15/12/2013
Las memorias políticas y las novelas pseudo eróticas abarrotaron las novedades, pero dos géneros intentaron imponerse dignamente, la novela y el ensayo, e incluso un tercero: el relato. Rafael Chirbes regresó tras seis años de silencio. Jesús Carrasco y su Intemperie entraron como revelación en el mundo editorial. Muñoz Molina hizo temblar con Todo lo que era sólido y Salinger regresó del más allá. ¿Qué recordar de este 2013?
Los últimos meses de 2013 sufrieron el constipado de las memorias políticas: Una página difícil de arrancar, de Alfonso Guerra; El dilema, de José Luis Rodríguez Zapatero; Recuerdos, de Pedro Solbes –viceministro económico de Zapatero, con quien tuvo ajuste de cuentas en sus páginas-; la segunda parte de las memorias de José María Aznar… Todavía con el agua removida por el efecto 50 sombras de Grey, toca plantear un repaso a los libros que lograron abrirse paso este 2013 con dignidad y contenido literario en medio de una montaña de dudosas novedades. Y aunque toda generalización es tan peligrosa como ineficaz y arbitraria -se quedan cosas fuera, siempre-, valdría la pena volver sobre lo leído y preguntarse cuáles fueron los rasgos más nítidos o los títulos más sólidos en un 2013 no especialmente bueno para la industria editorial, cuyo mercado sigue cayendo a pesar de las innumerables novedades.
Dos géneros literarios destacaron en las apuestas de los editores. Hay que decirlo: suelen ser los que acaparan las apuestas editoriales, pero este año todavía con más fuerza, quizá porque con ellos es posible sujetar la realidad para explicarla o entenderla. Se trata de la novela y el ensayo. Antes de entrar en harina, toca -eso sí- un repaso por los libros de relato publicados durante este año. Ha habido muchos y muy buenos. Y aunque es cierto que el cuento ha quedado relegado en número no así en calidad, como lo demostraron la edición que hizo RBA de dos volúmenes: los cuentos completos de Dashiell Hammett, Disparos en la noche, que reúne los 80 relatos del padre de la novela negra norteamericana, así como la publicación de los Cuentos completos de James Graham Ballard, un trabajo de 1400 páginas basado en la edición inglesa The Complete Stories of J. G. Ballard, publicada por W. W. Norton & Company.
Muchos otros títulos dieron brillo al relato este 2013. Todos los crímenes se cometen por amor (Salto de página), de Luisgé Martín; lo que podrían ser los relatos largos o las novelas cortas de Mircea Cartarescu en Nostalgia (Impedimenta); Técnicas de iluminación, de Eloy Tizón (Páginas de Espuma); Una manada de Ñus, de Juan Bonilla (Pretextos) o El vino de la juventud (Anagrama), que reúne los trece relatos que John Fante publicó en 1940 con el título de Dago red. El año comenzó pronto para el género –Patricio Pron publicó La vida interior de las plantas de interior (Mondadori) apenas en enero- y terminó, casi, en fanfarria con la publicación de dos volúmenes -bastante irregulares- de relatos escritos por autores noveles: Última temporada, de Lengua de Trapo, y Bajo 30, editada por Salto de Página. El Premio Nobel a Alice Munro -destacadísima por el relato- llegó acaso muy próximo al final, pero a tiempo para reimpresiones y ediciones.
Otros títulos dedicados al cuento hicieron su aparición: Cada cual y lo extraño (Destino), del gaditano Felipe Benítez Reyes, quien propone una colección de 12 cuentos entrelazados como si de un almanaque se tratara; también La mujer que vigila los Vermeer (Pretextos), de José María Conget. Hace apenas unas semanas, Páginas de Espuma ha sacado a la calle la primera entrega de un ambicioso proyecto. Se trata de los Cuentos completos de Anton P. Chéjov, que reunirá los más de 600 cuentos -muchos de ellos sin editar en español-, junto a aquellos relatos no publicados o inconclusos en vida del autor. La publicación se llevará a cabo en 4 tomos de 1200 páginas cada uno, publicados a razón de uno al año (2013 a 2016). La edición, dirigida por Paul Viejo, especialista en literatura rusa y escritor, ya cuenta con su primer volumen, 1880-1885, que incluye la producción inicial de Chéjov y en sus casi 1200 páginas reúne un total de 240 cuentos, presentados en orden cronológico, desde el primero publicado por el autor Carta a un vecino erudito hasta Un drama de caza, que abrirá el siguiente, con muchísimos cuentos publicados en libro por primera vez en nuestra lengua.
Volvamos a los géneros citados. En lo que a novela se refiere hubo títulos significativos, no sólo por quienes los has escrito o los aniversarios que llegaron a acumularse –este 2013 Rayuela cumplía 50 años y Obabakoak, de Axtaga, 25-, sino por el tono con el que muchos narradores se acercaron a la ficción: acaso con un énfasis marcado por la realidad -española y europea- tuvo un testimonio temprano en las páginas de En la orilla (Anagrama, 2013), de Rafael Chirbes y que continuó como rasgo –con otros matices- a lo largo del año en autores como Marta Sanz con Daniela Astor y la caja negra (Anagrama) o Isaac Rosa con La habitación oscura (Seix Barral). Tiempo de encierro (Lengua de Trapo), de Doménico Chiappe, también se metió en el oscuro pasillo de los días que corren. Sin embargo, En la orilla fue una de las primeras. En ella, Chirbes cuenta la historia de Esteban, un hombre que se ha visto obligado a cerrar una carpintería que vivió del esplendor de la construcción y se descubre de pronto vacío y despojado, con un padre enfermo y rodeado por la ruina que toca a su puerta con la insistencia de una derrota.
Uno de los nombres más sonados de este año fue el de Jesús Carrasco, quien con su primera novela, Intemperie, sorprendió a lectores y críticos. En ella, el novelista extremeño narra la huida de un niño a través de un país castigado por la sequía y gobernado por la violencia. La crítica le comparó con Delibes, Hernan Rivera Letelier o José Donoso y conquistó el premio que conceden los libreros al título del año, dejando como finalistas al mismísimo Chirbes; a Julio Llamazares con Las lágrimas de San Lorenzo (Alfaguara); a Rosa Montero con La ridícula idea de no volver a verte (Seix Barral) y a Delphine de Vigan con Nada se opone a la noche (Anagrama).
También con una primera novela, Lara Moreno se abrió un espacio importante. En Por si se va la luz, editada por Lumen, Moreno narra en dos partes, invierno y verano, sin el otoño ni la primavera, la historia de dos personajes, una pareja de urbanitas: Martín, un investigador atormentado por la extinción de los recursos y el medio ambiente, y Nadia, una artista frágil y melancólica. Ambos deciden romper con todo y con su forma de vida, llena de necesidades materiales. Para este propósito, ayudados por una organización que se encarga de repoblar lugares rurales, se marchan a un lugar lejano con luz eléctrica y poco más, en donde solo habitan tres personajes. Recientemente publicada, Entresuelo (Mondadori), de Daniel Gascón, también se abrió paso: una primera vez, una novela iniciática, una historia propia convertida en colectiva.
Hubo también apuestas de una belleza y complejidad magníficas, como Prohibido entrar sin pantalones (Seix Barral), de Juan Bonilla, una novela que aprovecha la vida del poeta futurista Vladimir Maiakovski para fundir, en un mismo artefacto, dos géneros: la novela y el poemario. Y no porque el libro formalmente explotara lo poético, sino porque consiguió hinchar la prosa de la sustancia de Maiakovski. La publicación coincidió justamente con los 120 años del nacimiento del poeta, que se celebró el 19 de abril. Rara y magnífica apuesta –aunque de otro tipo- fue la reciente edición que hizo Galaxia Gutenberg de Mapa dibujado por un espía un manuscrito que durante años permaneció guardado dentro de un sobre y en el que el autor de Guillermo Cabrera Infante narra el viaje a La Habana, en 1965, en el que comenzaría una demolición política y personal. En sus páginas brota un Cabrera Infante desconocido, sin retruécanos ni juegos, fibroso y personal. El también cubano Leonardo Padura ha publicado este 2013 la que muchos consideran su mejor novela. Se trata de Herejes (Tusquets), que fusiona el género policiaco e histórico en lo que, para muchos, es una historia del dolor, la pena y el desarraigo.
Otras novelas cobraron terrible celebridad en 2013 gracias a las malas críticas cosechadas, entre ellas, La infancia de Jesús, del premio Nobel J.M Coetzee. Aunque se publicó en marzo, no llegó a España hasta otoño. Se trata de una historia en la que muchos encontraron a un Coetzee afónico –como Joyce Carol Oates, publicó en The New York Times que se trataba de un libro de prosa llana y simple- y en la que el novelista narra una extraña y árida travesía: la que llevan a cabo un hombre, Simon, y un niño, en un mundo sin recuerdos, en el que impera la desmemoria voluntaria. Buscan a la madre del chico, pero –acaso también- el lugar en un mundo borrado en el que El Quijote actúa como raro hilo conductor. Hubo regresos grises, quizá demasiado cenizos, como el del Premio Nobel Mario Vargas Llosa con El héroe discreto (Alfaguara), en el que el peruano narra la historia paralela de dos personajes: el ordenado y entrañable Felícito Yanaqué, un pequeño empresario de Piura, que es extorsionado; y de Ismael Carrera, un exitoso hombre de negocios, dueño de una aseguradora en Lima, quien urde una sorpresiva venganza contra sus dos hijos holgazanes que quisieron verlo muerto.
Dos novelas especialmente potentes vieron luz editorial en España este 2013: El Condotiero (Anagrama, 2013), de Georges Perec; Limónov (Anagrama) de Emmanuel Carrère y 14 (Anagrama), de Jean Echenoz. En la primera Gaspard Winckler, un personaje que aparece varias veces y reincide en la obra de Georges Perec, dedica meses a pintar un Condotiero falso, una copia perfecta que no tiene nada que envidiar al expuesto en el Louvre que pintara Antonello da Messina en 1475. Pero Gaspard no es más que el simple ejecutor de las órdenes de Anatole Madera. Y, como en una novela policíaca, la primera página del libro se abre con el asesinato de Madera por Winckler. En una búsqueda de lo verdadero a través de la falsificación, el escritor Georges Perec ofrece al lector la que fuera, según él, la primera novela que consiguió escribir.
Limónov, de Carrère se adentra en la peripecia vital del desmesurado poeta y disidente ruso Eduard Limónov, un personaje que le ha permitido escribir tanto una obra de aventuras y picaresca como un retrato del comunismo y el poscomunismo. Apostando de nuevo por una novela de no ficción, el autor de El adversario regresa a Rusia, un país por el que siente cierta predilección tanto por sus orígenes familiares -su madre proviene de allí- como por ser "fuente de inspiración" y querer "ir más allá de los clichés". La novela ha sido galardonada en Francia con el Prix des Prix 2011, el Renaudot y el Premio de la Lengua.
Por Karina Sainz Borgo / VozPópuli
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