09/10/2013
Después de tantos años comprendo que la única manera de curar es la poesía. Ni modo. Estuve en lucha durante casi tres décadas para no ser su esclavo, para no convertirme en un maniático hacedor de versos que nacían de la entraña, de las habitaciones más intrincadas que a veces llegaban a ser un laberinto de confusiones y certezas.
Ningún libro ha logrado que me deshaga de las oscuridades y luces de la vida cotidiana, aunque sí abierto los ojos, donde la poesía ha jugado un papel a veces de intransigencia, a veces de miedo, a veces de desnudamiento, a veces de vanidad y soberbia exacerbadas.
Entiendo que nada puede saciar las ganas incontenibles de escribir verso tras verso, uno por uno desfilando desde las células, desde las neuronas y desde la sangre. ¿Quién no ha sentido ese salto al vacío y el poema aparece como una fórmula para no sentir la caída? Lo cierto es que la poesía no tiene una red de salvación que nos espere al final del viaje porque no hay un final y no hay una salvación.
Cuando dejé de escribir versos para mí, para sorprender, para regodearme y ser aplaudido, entonces vino un periodo de exaltamientos, incertidumbres, azoros que me sacudieron las raíces hasta dejarme sin piso, sin paracaídas, sin Altazor, sin Muerte sin fin, sin todo José Carlos Becerra y aun sin León Felipe. Fue un pasaje a un mundo alterno, a una realidad que yo no vivía y que sin embargo vivía a ciegas.
La poesía, a su modo, exigía, reclamaba que me dejara caer; sabía que ya no había regreso, que el silencio me esperaba como único modo de contener la vida cotidiana, y eso estaba sólo en el instante. Y el problema comenzó entonces porque la poesía de algún modo demandaba que la mostrara desde su espacio, desde su conciencia, desde sus certidumbres, y ya no desde los versos o poemas construidos graciosamente por el pensamiento.
Por Ramón Cuéllar Márquez/Octavo Día
Etiquetas: Poesía, José Carlos Becerra, León Felipe, versos, poemas, Muerte sin fin

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