09/10/2013
La clase empieza a las dos de la tarde. El escritor Julio Cortázar (1914-1984) llega a la universidad californiana de Berkeley a impartir un curso de literatura en ocho clases, en octubre y noviembre de 1980. Divide cada jornada en dos: la primera parte la dedicaba a la lección y en la segunda, al debate. Espolea a los alumnos con amabilidad y terminaban hablando, además de libros, de política, música y cine.
Tienen que saber que estos cursos los estoy improvisando muy poco antes de que ustedes vengan aquí: no soy sistemático, no soy ni un crítico ni un teórico, de modo que a medida que se me van planteando los problemas de trabajo, busco soluciones
, les comenta en la primera jornada a modo de advertencia. El antimétodo debió de gustar porque tuvo que ampliar su horario de atención al alumno en su oficina: lunes y viernes de nueve y media a mediodía.
Clases de literatura (Alfaguara) reproduce las trece horas de cátedras de ingenio, fluidez, concreción, sobre las pretensiones de la literatura, las intenciones del autor y el logro del proceso de escritura. Estas son sólo apenas una decena de conclusiones en el vademécum de Julio Cortázar.
Una novela es un problema. Siempre en el dilema entre cuento y novela, Cortázar determina que los cuentos no son nunca problemáticos. No como la novela. Para los problemas están las novelas, que los plantean y muchas veces intentan soluciones
. El autor de Rayuela reconoce que la novela es un gran combate que el escritor libra consigo mismo para desentrañar un mundo entero, donde se debaten juegos capitales del destino humano.
Una novela es infinita. Así que ya tenemos un problema. La novela, según el maestro, es un juego literario abierto que puede desarrollarse al infinito y según la voluntad del escritor en un momento dado se termina, no tiene un límite preciso. La novela es realmente un juego abierto que deja entrar todo, lo admite, lo está llamando, está reclamando el juego abierto, los grandes espacios de la escritura y de la temática. El cuento es todo lo contrario: un orden cerrado
Una novela comprometida. Si un escritor se considera comprometido y sólo escribe sobre su compromiso, o es un mal escritor o es un buen escritor que va a dejar de serlo porque se está limitando
. No cree en la mezcla de las cualidades literarias con la lucha de los pueblos, pero sí en la capacidad de la literatura para mover al individuo. Los escritores colaboran, apunta, en la revolución de adentro hacia afuera. Si algo puede hacer un escritor a través de su compromiso ideológico o político es llevar a sus lectores una literatura que valga como literatura y que al mismo tiempo contenga un mensaje que no sea exclusivamente literario
.
Una novela no tiene lectores. Escribir para lectores sin calificarlos. No sirve pensar que se escribe para lectores muy cultos o para los que les gustan los temas eróticos o históricos. Lo que es importante y además difícil es escribir pensando que uno tiene un destinatario
, uno genérico. Que le acompañe al autor para evitarle caer en una actividad narcisista o peor todavía: en un best seller. Hay un verdadero contrato entre un señor que escribe para ese público y el público que le da mucho dinero comprando los libros a ese señor, pero eso no tiene nada que ver con la literatura
.
Una novela es una deriva. Para el autor y para el lector de una novela, que entra en ella y sufre el destino que le corresponde como personaje
. La fatalidad termina por cruzar fantasía y realidad, mezclándolos de una manera que ya no es posible distinguirlos. En el punto de fusión ideal, lo real pasa a ser fantástico y lo fantástico real a la vez. Esto no creo que se dé en la experiencia cotidiana de todos nosotros, pero sí se da en la literatura y es ahí donde lo fantástico alcanza uno de sus puntos más altos
.
Por Peio H. Riaño/ElConfidencial
Etiquetas: Julio Cortázar, Berkeley, novela, cuento, Rayuela

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