11/11/2013
La esencia del periodismo es contar buenas historias, que sean verdaderas y que estén bien escritas. Era así antes, lo sigue siendo ahora, lo será en el futuro, al margen del soporte en el que depositemos esos relatos, del formato en el que los presentemos. Los valores del periodismo auténtico son universales y permanecen en el tiempo aunque podamos envolverlos en el papel de parafina del progreso tecnológico. Avance que, no cabe duda, nos amplía públicos, nos regala oportunidades creativas, nos obliga a más, pero que en absoluto cuestiona ni aún menos altera la médula del oficio.
El buen periodismo se afana y empeña en contar historias distintas, que diferencien el periódico de uno mismo de los de la competencia. Que le impriman personalidad y coherencia. Que lo conviertan en único, imprescindible: en el Periódico. Con agenda propia cierta, de la que nazcan informaciones auténticas, rigurosas, fieles a la realidad. Y que dé gusto leerlas. En ninguna otra profesión, como decía Pulitzer, el arte de la escritura es más importante que en la del periodista. Esa escritura debe exhibir claridad, concisión, orden, precisión, rigor y contundencia. Además, para ser, las noticias tienen que demostrarse pertinentes. Nada más trascendente en periodismo que el sentido de la oportunidad. Y, finalmente, deben contar con el atractivo suficiente como para ser relatos que capten el interés. Que sobresalgan entre el bombardeo de estímulos sensoriales de cada momento y merezcan el tiempo del lector.
Pretender ahora que las nuevas tecnologías van a terminar matando al periódico de papel, como en su día auguró Philip Meyer, quien fijaba la venta del último diario impreso en 2043, es aventurar en exceso. Otras profecías similares fracasaron. Por ejemplo, la muerte de la radio. A lo largo de la Historia, unos y otros soportes se han complementado, pero todos han mantenido siempre como denominador común y condición de su supervivencia el ofrecer el relato de hechos ciertos que interesan al público, así como la contribución al fortalecimiento de la opinión pública en espacios de libertad.
Los diarios acaparan todavía hoy en España la centralidad del debate social. Constituyen una obra intelectual que ordena, jerarquiza, filtra, valora y transmite el acontecer de una jornada a través de un buen y determinado número de páginas. Quienes hemos escrito en rotativos locales sabemos que un periódico es una mirada diaria a la ciudad, a la calle y a sus viandantes. Un periódico nacional, por su parte, implica subirse a un balcón y, asomado desde esa atalaya, ver y mostrar el mundo y tu país a través de los valores que ese mismo medio defiende. El alma de un periódico reside en su sentido moral y ético, y lo definen los principios que defiende, que de una u otra manera tenderán siempre a la mejora social y al bien común.
En el mundo del que formamos parte, donde la industria de las noticias y el desarrollo tecnológico multiplican audiencias y nos sitúan en cruces de caminos e inflexiones de la Historia, las marcas, es decir las cabeceras, van a jugar un papel determinante. Cada vez de forma más consciente, el lector, el ciudadano, querrá informarse a través de aquellos medios cuya cabecera represente los atributos que más le atraen, o con los que mejor se identifica. El consumidor de noticias exige calidad, originalidad y, sobre todo, compromiso ético.
Al diario ABC, como tantas veces he escrito y dicho, lo singularizan y avalan sus 110 años, su trayectoria y su compromiso con los valores fundacionales. Se encuentran perfectamente sintetizados en la defensa de una democracia culta, justa, libre y consciente de sí misma, donde los ciudadanos no puedan ser obviados ni tampoco eludir ellos sus responsabilidades. Un instrumento más, pero indispensable, de servicio público. Una institución al servicio de la sociedad moderna, activa, comprometida, autónoma, crítica, unida, constructiva y positiva, en la que queremos seguir desarrollándonos y a la que queremos ayudar a crecer, enriquecerse y madurar.
No me cabe duda, por tanto, de que los periódicos van a seguir existiendo, al margen del formato en el que se materialicen, se distribuyan y lleguen a las personas: papel, tabletas, teléfonos móviles, ordenadores o cualquier otro tipo de soporte en el que el lector pueda obtener información. Lo transcendente será lo que contemos. Es decir, el periodismo que hagamos.
Por Bieito Rubido, Director de ABC
Etiquetas: periodismo, progreso tecnológico, periódico, Pulitzer, arte de la escritura, periodista, relatos, Philip Meyer, noticias

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