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¿Qué beben los escritores cuando conversan? - España España

06/12/2013

Sobre el tema se han escrito no pocas líneas. Pero qué pasaría si pudiésemos sofisticar las opciones: plantear la ficción incluso en lo que a vinos respecta. Hemos escogido a un grupo de escritores y les hemos pedido que escogiesen un caldo, un autor -vivo o muerto- y una conversación. He aquí el resultado.

No pueden ser más distintos entre sí. Sus edades no son las mismas, mucho menos sus preocupaciones literarias o sus lugares de nacimiento. Y justamente por eso, por lo diferentes que son los unos de los otros, hemos propuesto a un grupo de autores un tema que uniese vinos, literatura y conversación, sea esta última real o producto de la imaginación. El asunto, en principio, parecía sencillo: ¿Qué vino bebería un escritor si pudiese invitar a otro -vivo o muerto- una copa? ¿De qué hablarían? La idea –reposada entre sorbo y sorbo de Oporto y a veces de Spanish White Guerrilla Albariño- ha terminado en heterogénea bitácora de caldos, autores y hasta relatos breves.

Eduardo Lago. Vive en Nueva York desde hace 26 años. Es escritor; traductor de autores como Henry James, Sylvia Plath o John Barth; también crítico literario y miembro de La Orden del Finnegans. En 2006 ganó el premio Nadal con su novela Llámame Brooklyn y este año ha publicado con la editorial Malpaso su novela Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee. Y aunque pensamos que su autor escogido para compartir una copa sería Nabokov, nos equivocamos. He aquí la prueba: El vino sería un Hiru tres racimos, de la bodega Luis Cañas, de La Rioja. Y me gustaría beberlo con David Markson, que murió hace poco, pero las instrucciones dicen que puede ser para conversar con un muerto. No conozco mejor definición de la lectura. Anoche terminé La soledad del lector, de Markson. El día que lo empecé recibí un correo de Enrique Vila-Matas recomendándomelo, y le señalé la coincidencia. De todos modos, el mejor libro de Markson es La amante de Wittgenstein. Tengo dos ejemplares, en Dalkey Archive Press. David Foster Wallace escribió un brillantísimo ensayo sobre ese libro, que aparece reproducido en la recopilación póstuma En cuerpo y en lo otro, y se titula algo así como La plenitud del vacío (Foster lo titula en latín, en el original). El vino, advierte Lago, es un misterio insondable. Guarda una relación muy íntima con el misterio poético. Me fascina hablar de vino, buscar nuevas marcas. Hace un año, durante una fiesta en la plaza de toros de Ronda, organizada por la Real Maestranza, después de beber lo que se me antojó me planteé la idea de no beber. Era un experimento. Lo interrumpí durante la presentación de mi novela en España, porque no beber en una circunstancia así, de presentaciones, es imposible. Y ahora he vuelto a no beber, tras haber bebido bastante siempre, con gran placer. Es raro hablar sin vino por medio con otro escritor. Una buena posibilidad sería, aparte de con un muerto Markson, hacerlo con un abstemio, como Vila-Matas. En ambos casos dejaría la botella sin tocar. Con Markson hablaría de su obsesión por el suicidio. Con Vila-Matas hablaría de Markson.

Marta Sanz. Es una de las voces más potentes del panorama literario español. Así lo ha demostrado en libros como El frío, Lenguas muertas, Los mejores tiempos (Premio Ojo Crítico 2001), Animales domésticos, Susana y los viejos -finalista del Premio Nadal en 2006- o Lección de anatomía (2008). Escritora en todos los registros –novela, poesía, relato-, comenzó una serie de novela negra entre las que cuentan l Black, Black, Black (Anagrama, 2010) y Un buen detective no se casa jamás (Anagrama, 2012). Este año publicó Daniela Astor y la caja negra (Anagrama, 2013), un libro que narra las costuras de las musas del destape. Sobre vino y literatura, Sanz lo lleva muy claro. Me tomaría cualquier tintorro peleón y denso, de esos que amoratan la lengua y ponen negros los labios, con Benito Pérez Galdós. Acodados en la barra de una taberna madrileña, hablaríamos, por ejemplo, de la sexualidad de sus personajes femeninos.

Marcos Giralt. Este escritor madrileño saltó a la palestra muy pronto con su libro de relatos Entiéndanme (1995). Apenas cuatro años después ganó el Premio Herralde con París, novela a la que siguió Los seres felices (2005). Su libro Tiempo de vida (Anagrama, 2011), una obra magnífica en la que narra la relación con su padre, recibió el Premio Nacional de Narrativa. Ese mismo año, el libro de relatos El final del amor (2011), fue galardonado con el Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero. Autor de una obra intimista, urdida con una prosa elegante e inteligente, Giralt es, también, miembro de La Orden del Finnegans, de la que forma parte junto a Eduardo Lago, Malcolm Otero Barral, Enrique Vila Matas, José Antonio Garriga Vela, Antonio Soler, Jordi Soler y Emiliano Monge. Sobre vinos y conversaciones, Giralt se ha mostrado –acaso- algo más afrancesado, aunque por una razón muy concreta: Escogería un burdeos Petrus con Samuel Beckett. Para oírlo hablar sobre lo que él quisiera o simplemente guardar silencio. El silencio, en sí mismo, podría ser también un tema. Lo de que sea un vino francés no es por despreciar los españoles. Es sólo por no hacer venir a Beckett hasta aquí desde el más allá. Mejor citarlo en un café de Montparnasse cercano a su antigua casa parisina.

Juan Carlos Méndez Guédez. Es tan guaro como castizo. Nacido en Barquisimeto, en Venezuela, vive desde hace más de 20 años en Madrid. El desarraigo, el viaje, el amor, los sentimientos y la memoria forman parte de una obra que incluye los libros de cuentos Hasta luego, míster Salinger (Páginas de Espuma), Tan nítido en el recuerdo, La Ciudad de Arena e Historias del edificio. Como novelista ha publicado Arena Negra (2013), Chulapos Mambo (2012, Tal vez la lluvia (Premio internacional Ciudad de Barbastro), Una tarde con campanas, Árbol de luna, Retrato de Abel con isla volcánica al fondo y de El libro de Esther. En 2014 publicará con la editorial Siruela su próxima novela Los maletines. Se ha decantado el escritor por dos elecciones embriagadoras, entrañables pero no inofensivas, quizás por esa dulce resaca que dejan en -la boca y el corazón- los poetas y, acaso, los caldos andaluces. Escogería un fino. Me gusta su sabor contundente y seco, como una piedra gélida que ha caído a la tierra volando desde el sol y que se ha enfriado en el aire. Y bebería ese fino con Rafael Cadenas, el gran poeta hispanoamericano cuya obra es una continua mutación de la sensorialidad, de la inteligencia, del adelgazamiento del lenguaje en la búsqueda del misterio más próximo que tiene la vida cotidiana. Y el tema de conversación para mí sería las lecturas de narrativa que hace un poeta. ¿Qué lee el mejor poeta vivo de la lengua española? ¿Qué narradores lee Rafael Cadenas?.

Fernando Iwasaki. Es peruano de nacimiento, japonés de origen y sevillano de facto (está casado desde hace veinticinco años con una sevillana). Además de escritor, historiador, investigador, docente y filólogo, es director de una fundación de arte flamenco, además de alguien dotado con un afilado y potentísimo sentido del humor y la ironía. Su primer libro de cuentos fue Tres noches de corbata (Ediciones Ave, 1987), a ese siguieron, entre otros Un milagro informal, (Alfaguara, 2003), Helarte de amar (Páginas de Espuma, 2006) y el comentadísimo España, aparta de mí estos premios (Páginas de Espuma, 2009). Suyas son también las novelas Libro de mal amor (RBA, 2001) y Neguijón (Alfaguara, 2005) así como los ensayos Mario Vargas Llosa, entre la libertad y el infierno (Estelar, 1992), Mi poncho es un kimono flamenco (2005); Yerbamala Cartonera (2007) y Nabokovia Peruviana, La Isla de Siltolá (Sevilla, 2011). Tiene también libros de crónicas como El sentimiento trágico de la Liga (1995), La caja de pan duro (2000), Sevilla, sin mapa (2010) y Una declaración de humor (2012). Al preguntarle por cuál sería su vino y su personaje, Iwasaki ha repartido copas para varios bebedores: Me haría ilusión beberme un Amontillado Carlos VII –envejecido bajo velo de flor en las bodegas Alvear- con el Inca Garcilaso de la Vega (Cusco, 1539- Córdoba, 1616), autor de los Comentarios Reales de los Incas (1609) y vecino de Montilla durante más de treinta años, con quien sería fascinante hablar del Cusco de los Incas, de la Montilla de Cervantes y de la Córdoba de Góngora. Montilla era tierra de vinos desde los tiempos de los romanos y sería interesante saber qué pensaría un conocedor de los vinos montillanos del siglo XVI de los Montilla-Moriles del siglo XXI. Si quedara un poquito de amontillado le invitaría una copa a Edgar Allan Poe, para pedirle que agregara el nombre de Montilla a su célebre cuento El tonel de amontillado y así hacerle al menos justicia literaria a los vinos de Montilla, pues la denominación de origen amontillado le pertenece a Jerez.

Jordi Soler. Después de su aclamada trilogía sobre la guerra civil, el escritor Jordi Soler volvió a las estanterías hace apenas unos meses con un libro en el que retomó la senda de humor que ya había comenzado en Diles que son cadáveres (2011). Se trató de Restos humanos, publicada por Mondadori, una historia tan "esperpéntica" como brillante, imposible de leer sin ceder a la risa sabrosa y la carcajada a mandíbula batiente. Soler, también caballero de la joyceana Orden de Fineganns y autor de Los rojos de ultramar, La última hora del último día y La fiesta del oso, tiene claro –como algunos otros autores- el escritor al que invitaría una copa.

Por Karina Sainz Borgo / Marabílias-VozPópuli

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Etiquetas: escritores, beben, vino, literarias, autores, crítico literario, Llámame Brooklyn, bodega Luis Cañas, La amante de Wittgenstein, Marta Sanz, El frío, Lenguas muertas, Los mejores tiempos, Animales domésticos, Susana y los viejos, Daniela Astor y la caja negra, Marcos Giralt, Tiempo de vida, Samuel Beckett, Tal vez la lluvia, fernando iwasaki, Tres noches de corbata, Un milagro informal, Helarte de amar, Jordi Soler, Honoré de Balzac, borgoña, Orden de Fineganns, Diles que son cadáveres, novela, Poesía, relato, Un buen detective no se casa jamás, burdeos Petrus, desarraigo, viaje, amor, Rafael Cadenas, Los rojos de ultramar, La última hora del último día, La fiesta del oso

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