30/10/2013
Marco Tulio Cicerón acostumbraba a recordar la afirmación de Cayo Lucio respecto de sus textos propios. Pretendía estos que no fuesen leídos ni por los muy ignorantes, ni por los muy sabios, porque aquellos no entendían nada y estos querían entender más de lo que él había escrito.
A estas alturas de la vida, cuando los años te indican más que nunca la posibilidad de que, en cualquier momento, te dé el telele que te pasaporte al otro barrio, al que mi difunto padre solía denominar el Mundo de la Verdad, uno, es decir, este servidor de ustedes, ya no se pregunta para quién escribe o qué clase de lectores son los que pretende.
No es que no me guste tener lectores, al fin y al cabo es con algunos de ellos con quien más y más a menudo dialogo, así que cuantos más mejor. Es que ya sé para qué lector escribo. Tan sabida y resabida tengo la certeza de la imposibilidad de contentar a todos, desde a los más ignorantes hasta los más sabios, por decirlo con palabras de Cayo Lucio.
Escribo para un único lector, para mi más fiel y seductor lector, para mi lector más constante y tenaz, más atento y posiblemente más equivocado. Escribo para mi mismo. Ese lector que soy yo es el que acaba seduciéndome para que considere la validez de un texto. Sólo cuando me convenzo de la validez de lo escrito me atrevo a someterlo al juicio de los más ignorantes y de los más sabios. A veces para escuchar los más grandes disparates de boca de unos y de otros. En ocasiones para reconocer que, o unos u otros, o que unos y otros, tienen razón en lo que dicen y mejor será envainarla.
Por Alfredo Conde/ElCorreoGallego.es
Etiquetas: Marco Tulio Cicerón, textos, escritores, lector, escribir

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