma caótico en realidad inteligible. Una realidad que sólo puede nombrarse como se nombra en un poema en particular.

Nombrar de otro modo presupone y construye otra realidad. El lenguaje da cuenta de una necesidad: no es una opción. Si partimos de ese axioma –el lenguaje del poema no es una anomalía-, empezamos a ver de un modo diferente el poema político: la normalización del escorzo formal despolitizaría ciertos riesgos retóricos, por ejemplo, la posibilidad de una sintaxis crítica como marca de un desajuste en el mundo.

La perplejidad del lector y la calidad inasequible del texto –el escorzo de lectura que exige- ya no serían la medida de su intrepidez civil. La propuesta de Menéndez no desdeña esa contradicción que a menudo aparta la poesía de los lectores: elitismo frente a populismo, ilegibilidad frente a facilidad confortable. La paradoja de los escritores que saben que la oposición entre conocimiento y comunicación en poesía es una falacia. ¡

Por Marta Sanz/ElConfidencial

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Etiquetas: escribir una novela, Poesía, popular, Daryl Hannah, Ridley Scott, novelista, Viggo Mortensen, Michael Fassbender, ficción, fantasía, periodismo, narradores, La poesía de la experiencia, Robert Langbaum, Antonio Machado, Miguel Hernandez, poetas polifónicos, Isaac Rosa, La habitación oscura, Martín Rodríguez-Gaona, Penúltimo danzante, Fernando Menéndez, hipérbaton, El Homóvil, Jesús López Pacheco

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