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Milagros de la escritura - Ecuador Ecuador

29/01/2014

Qué distancia enorme hay entre hablar de literatura y del dinero que pueda rendir. Simon Leys, cuya lectura es una de las formas de la felicidad sobrevolando la melancolía, le dedicó tres exquisitos artículos al tema de los escritores y el dinero en su libro La felicidad de los pececillos. No lo resuelve, por suerte, sino que nos lleva de la mano por un paseo donde las paradojas quedan expuestas con provecho, al estilo de su formación oriental. Rompe ciertos mitos: recuerda que Samuel Johnson tuvo que escribir por encargo su libro Rásselas, príncipe de Abisinia. Y en otro lugar, al hablar del Pickwick de Dickens, observa que el libro surgió por un encargo editorial para acompañar el trabajo de un ilustrador que hoy nadie recuerda. En el bando opuesto están los escritores que incluso tuvieron que pagar por la impresión de sus propios libros en operaciones que resultaron comercialmente funestas: basta citar a Lautréamont y sus Cantos de Maldoror, que permanecieron años en bodega, por no hablar de los libros de Roussel, que se encargó de recordar lo exiguo de sus ventas. Pero se los sigue leyendo. Lo cierto es que se podría pensar que al lector poco importan las ventas. Hasta cierto punto: los best-sellers centran su criterio de valor en las ventas exitosas. El desencanto posterior es un asunto que luego se silencia porque ya se consumió la inflación de las expectativas. Pierre Bourdieu ha estudiado a fondo que, al adquirir un libro, no se adquiere solo el ejemplar, sino todo un capital simbólico, desde el prestigio de los autores raros que nadie lee, o que leen unos pocos elegidos, hasta quienes necesitan saberse reconocidos en masa por estar al día.

¿Qué pasa en cambio con los escritores? Obviamente, pueden querer vivir de sus libros, y más de uno registra sus ventas. Leys recuerda a Baudelaire, que sumando lo recaudado en su vida apenas llegó a unos quince mil francos, pero prudentemente nos advierte que la verdadera preocupación del poeta era la indiferencia brutal del público culto. Pero, como a Lautréamont y Roussel, se lo sigue leyendo.

A fin de cuentas, depende de cómo le va en la fiesta a cada uno. Por otra parte, está la queja de quienes no venden o vendieron mucho, y despotrican de un medio editorial perverso en el que ha incurrido nuestro tiempo. El tema da mucho de sí, incluso para quedarse callado. Cuando un escritor va a publicar su primer libro ni siquiera piensa en el dinero, sino en ver su obra publicada. A veces ni siquiera se preocupa por hacer un contrato. En esto, se han producido muchos cambios. Hasta el siglo XIX, los escritores vendían su manuscrito de por vida, o por largos periodos que podían abarcar treinta años. Hoy se ha reducido a cinco o diez años como máximo.

Quizá por las ventas se explica que en algún estudio editorial se señale que el perfil más habitual del escritor es el de quien solo llega a publicar tres libros. A lo mejor, desencantado por el poco éxito comercial, o la poca crítica, su escritura se resiente y no publica más. Pero son muchos los escritores que no terminan su trabajo con un tercer libro. Superan ese fatídico límite y siguen escribiendo contra viento y escasez.

Recuerdo en esto lo que decía Augusto Monterroso sobre los "milagros del subdesarrollo". Y lo recuerdo especialmente en España, donde no han faltado en los últimos años una serie de artículos y quejas de escritores que han visto desmoronarse el sistema de Primer Mundo en un país de agentes literarios y editores que se han vuelto más famosos que los mismos escritores. No vivían los escritores solo de sus libros, sino de una infraestructura cultural de conferencias y presentaciones y clubes de libros, en el que los ayuntamientos invertían felizmente, y a veces con demasiada alegría, un presupuesto del que ya no disponen…

Por Leonardo Valencia/ElUniverso

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Etiquetas: Augusto Monterroso, Cantos de Maldoror, Dickens, escritores, escritura, La felicidad de los pececillos, Lautréamont, Pickwick, Pierre Bourdieu, poeta, Samuel Johnson, Simon Leys

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