11/12/2013
Hace poco leí un libro titulado "La Creación", del químico inglés Peter Atkins. El autor defiende en él que esta es resultado de un constante desprendimiento de energía capaz de hacer reaccionar átomos entre sí para que den lugar primero a moléculas y después a estructuras más complejas: por ejemplo, un elefante o un ser humano.
Lo interesante y original de su argumento es que esta evolución es casual, azarosa, y no responde a finalidades u objetivos últimos. En síntesis, la corriente de energía favorece la aparición de nuevas formas siempre y cuando se encuentre en su camino con átomos dispuestos a ser trasladados, transformados; no tiene ni principio ni fin y su dirección es caótica. La energía por sí misma es solo dispersióny caos hasta que encuentra una estructura en la que afianzarse y convertirse en motor de nuevas creaciones.
Escribir es, sin duda, una de las formas más comunes que adopta la energía para desprenderse y también una de las que con más frecuencia se desvanece en un caos de ideas, palabras y acontecimientos. Desbocada en todas direcciones avanza la corriente, como un optimista impulso para dar forma, color y personalidad a mundos y personajes que hasta entonces no existían.
Desde el punto de vista del escritor es fácil que esa fuerza creadora que aportan las musas –en realidad la energía desprendida por la voluntad de escribir- se pierda después de iniciar una buena historia o tras la personalidad incompleta de un personaje. Sin previo aviso, aquello que estaba tan claro ha desaparecido y el escritor se ve envuelto, de nuevo, en una maraña caótica: las palabras ya no hacen avanzar la historia sino que la desdibujan hasta hacerla, incluso, ilegible.Para evitar esto, una solución efectiva es poseer una estructura previa adonde conducir toda esta energía.
A nivel molecular, esta estructura es resultado también de la casual reunión de átomos y no forma parte de un premeditado plan de la creación; pero cada uno de nosotros, un conjunto de células sofisticado y reflexivo, estamos capacitados para prever el desarrollo de la creación literaria y no malgastar inútilmente nuestras fuerzas. Por suerte, no tenemos que esperar a que la estructura surja del propio texto como por arte de magia, más aún si no somos creadores experimentados.
Por fortuna, los escritores neófitos en la causa común de la literatura tienen la opción de contar con la ayuda de veteranos escritores que participarán en la construcción de su esqueleto literario. Estos expertos, que han sido protagonistas de multitud de procesos creativos, son capaces de señalar los lugares más importantes del mapa de nuestra novela, identificar los átomos que harán avanzar la historia y de establecer la estructura idónea que, aunque estaba allí desde el principio del proceso creativo, el escritor que comienza no ha podido ver.
Incluso si toda la energía se hubiera agotado justo después de llegar al punto final de la historia, es posible que una revisión de la estructura sea capaz de revelar aquellos puntos débiles, aquellas puertas y ventanas mal encajadaspor las que se escapan los átomos delquizás atolondrado universo creado por el escritor. Pudiera entonces ser que, tras la revisión, tenga por tanto el escritor que introducir cambios con la finalidad de que todo el sistema de su novela no se vea debilitado por la presencia de escapes de energía y para que toda palabra, todo acontecimiento, sea felizmente motor efectivo de la creación.
Noveles y no tan noveles, todos los escritores desean contar una buena historia. De la misma manera en que la configuración actual de la materia del mundo es resultado de una evolución de miles de años, de la repetición y mejora continua de estructuras capaces de impulsar los microscópicos átomos hacia nuevos horizontes, la historia deberá ser reescrita, evaluada y reordenada una y otra vez para que alcance su pleno desarrollo, su máxima expansión.
Si queremos que los acontecimientos se desarrollen en la dirección correcta, si queremos que el mundo resultado de nuestra imaginación sea rico en matices y que nuestros personajes adquieran una vida propia,quizá necesitemos la ayuda de quién ha creado mundos como el nuestro y conoce las estructuras que mejor funcionan a la hora de insuflar vida a una historia para que, cuando la energía se disuelva, el resultado sea un cosmos ordenado y no un caos molecular de palabras. Y también, quizá necesitemos del experto en analizar obras terminadas, de aquel que está formado para observar las obras literarias como un todo.
La energía por sí sola genera caos pero cuando encuentra su cauce es capaz de crear belleza. Incluso literaria.
Santiago Mazarrasa, colaborador de Tregolam
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Etiquetas: caos molecular, novela, Santiago Mazarrasa

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