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Todas las personas son narraciones - Argentina Argentina

01/01/2014

Memorias. La vida familiar a veces se convierte en el relato personal que explica los orígenes y justifica el presente, allí anidan historias que pueden ser asombrosas y esclarecedoras.

En mi infancia y adolescencia tuve la fortuna de compartir mucho tiempo con mi abuela Angelina y con sus hermanas, Sofía y Alicia, pioneras santacruceñas de principio del siglo pasado que, en largas tardes de mates y tortas fritas a orillas del lago Cardiel, me introdujeron en el arte de la narración. Mi abuela y mis tías narraban con la urgencia y la regularidad con que se come o respira, pero a ese ritmo lento de la meseta patagónica en que cada orador termina su frase sin interrupción y da pie al siguiente con un silencio respetado por todos. De ellas escuché historias sobre las huelgas rurales de los años veinte, sobre cómo su madre –mi bisabuela– trataba las enfermedades de sus hijos con el libro El doctor en el hogar traído desde Asturias, sobre cómo calcaban en papel manteca los diseños que el hielo trazaba en las ventanas para bordarlos después con hilos de colores. Eran mujeres de risa fácil y voces potentes –forjadas quizá en esa competencia feroz contra el fragor del viento–, que describían con maestría personajes insólitos, detalles insospechados, paisajes asombrosos. Y con un lenguaje maravilloso, a pesar de contar con solo cuatro años de instrucción primaria.

Eran mujeres que habían conocido de cerca la escasez, la brutalidad del clima y del trabajo duro, habían sufrido incendios y bancarrotas, sobrevivido a maridos e incluso hijos, pero nunca centraron sus narraciones en carencias o adversidades. Ellas contaban historias completas, no dejaban afuera pormenores, ni fragmentos cómicos, no se olvidaban de ninguna pincelada, y eso las convertía en una narración mucho más grande que las desdichas que hubieran tenido que sobrellevar.

Entre esas visitas a mi abuela y a mis tías durante los veranos patagónicos, el resto de mi vida estuvo marcado por sucesos menos agradables: muertes a destiempo, enfermos irrecuperables, ausencias y mudanzas tan repentinas como traumáticas. Mi familia estuvo sujeta a un bombardeo constante, donde el sonido de un impacto no alcanzaba a callar antes de que detonara el siguiente. Entrado en mis veinte años, la única historia que yo podía contar era la de una víctima de un pequeño holocausto, de un tsunami vernáculo, dañada e inevitablemente signada por el mismo destino funesto.

Hace unos diez años, cuando comencé a escribir, aunque hacía tiempo que las bombas habían cesado de caer, fue inevitable que esos primeros sucesos –travestidos o mutados– se colaran en mis ficciones. Y en ese proceso de volver a narrar, a narrarme, y siguiendo la escuela de mis tres grandes maestras, comencé a redescubrir voces que habían sido tapadas por la bulla del bombardeo, personajes que habían quedado olvidados, las sutilezas ocultas por los resplandores del fuego…

Por Fabian Martinez/RevistaÑ

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Etiquetas: vida familiar, narraciones, historias

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