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Poetas anónimos - Internet

01/11/2013

El arte y la cultura no surgen de la nada. Por eso, todos los recuerdos son indispensables para que no se rompa la cadena de transmisión cultural formada por los eslabones del arte. Gran parte de lo que es importante en la historia cultural no es algo que precisamente se pueda aclamar como revolucionario; la cultura no se compone exclusiva ni principalmente de héroes ni radicales, sino de grandes movimientos anónimos cuya función es que las cosas sigan en marcha, sigan existiendo. Vista así, esta reflexión, tiene un sesgo reaccionario, aunque los que así opinen no se dan cuenta de que sobrevivimos mediante la reelaboración del pasado, utilizando para ello la influencia de nuestros conocimientos alojados en la mochila de nuestra memoria. Esa es la clave, crear de forma elegante y poderosa para enfrentarnos a la esclavitud que perdura desde la cultura del pasado, reelaborándola de una manera original o germinal. La misión es difícil nada más porque somos perezosos y nos creemos cualquier cosa; no estamos dispuestos a analizar nuestras creencias cuidándonos de no contradecir la sabiduría recibida.

Una de las reflexiones que acompañan la lectura de la obra de E. Hobsbawm, Historia del Siglo XX, sugiere -con las reticencias con que cada uno quiera acompañarla, a favor o en contra- que la destrucción del pasado, o más bien de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con las generaciones anteriores, es uno de los fenómenos más característicos, y extraños, de las postrimerías del siglo XX. No es, en realidad, tan extraño: los amos del mundo de hoy están tratando de borrar nuestra memoria. Y les estamos dejando. Nos azuzan y nos atufan, consiguiendo adormecernos y hacernos perezosos mediante el atontamiento. Están consiguiendo que nos olvidemos de lo que sabemos sobre nuestra procedencia y nuestra cultura, de nuestros muertos y de nuestro conocimiento. Nos anestesian las conciencias, popularizando el miedo a vivir, aplastando cualquier germen de solidaridad que asoma desde la sociedad civil, que simplemente trata de vivir y dejar vivir a través de la transmisión de esos saberes, que una vez adquiridos, mediante la reelaboración propuesta, se pueden mejorar o empeorar... lo que requiere esfuerzo, siendo misión particular de cada uno llevarlo a cabo. Eso sí, para que el respaldo del pasado nos proteja sería necesaria la desaparición de ese yugo aplastante que decide lo que está bien o mal. Me refiero a esa moralina contenida en los manuales de los vencedores, donde no se guarda el respeto necesariamente personal de dos estilos que están en las antípodas uno de otro: lo que está bien y lo que está mal.

Transferir esa memoria, alejados de lo que está bien o mal, no sería difícil si nos dedicásemos a vivir cada uno nuestra propia vida bajo la responsabilidad particular de cada uno sin inferir en la de los demás. De esta forma, la arquitectura de los sentidos construiría puentes para trasmitir esa comunicación de sentimientos, ayudándonos a salvar las barreras de lo desconocido por no vivido. El problema surge cuando los vencedores acotan el recuerdo y abogan por el olvido trasnochando los hechos, impidiendo ese cruce de experiencias que siempre ha dado paso a aires nuevos y frescos, imposibilitando la germinación de nuevos conceptos que nos ayudarían a mirar más allá de los muros de nuestras pequeñas y claustrofóbicas existencias.

Por otra parte, me parece que la reflexión que nos sugiere Hobsbawm, es una confirmación muy próxima a la realidad, a nada que esta nos interese un poco, tan solo un poco, para acercarnos a las circunstancias que nos afectan directamente. Saber de nuestro pasado ayuda a aprehender y entender nuestro presente. Un pasado constituido por la suerte de la fuerza, cuyo fruto, por ejemplo durante el siglo XX, consumó tantos desastres bélicos, destruyó tantos hogares, aniquiló a tanta población, que los que sobrevivieron a todos estos desastres, a estos saqueos contra la intimidad, y a las posteriores dictaduras de los vencedores, no son los verdaderos testigos. Ellos no llegaron a tocar fondo. Quienes lo hicieron no regresaron o regresaron sin palabras, impidiendo que sepamos más de lo que nos han rememorado desde la oficialidad de la historia, dejando sin voz al horror.

Pero esto sucede, o por lo menos eso parece a la vista de la perfección y el encono que ponemos en esa tarea destructiva, desde que el mundo es mundo….

Por Julián Zubieta Martínez/Deia.com

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Etiquetas: poetas anónimos, E. Hobsbawm, memoria, acervo cultural del pueblo, poetas

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