19/11/2013
Quienes se atreven a transitar por el mundo de las Letras, esto es, quien se decide a ser escritor o escritora, debe enfrentarse a sí mismo (a), develando su interioridad, su ser a cabalidad. Solo así podrá escribir algo que encierre la verdad que llegue a todos. Ante todo venerar la palabra, aquella que escogemos a la hora de expresarnos. Ésta ha de lanzarse por los caminos intrincados de nuestra inconsciencia lúcida o cavernosa, por nuestro mundo interior, oculto, único capaz de conducirnos al ardor de la sangre oculta que habita nuestra alma.
Quien escribe únicamente con la cabeza, omitiendo su espíritu, no es escritor (a). No puede llegar a los demás y comunicarse con su lector.
Únicamente quien escribe con la sangre, inmerso en su alegría o desgracia, se entiende o logra entenderse con su lector. Debe transgredirse toda norma, todo temor oculto y lanzarse a lo que está convencido que es lo cierto, a pesar de que lo verdadero o lo cierto se esconde en un lugar desconocido por nuestra alma.
Insinuar su deseo de ser escritor, esto es, comunicarse, sin ningún temor a los demás.
Y su estilo va surgiendo poco a poco de su interior insondable, de sus silencios, de su corazón. Y aprende a escribir en una entrega total, sin ocultar nada. Porque, si no, no puede llegar a ser escritor (a).
Y se llega a escribir no únicamente leyendo a los demás, sino tratándose de leerse a sí mismo. No se trata de un aprender más allá de los simples textos, sino de aquello que parece ocultarse. Tampoco se aprende a escribir en escuelas especializadas, en académicos centros de instrucción, los cuales son válidos a pesar suyo. Pero es que antes ha de saber volar. Que su alma vaya más allá de sí misma, que yace escondida en contra de nuestra voluntad. Un trayecto difícil de encontrar y, desde allí, desde ese lugar prohibido, entregar totalmente nuestra palabra, que ya ha dejado de ser simple palabra.
Son expresiones que brotan insurrectas a nuestra voluntad. Palabras que se han tornado susurros. Vamos de las sombras a las luces. Nos encontramos en una zona que nos parece desconocida. Nosotros mismos nos las dictamos, aunque quien lo haga sea nuestro inconsciente.
Por Margarita Carrera/PrensaLibre