24/09/2013
Era, entre los escritores y los hombres de su tiempo, un contradictorio
Un amigo conmovedor, no pedía nada a cambio
De este escritor formal y excéntrico a la vez, de Álvaro Mutis, sorprendían la risa y el desdén; se reía de sí mismo, desdeñaba la importancia que le concedían.
Era, entre los escritores y los hombres de su tiempo, un contradictorio, en el sentido que rescató Guillermo Cabrera Infante: en un tiempo de republicanos, y sobre todo de republicanos latinoamericanos, se declaró monárquico, y defendió esa forma de mando más desde la estética de los salones que desde la ética de las plazas. Su vestimenta recurría a veces a chalecos que recordaban los de los almirantes e iba siempre con una gorra azul marina como si estuviera al frente de un navío.
Era ya un hombre mayor (y era grande, de músculos largos, de grandes facciones, de voz poderoso, casi de caramelo, la voz de Los intocables) y llevaba pantalones vaqueros como un chiquillo. En la época en que muchos de sus compañeros iban haciendo libros grandes y recopilando sus obras completas o sus memorias como si así fueran a parar el tiempo que les caía encima, escribió cada vez más menudo, como había hecho su admirado Juan Rulfo, y siguió haciendo poesía para hablar menos y más bajito.
Se situó lejos del foco que cayó sobre Gabriel García Márquez, por ejemplo, y fue de los que dijo que aquel Nobel había acabado con sus propias ansiedades, si ya lo tiene Gabo para que lo esperamos otros. Cuando este amigo suyo recibió ese galardón fue de los que participó en la alegre fanfarria colombiana que se destapó en Estocolmo, pero no era un hombre de jarana. Tampoco era exactamente un patriota; el exilio le dio otras patrias, y no llenaba las conversaciones de la nostalgia de su país, ni mucho menos...
Por Juan Cruz (ElPaís)
Etiquetas: Álvaro Mutis, escritores, Guillermo Cabrera Infante, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez

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