11/12/2013
Cuando uno es niño y quiere ser escritor, escribe con entusiasmo, deprisa y utiliza las palabras más a mano. Después, uno crece, y escribir se vuelve complicado.
Tengo cuarenta y cuatro años, y desde la primera redacción a los once que hizo reír a la clase —era la intención— hasta ahora, he practicado todos los defectos de la escritura tanto como aficionado como profesional. Sólo unos pocos "trabajadores de la palabra" (novelistas, guionistas, periodistas, blogueros) tienen la disciplina, el talento y la capacidad de observación necesarias para pasar de un estadio a otro, o incluso saltar etapas, de manera que pueden escribir con veintipocos años igual que otros a los cincuenta. (En mi caso se trata de un viaje con un comienzo lento).
Cuando uno es niño y quiere ser escritor, escribe con entusiasmo, deprisa y utiliza las palabras más a mano:
Marta tendía la ropa en la azotea, miró al sol y cerró los ojos. Su madre la llamó para comer. Pero ella no quería bajar porque estaba a gusto en la azotea.
Cuando uno es niño no repara si repite palabras, si las frases son cortas o son largas. Los defectos —por llamarlo de alguna manera— del niño escritor son la ingenuidad, mencionar lo obvio y la falta de palabras para poner nombre a un mundo que está recién descubriendo.
Cuando uno es adolescente y aún quiere ser escritor, corre el peligro de caer en el rebuscamiento:
La blonda Marta tendía con una expresión patibularia. Abominaba los quehaceres diarios. Ahíta y con las puntas de sus delicados dedos ateridos por el empapamiento de las prendas, se detuvo a media faena y alzó la mirada a la bóveda celeste. Contempló el astro rey que despedía de manera insultante su dorada luz, pero retenía con egoísmo su calor en un desapacible otoño. Marta exhaló un suspiro propio de una dama decimonónica. Entornó los ojos quedamente…
El escritor adolescente piensa que necesita palabras difíciles, disfrazar las frases sencillas, y utilizar expresiones trasnochadas que no remiten a la propia experiencia. Nadie muere, fenece; nadie llora, plañe; el blanco no existe, es níveo.
Cuando el escritor adolescente se hace adulto, corre el riesgo de añadir al rebuscamiento, la pedantería:
Marta tendía con una expresión patibularia, ajena a los ruidos de su alrededor. Había puesto en su walkman el Concerto grosso nº 10 la menor, op. 6, n° 4 de Haendel. Sólo así podía soportar las tareas rutinarias.
Los personajes cuando hablan hacen referencias a Kierkegaard, Nietzsche o Piotr Kropotkin —depende de la ideología o intenciones del autor—. Es una escritura cobarde. El rebuscamiento, las citas oscuras, los pensamientos ajenos, en apariencia profundos, funcionan como un escudo. Detrás, la fragilidad. Es difícil escribir algo que merezca la pena si uno tiene miedo a desnudarse o a que le apedreen en el pueblo.
Con el tiempo, el escritor adulto y pedante que uno fue comprende —a fuerza de lecturas— que la sencillez es la mejor estrategia creativa (ahorra esfuerzos), y hace posible que "el mensaje" llegue a los demás con facilidad. Pero esto no significa que los miedos hayan desaparecido.
Por Javier Meléndez Martín/Yorokobu.es
Etiquetas: escribir, Kierkegaard, Nietzsche, Piotr Kropotkin, escritor, escribe, Novelistas, guionistas, periodistas, blogueros, redacción, frases sencillas, estrategia creativa

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