01/01/2014
A unos días de la publicación de su nueva novela, La trabajadora (PRH), una de las escritoras con más proyección de las letras desvela una de las claves de su éxito: la sinceridad. Navarro nació en Huelva en 1978, vive en Madrid. Es autora de los libros La ciudad en invierno y La ciudad feliz (XXV Premio Jaén de Novela). En 2010 fue incluida en la lista de los 22 mejores narradores en lengua española menores de 35 años de la revista Granta. Con la nueva publicación, Elvira Navarro mantiene su línea de trabajo sobre la tortura de un sistema inflexible con el recorte de las libertades del individuo. Una adelantada a estos tiempos.
Muchos novelistas jamás han sido cuentistas (lo que a su vez desbarata otro tópico: que escribir cuentos es más fácil que escribir novelas). Además, el cuento y la novela son universos distintos, con lógicas a veces antagónicas. Meterlos en el mismo saco nos condena a que las novelas sean cuentos alargados y a que los cuentos sean novelas comprimidas.
Como cualquier otra forma de ficción, la mayor parte de las novelas tienen su razón de ser en conflictos, y está en su naturaleza el recorrerlos de forma más o menos exhaustiva. El narrador y los personajes afrontan dilemas éticos ante los que ensayan respuestas que dan pie a no pocas decisiones y digresiones.
Dejando a un lado que el socorrido eslogan de lanzar preguntas pero no ofrecer nunca respuestas, y que parece darle puntos a quien lo convoca, se enuncia desde una posición que implica una idea sobre lo literario (y por tanto una respuesta), si convenimos en lo dicho unas líneas más arriba de que toda novela maneja pensamientos y decisiones del narrador y los personajes, ¿cómo negar que ahí no hay respuestas, aunque no sean definitivas? ¿Qué es pensar, sino moverse entre tentativas de respuesta? ¿Y cómo dialogamos los lectores con un libro, sino confrontando nuestras respuestas a las suyas?
Pensemos por ejemplo en Crimen y castigo, de Dostoievski. En el inicio de la novela nos encontramos con el estudiante Raskólnikov, que decide matar a una vieja usurera. Raskólnikov está convencido de que su acto es bueno: las viejas usureras no hacen ningún bien a la humanidad. ¿No es esto una respuesta? Una vez cometido el crimen, el miserable estudiante empieza a dudar de la bondad de su acto. La duda es fruto de no estar seguro de su anterior respuesta porque quizá la respuesta adecuada sea otra. Y así. Además, Crimen y castigo termina siendo un alegato del cristianismo. Sin embargo, nadie discute que esta obra es una de las cumbres de la literatura. ¿Acaso Dostoievski sólo jugaba? Sabemos bien que no, que lo que buscaba era, sí, dar un mensaje. ¿Y sonaba panfletario? Tampoco. ¡Santo cielo!, ¿cómo puede ser eso?
El escritor a veces sabe hacia dónde va, y otras no tiene más que intuiciones vagas.
Mientras caminas no te paras a reflexionar qué pierna debes adelantar. El tono y el punto de vista son las piernas de una narración: cuando ésta arranca, ya están dados. De lo contrario, no arrancaría. No quiero decir que las ficciones se desarrollen sin que el autor decida nada, pero sí que éstas no suelen presentarse como meras abstracciones. Lo habitual es empezar porque se tiene algo escrito, quizás nimio, pero emitido desde un lugar y con una intención que son su razón de ser.
No existe un lector, sino muchos tipos de lectores con gustos e ideas contrapuestas sobre lo literario. Por otra parte, estar pensando en un tipo determinado de lector, o en varios, para gustarles o disgustarles conduce a castrar lo que se escribe.
Por Elvira Navarro/El Confidencial
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