19/01/2014
Primero fue Gabriel García Márquez, a mediados del 2012. Aunque sería más exacto decir que fue su hermano, Jaime, el que dio la noticia: el colombiano ya no escribiría más, debido al imparable avance de una demencia senil. A fines del mismo año se le sumó Philip Roth, que en declaraciones a una revista francesa anunció que Némesis iba a ser su último libro. No quiero leer ni escribir más. He dedicado mi vida a la novela: estudié, enseñé, escribí y leí. Con la exclusión de casi todo lo demás. ¡Es suficiente!
. A mediados del 2013 la canadiense Alice Munro decía más o menos lo mismo: Probablemente no vuelva a escribir
(y pocos meses después le dieron el Premio Nobel de Literatura). Ahora fue un tercer Nobel, y otro autor que pasó los ochenta años, Günter Grass, el que decidió, en una entrevista periodística, abandonar la escritura. Tengo 86 años. Mi salud no me permite tomar proyectos que tardaría en realizar cinco o seis años, el tiempo necesario para investigar y escribir una novela
.
Hay escritores que no pueden dejar de escribir: a algunos se los llama grafómanos, a otros prolíficos, a otros narradores profesionales. También escritores que lo único que no pueden hacer (o no les interesa hacer), al parecer, es escribir. Otros que escriben bajo presión, o a demanda. Pero ahora debemos lidiar con una nueva categoría: la de los escritores que renuncian públicamente a escribir. Uno terminó por acostumbrarse a los retiros de los futbolistas, de los boxeadores, de los tenistas (los músicos, se sabe, no se retiran: siempre están volviendo): atletas de alto rendimiento, genios del despliegue técnico, estrellas mundiales, el retiro es la ocasión para despedirse de sus seguidores, amasar algunos miles de pesos extra, comenzar una nueva vida. Pero si el acto de escribir suele ser algo íntimo, que se realiza por lo común en silencio y soledad: ¿a quién podría interesarle la renuncia pública de un escritor?
La semana pasada el crítico Matías Serra Bradford publicó un artículo que se ocupaba de los escritores que en algún momento de su vida se hartaron de todo y buscaron abstraerse del mundo, salir de escena. Desde los típicos casos de reclusión de J.D. Salinger y Thomas Pynchon, a las misteriosas desapariciones y exilios autoimpuestos de Ambrose Bierce o Arthur Rimbaud. Ninguno de ellos se preocupó por anunciarlo en los diarios. La desaparición de un escritor tiene una taxonomía colorida: se esconde, se suicida, pierde la vida en un testimonio o un enfrentamiento, se interna en un bosque, se desconoce su paradero, abandona las letras, se abandona. En casi todos los casos legendarios se trata de ausencias desprovistas de estrategia, de pose. La desaparición tiene modos y modales
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Por Maximiliano Tomas/ La Nación
Etiquetas: Gabriel García Márquez, escritores, Philip Roth, Günter Grass, novela, Alice Munro, narradores

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