23/01/2014
Por su naturaleza, la literatura es una especie de juego increíble, con tendencia a las bromas y las travesuras. Los escritores se sienten frecuentemente tentados a inducir al error al lector, al fin y al cabo, cualquier obra de ficción es un intento de convencer a los lectores e incluso a sí mismo en la existencia de una realidad ficticia. Por esto, la mistificación siempre ha sido inherente a la literatura.
La mayoría de los textos antiguos fueron escritos por copistas, en el siglo XVII el científico jesuita Arduin aseguraba que realmente verdaderos, solo eran Homero, Heródoto, Ciserón, Plinio, las Sátiras de Horacio y Las Geórgicas de Virgilio, todo lo demás eran maravillosas copias del Medioevo.
Los eruditos modernos consideran que también Homero fue una falsificación, su personalidad es un invento y La Ilíada y La Odisea es el fruto de un trabajo colectivo. La Edad Media se puede considerar sin temor el siglo de oro de los mistificadores. Entonces, la misma relación de la gente hacia la literatura permitía hacer maravillosas falsificaciones, el autor no era más que el vehículo de la voluntad divina, por eso los textos ajenos se complementaban y se reescribían sin cargos de conciencia. Por supuesto que en este ambiente se puede esconder cualquier falsificación. En Europa hubo una explosión en los hallazgos literarios, se buscaban no solo los poemas perdidos de Cátulo, los dramas de Sófocles y las sátiras de Juvenal, sino también hasta los textos bíblicos.
Hay que reconocer los méritos de los literatos medievales, eran maestros en las falsificaciones y nos adornaban sus joyas genialmente. A los manuscritos se les mantenía la forma antigua, se buscaban en castillos abandonados, en viejos monasterios en circunstancias misteriosas. Muchas de estas falsificaciones se detectaron después de muchos siglos.
Por ejemplo, los italianos falsificaban excelentemente a los autores antiguos, y con la llegada de la imprenta, la tarea se simplificó sobremanera. En el año 1498, Annio da Viterbo publica en Roma una colección de Sempronius, Catón y muchos otros, los cuales, supuestamente halló en Mantua, cuando realmente él mismo los creó. El monje franciscano Guevara publicó la novela filosófica de Marco Aurelio "hallada" por él en Florencia. El libro tuvo un éxito extraordinario, pero análisis posteriores del texto descubrieron la falsificación. En el siglo XVIII, el poeta veneciano Corradino reeditó a Cátulo con sus propias composiciones.
Por Anna Fiódorova/La Voz de Rusia
Etiquetas: literatura, escritores, falsificadores, Homero, Herodoto, Ciserón, Plinio, Horacio, Las Geórgicas, Virgilio, Sátiras, Annio da Viterbo

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