01/01/2014
La posibilidad de llevar en los 300 gramos de un e-reader más libros que los que uno es capaz de leer en la vida, contra el peso material de los libros de papel.
No diría aún que soy viejo. Pero ya hace tiempo que no soy joven. Estoy entre los que empezaron a escribir las primeras letras en el jardín de infantes con lápiz y siguieron en la primaria primero con plumín y luego con lapicera fuente. Tintenkuli, Sheaffer, Parker, son nombres que añoro como el papel secante y el olor a tinta. Viví fuera del país seis años en los que escribí miles de cartas y esperé cada día una respuesta deslizándose por debajo de la puerta.
Quiero decir: conozco la belleza del papel. Y no encuentro ninguna en lo digital. Pero hace meses compré un lector electrónico. Y adiós a los libros. Sostener el peso de una novela de, digamos, 400 páginas ya no es un ejercicio que me parezca tolerable hacer en la cama antes de dormir. Los ángulos y los bordes se sienten incómodos en la mano y el esfuerzo de mantenerla suficientemente abierta para que sea legible me acerca al calambre. Ni hablar de la cantidad ridícula de espacio que ocupan los libros.
Por Eduardo Villar/RevistaÑ
Etiquetas: e-reader, Tintenkuli, Sheaffer, Parker, lector electrónico

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