22/10/2013
Cuando Marcos Aucapiña llegó a la ciudad ecuatoriana de Quevedo, productor mundial de banano, alguna gente debía estar matando el tiempo libre en el chopin center, porque no tenían demasiados sitios a donde ir. Seguramente comían algún helado de coco, pedían un arroz con menestra en el patio central del centro comercial o pensaban en la película americana con doblaje mexicano que estaban a punto de ver. Pero Marcos Aucapiña, que llevaba pelo de galán y estaba tranquilo como un profeta, tenía otras cosas que hacer. Se fue a hablar con las autoridades de la universidad local, montó una carpa, puso unas burras, unos tablones, los llenó de libros y los empezó a vender.
Marcos siempre había ido a contracorriente, desde que a los cinco años les pidió a sus padres un cajón para lustrar zapatos y un pequeño puesto de revistas: Tarzán, Calimano, Superman o Melinda. Se leía unas 30 a la semana. No lo pedí por necesidad, sino por la libertad de sentirme libre
. A Marcos no le gustaba la escuela, igual que luego no le gustaron los trabajos de oficina. Ni los negocios estables. Ni los deberes del matrimonio, que le dio tres hijos a los que no ve demasiado: Sé que me guardan su rencor, pero también sé que algún día encontrarán cierto valor en mi forma de vivir
. Por eso vive de pueblo en pueblo, durmiendo en pensiones humildes y limpias, viajando en su coche, lleno de libros. ¿Y si se pone enfermo?
. Ahí sí, llamo a mi mamá, que tiene plata
. Aunque sea todo un señor de 52 años.
Mientras Marcos descargaba sus cosas, es posible que algún sicario de la zona estuviera pensando en balear a un amante intrépido. O a un pequeño camello que no había pagado algún gramo que debía. O a un simple deudor que nunca devolvía la plata que pedía prestada. Por eso aquella librería tan anárquica sabía a manjar.
Por Jorge Berástegui/ HuffingtonPost.es