03/12/2013
Decenas de escritores desarrollan tics, manías y fobias en sus rituales de invocación de las musas. colgarse de los tobillos, escribir en la cama, con tinta verde, consumir cócteles de fármacos o llevar un amuleto encima son algunas de las manías de escritores célebres en el duro trance de afrontar el folio en blanco
Las musas son caprichosas. Algunos escritores, para propiciar la llegada de la inspiración, tienen sus rituales de invocación. Silencio absoluto, la oscuridad de la noche o las primeras luces del día, pluma estilográfica, lapicero o tinta verde, zapatos apretados, un baño relajante o una ducha de agua fría... Cada maestrillo tiene su librillo. Pero la "ceremonia" de la creación se convierte para algunos autores en un doloroso parto. Y muchos escritores acumulan manías, supersticiones y fobias.
Rara entre las raras, la escritora chilena Isabel Allende siempre inicia sus novelas el 8 de enero. Además, empieza a escribir a las 8 de la mañana y se entrega a esta tarea 8 horas. La autora de La casa de los espíritus, que ha inmortalizado en sus obras a los miembros más excéntricos de su familia, comienza sus historias el 8 de enero tanto por superstición como por disciplina. La escritora ha confesado en alguna ocasión que ignora de dónde le viene la inspiración, pero considera que todos sus libros nacen de un interés profundo o una obsesión, de ahí que sus temas se repitan: mujeres fuertes, padres ausentes, solidaridad, redención, justicia, violencia, amor, muerte...
Algunos escritores sienten ante el folio el blanco el mismo pánico escénico que los actores momentos antes de subir a un escenario. Otros, como Arturo Pérez-Reverte, se meten en la piel de sus protagonistas y se adentran en "territorio comanche", como en su nueva novela, El francotirador paciente. Y así se pasó meses, desde Madrid a Lisboa, Verona y Nápoles, persiguiendo a grafiteros.
Un escritor de la "vieja escuela", como el premio Cervantes Antonio Gamoneda, perdió hace unos años unos poemas inéditos porque no los había "pasado" aún al ordenador. No es el único que sigue aferrado a la tinta y el papel. El británico Tom Sharpe, fallecido el pasado verano, también escribía a mano.
Hay escritores que trabajan con un cuaderno de notas. Pablo Neruda transcribía siempre sus poemas en tinta verde, porque este es el color de la esperanza. Y algunos hasta los ilustraba. Lo mismo que Victoriano Crémer, quien sólo al final de su vida se atrevió a mostrar sus "garabatos" en una exposición. Crémer era un escritor metódico, que se refugiaba en un pequeño trastero al que llamaba su "palomar" y allí permanecía encerrado durante horas hasta que convocaba a las musas. Convertía en folios cartas de bancos y cualquier papel que tuviera una cara útil. José María Merino tiene facilidad igualmente para el dibujo. El escritor y académico leonés es de los que consulta una y otra vez el diccionario; una manía que también practicaba Truman Capote. Gamoneda escribe hasta cinco veces el libro antes de publicarlo. Para corrector impenitente Tolstoi, que llegó a reescribir la voluminosa Guerra y paz hasta ocho veces.
Hemingway, un auténtico bon vivant, amante de todos los placeres terrenales, era extremadamente supersticioso. Amén de escribir de pie, quizá porque todo acto creativo conlleva sufrimiento, no era capaz de enfrentarse a la máquina de escribir sin llevar en el bolsillo su amuleto de la suerte, una raída pata de conejo.
Las manías de los escritores son el suculento argumento de varios libros, como Escribir es un tic, de Francesco Piccolo, en el que despeja cuestiones como quién es el escritor que sigue el ritual más estrambótico para meterse en faena, sazonado con jugosas anécdotas sobre los métodos y las manías de autores de todos los tiempos y nacionalidades.
Ángel Esteban y Raúl Cremades desvelan en su libro Cuando llegan las musas los secretos de autores como Gabriel García Márquez, Vargas Llosa, Julio Cortázar, Rafael Alberti, Octavio Paz o Buero Vallejo.
A muchos lectores se les caerían sus mitos si pudieran contemplarlos en bata y zapatillas. Hay escritores partidarios de la disciplina férrea, como el superventas Murakami, un auténtico "currante" del oficio de escribir, en el que emplea siete horas diarias, a partir de las cuatro de la madrugada. Oscar Wilde tenía la manía de escribir en su cama.
Por Verónica Viñas/DiariodeLeón.es
Etiquetas: literario, escritores, tics, manías, fobias, amuleto, musas, Isabel Allende, La casa de los espíritus, mujeres fuertes, padres ausentes, solidaridad, redención, justicia, violencia, amor, muerte, Arturo Pérez-Reverte, El francotirador paciente, Antonio Gamoneda, Tom Sharpe, Pablo Neruda, Victoriano Crémer, José María Merino, Hemingway, acto creativo, Escribir es un tic, Francesco Piccolo, Ángel Esteban, Raúl Cremades, Cuando llegan las musas, Gabriel García Márquez, Vargas Llosa, Julio Cortázar, Rafael Alberti, Octavio Paz, Buero Vallejo

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