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Alberto García Miguel reflexiona sobre la obra de Jan Karski, el Holocausto y el recuerdo - España España

09/01/2014

Me gustaría establecer una reflexión sobre el papel del arte, un ladrillo más (espero que no literalmente) en la eterna reivindicación del arte como modificador del comportamiento humano o simplemente la manifestación externa de ese comportamiento. En el caso de la escritura, que es el único arte al que  pretendo acercarme como autor, la línea que separa la creación pura de la mera descripción, el Arte de la artesanía, resulta siempre de una finura casi inaprensible, hasta el punto de que la realidad de los hechos llega a carecer por completo de importancia. 

Una de mis últimas lecturas ha sido la explicación del papel de la Resistencia polaca durante la ocupación nazi por parte de uno de sus protagonistas, Jan Karski. El paseo por sus páginas ha resultado ser apasionante, asistiendo a hechos que solo pueden ser fruto de la realidad, contados con un estilo sencillo y a la vez terriblemente certero. Se le concede ser el primero en dar a conocer ante el mundo las atrocidades del ejército de Hitler y en atribuir la culpa, aunque fuese someramente, a todo el pueblo alemán, por acción o por omisión y, un poquito, al resto de potencias aliadas, que si no entraban a pararle los pies a Hitler, debía ser por desconocimiento de sus acciones. Quien en 1942, en Europa, ignorase esas acciones es que no ponía mucho de su parte.

Hay dos capítulos de los más de treinta con que cuenta la obra, en los que Jan Karski se detiene a describir la vida en el gueto de Varsovia y la manera como se ejecutaba la solución final. Nunca, en la infinidad de películas sobre el holocausto judío, he podido identificar esa manera tan cruda, tan brutal, tan espeluznante. El campo de concentración era el de Belzec, aunque en las notas se dice que tal vez fue un error y el campo era otro cercano, Sobibor o Treblinka. En cualquier caso, en aquel campo los alemanes se habían ahorrado incluso la instalación de hornos crematorios o cámaras de gas. El campo estaba en un descampado cuyos barracones estarían preparados para albergar a unas 1.500 personas. Karski afirma que el día que él se infiltró debía de haber más de 4.000. Los judíos (y también zíngaros, como dice Karski) que pasaban unos tres o cuatro días en el campo, no habían recibido ningún tipo de agua o comida durante ese tiempo. Algunos cadáveres se repartían entre el fango. De repente, a cierta hora de la mañana, el comandante del campo reclamaba mediante la estridente megafonía a los judíos que se aprestaran a subir al tren, al que se accedía por un pasillo entre la alambrada, custodiado por diferentes guardias y perros. A parte de las palabras, que prometían un traslado a un campo en mejores condiciones, también se realizaban disparos, que al ser lanzados hacia la multitud, siempre encontraban carne donde morder y la azotaban como si de una marea humana se tratase. Los judíos se amontonaban y se apretaban, corrían por el pasillo hasta llegar a las puertas del tren, donde los alemanes les volvían a disparar para que refrenasen en cierta medida sus ansias y nadie se fugase. Los vagones, con una capacidad para unas 40 personas de pie, llegarían a albergar entre 120 y 130. El proceso duraba horas, puesto que el tren era el más grande que Karski había contemplado jamás, con más de 50 vagones. El número de víctimas resulta aterrador si uno se pone a multiplicar. Por vagones, por días, por meses, por años... Las puertas se cerraban entonces sobre los miembros de los que habían subido los últimos. Afuera, decenas de víctimas yacían inertes, a medio camino del convoy letal, por disparos, por asfixia o pisotones, por debilidad acumulada.

Alberto García es colaborador de Tregolam y en el servicio de Coescritores

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Etiquetas: Alberto García, Holocausto, Jan Karski, servicio de coescritura

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