02/10/2013
Hay una bacteria de esas desconocida que crece en la profundidad de unas cuevas y que hace una fotosíntesis extraña que acaba devolviendo ácido sulfúrico; mis personajes también hacen cierta fotosíntesis, lo extraen todo de la condición humana, la retuercen y acaba surgiendo una flor extraña; son como huracanes que lanzan sulfuro puro
. Esos personajes retorcidos y que no he querido contener en su maldad
, que se cruzarán en una noche de cálido verano murciano, son Jacinto, un guardaespaldas mexicano, María, una quinceañera dispuesta a pasar la noche más loca que pueda y al precio que sea para romper amarres con la familia y, Ginés, en principio su misterioso y retraído vecino. Ellos protagonizan, con su diabólica personalidad, Los gatos pardos, apenas la segunda obra de Ginés Sánchez (Murcia, 1967), con la que esta mañana ha ganado en Barcelona el 9º premio Tusquets de novela, uniéndose a nombres como Élmer Mendoza y Fernando Aramburu y llevándose 20.000 euros.
Por si la trama no fuera suficiente per se, Los gatos pardos (que aparecerá en noviembre en la misma Tusquets) llama la atención por un doble motivo: primero, por el calibre literario y moral (por tanto, poco propicio al compromiso comercial) del jurado que la eligió entre la friolera de 602 manuscritos (Juan Marsé, Almudena Grandes, Juan Gabriel Vásquez y Betina González, ganadora el año pasado); segundo, porque apunta que tiene las mejores virtudes del trabajo anterior de Sánchez, Lobisón, inquietante historia de hombres lobo, niños autistas y personajes también en el límite en la Galicia actual y que fue una bestial dentellada (celebrada por la crítica) en el nuevo panorama literario español.
Creo que es mejor que Lobisón; es tres veces la misma noche a partir de tres personajes que se acabarán cruzando, al estilo de la fílmica Amores perros de González Iñárritu
, deja caer, con su hablar quedo y sardónico, quien lleva el nombre del vecino tan aparentemente anodino como misterioso. He soltado esos personajes y he dejado que llegaran donde tenían que llegar; de noche, todos los gatos son pardos pero al correr la cortinilla se ve que son cosas muy distintas; cruzan todos los límites
, suelta, de nuevo, Sánchez. El panorama que dibuja es sombrío, pero en la narración hay fulgurantes rayos de luz que ilumina la conciencia del lector y éste queda perturbado por el oscuro espectáculo que se muestra pero tanto o más por esas zonas de luz que los cruza
, apunta Grandes. Sí, pretendía perturbar, por eso los finales son abruptos, dejando al lector con angustia y suspense
. Ese juego de luces es la misma sensación que experimenta el lector de Lobisón, que no sabe si Adrián es un niño enfermo de gran corazón o una bestia despiadada que devora gallinas como aperitivo previo de las personas. Un poco quizá como el mismo autor, que había entregado ya la novela a sus editores pero no les informó que en paralelo se había presentado de incógnito al premio.
Por Carles Geli/ElPaís
Etiquetas: Almudena Grandes, Amores perros, Betina González, Elmer Mendoza, Fernando Aramburu, fotosíntesis, Ginés Sánchez, González Iñárritu, Juan Gabriel Vásquez, Juan Marsé, Lobisón, premio Tusquets de novela

, escribe aquí tu comentario