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La escritura del café - México México

20/01/2014

Pensar desde un café nos da la oportunidad de, como lo diría Segovia, escribir sin ningún pudor, sin ningún temor, sin ninguna aureola y dejarnos interrumpir por charlas ajenas, hacer de la escritura un todo, sin escindir o sufrir la labor lírica, de la corporalidad mundana

Cuando vivía en casa de mis padres, mi hermano acostumbraba poner la música a alto volumen, la cual iba desde una sinfonía de "rock alternativo", hasta la desdicha de soportar melodías de Fergie. Él trabajaba así, era impresionante, hacía cálculos muy complejos con ese tipo de canciones. Aquel año, yo tenía una mezcla de sentimientos encontrados hacia mi hermano, que iban desde la admiración -por lograr concentrarse a pesar de todo-, y algo de rencor, debido a que él no atendía a mis súplicas de bajar el volumen de su música. Le era difícil entender que definitivamente no tenía una hermana tan inteligente, que pudiera estudiar y comprender lo leído, a pesar del ruido. Entonces, comencé a buscar lugares más tranquilos para estudiar, o al menos eso creí.

En esa época de incertidumbre, dispersión y nula concentración en mis estudios, me tocó visitar la FIL, el país invitado era Italia, dos cosas me atraían magnéticamente ese año: el pensar que la particularísima amargura de Leopardi fue causada por una mezcla extraña entre su patria y su vivencia interior, y en segundo lugar, que la nostalgia de un filósofo italiano, también y seguramente, fue causada más por sí mismo que por Italia. Como sea, ahí estaría aquel filósofo, dando muchas conferencias. Así que lo del dramatismo patriótico nunca lo creí, sino que era un pretexto más para ir a hablar con él en vivo y en directo.

Un día, andando con el filósofo italiano, me di cuenta que, con la vorágine de los compromisos, comidas y labor social, realmente era poco el tiempo que le quedaba para preparar sus últimas conferencias, a pesar de eso, fuimos a la presentación de un libro, sí, a otra presentación oficial, muy parecida al momento en que el Rey León exhibe a su cachorro Simba al resto de los animales de la selva, al final para eso es la FIL, para regalarle a las quinceañeras su primer vals.

Sentados y escuchando la introducción de aquel libro, de repente vi que Franco -el italiano-, sacaba una hoja, de esas que le regalaron como propaganda de alguna tienda, para comenzar a escribir en la parte limpia y literalmente ensuciarla: hacia bocetos, ponía palabras de un lado, del otro contrargumentos, escribía muchas ideas, sí, eso, ideas, el filósofo italiano había puesto en la hoja todo un esquema mental, complicadísimo, para su última charla. ¡Eso hizo!, preparó su última conferencia ahí mismo, escribía a pesar del ruido del público, del autor megalómano que presentaba su más reciente obra, y sobre todo, de mis preguntas constantes hacia él.

Pero eso no es todo, mientras un amplio mundo conceptual se tejía en aquella cuartilla, Franco atendió concienzudamente -diría también que respetuosamente, pero es imposible- al bautizo de aquel libro, sin embargo, eso no garantizaba que estuviera de acuerdo con lo expresado por el onanista autor acerca de su propia creación, Franco se pasó refutando y quejándose en voz alta de "las tonteras" expresadas por aquél. Mientras que yo muy apenas pude tan sólo escuchar al filósofo, y sobre todo, comenzar a admirarlo.

Por Julieta Lomelí Balver/Milenio

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Etiquetas: café, escribir, escritura, filósofo italiano

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