23/09/2013
Suena tópico, pero esta historia comenzó una mañana saliendo de la ducha, bajo los acordes de I’m so free, de Lou Reed. Jeremías Gamboa (Lima, 1975) se sentó frente al ordenador, abrió un documento de Word y escribió durante más de dos horas sin parar, estimulado por el café y los cigarrillos. Contarlo todo, su primera novela, que Mondadori publicará en España el próximo diciembre, fue un libro que se le impuso, los dedos se le disparaban sobre el teclado. Empezó sin tema, aunque en su cabeza bullían un par de imágenes: el encuentro de una pareja de universitarios que se tienen ganas y un treintañero dispuesto a contar su vida. Nacido como un libro corto fue alargándose hasta superar las 500 páginas. Crecimiento, afectos e identidad son los pilares en los que reposa una novela optimista que se lee como un manual del amor y de la amistad, de cómo vivir y dejarse transformar. Y todo eso protagonizado por un ingenuo joven de 29 años. Olvídense del malditismo, a Jeremías Gamboa le interesa la literatura que ofrece una luz al final del túnel.
Convertirse en escritor no ha sido precisamente un camino de rosas, aunque en este momento Contarlo todo llega precedida de un notable éxito mediático. Pocos autores noveles lo cuentan todo antes de publicarse su obra. Periodista de reconocido prestigio en Perú, como escritor Jeremías Gamboa se define como nieto del boom y miembro de la generación post-McOndo. Sus abuelos abrieron el camino a la renovación del lenguaje y a las historias cercanas, pero necesitaron viajar a París o a Barcelona para poder contarlo y cautivar a millones de lectores. Entre sus referencias Vargas Llosa ocupa un lugar de culto, lo deja muy claro en su novela, pero también admira a autores como Alejandro Zambra. Ambos tienen la misma edad y la necesidad de contar historias de esa clase media que emerge en las grandes ciudades con experiencias diferentes, miembros de la primera generación que accede a la universidad y expertos en el "recurseo" (aprendizaje de la precariedad). Gracias a ellos, en América Latina emerge una literatura nueva, sin grandes discursos, con un sentido muy cinematográfico y sin miedo a las emociones básicas que está ayudando a ensanchar las diferencias
, cuenta desde Lima Gamboa. A esa corriente literaria habría que sumarle que, por primera vez en años, el mercado parece situarse en ese lado del Atlántico; antes era Europa la que te consagraba, pero ahora nuevos lectores, educados gracias a los cambios sociales que se han producido en esos países, buscan historias de chicos urbanos de su clase social con los que identificarse.
Amable, sonriente e irónico, Jeremías Gamboa se enfrentaba este verano a un pequeño auditorio dentro del ciclo literario del festival La Mar de Músicas de Cartagena. El proceso creativo fue largo y tortuoso. Empezó a redactar la novela con 32 años y puso el punto final a los 37. En ese tiempo, su tono se ha modificado, ahora escribe de manera más tranquila y serena, sin ese arrebato que parece impregnar las primeras obras. Como escritor debutó con Punto de fuga, un libro de cuentos que se publicó en Perú en 2007 con excelente acogida de público y de crítica. Hasta Mario Vargas Llosa piropeó su estilo y exquisito lenguaje, lo que en cierto modo justifica la expectación creada ahora con su siguiente libro. Ha firmado contrato con la agencia de Carmen Balcells y Claudio López Lamadrid, el editor de España de Random House, viajó hasta Lima para entrevistarse con él y cerrar los últimos flecos sobre la novela.
Contarlo todo arrancó tirando de su propia biografía. Gamboa, hijo de emigrantes ayacuchanos que abandonaron el campo para instalarse en la ciudad, nació en el barrio limeño de San Luis, estudió en una escuela pública, se licenció en la Universidad de Lima en Ciencias de la Comunicación gracias a una beca y ejerció como periodista desde los 19 años en el diario El Comercio y la revista Debate. En esas redacciones, presididas por las caricaturas de Borges y Cortázar, donde se fumaba sin parar y los becarios esperaban turno para encontrar una computadora libre, aprendió a escribir. Cuando empezó no sabía poner los puntos y las comas, pero, con el tiempo, el texto y él fueron la misma cosa. Tenía nervio. Le fueron pidiendo piezas más largas —tienes 4.500 golpes para contarnos tu historia
— y ni le tocaban las entradillas —pepas
, en el argot—. De hecho, a los 26 años ejercía como editor adjunto de Somos, contaba con un equipo a su cargo y hasta ganaba un buen sueldo, pero no conseguía ahuyentar la incertidumbre que lo corroía como una fiera salvaje sobre el oficio que había escogido. La literatura es para gente que vive vidas al límite, pero quería escribir y no tenía una vida interesante, de modo que quizás, mediante la crónica, podía contar las vidas de otros, ¿no es eso una manera lícita de hacerse escritor?
. La reflexión de Gabriel Lisboa, periodista de 29 años, y protagonista de Contarlo todo, la suscribiría sin duda el autor del libro. Como él, soñaba con ser escritor y pensaba que el periodismo lo iba a matar, como antes había matado a otros. Una vida de lechuzas a cambio de casi nada
, añade su personaje en la novela cuando ya se había acostumbrado a tomar y a fumar como condenado. Fue entonces cuando el autor y sus personajes tomaron una decisión heroica: dejarlo todo y cambiar de vida, ¿no ha soñado alguna vez con ello?
Los resultados inicialmente nefastos
de aquel calentón no lo arredraron. Tras meses atacado por el síndrome de la página en blanco y sin un duro en el bolsillo, dejó el departamento en el centro de Lima y volvió al barrio donde había nacido. Solo con los datos de su vida ya contaba con material suficiente para realizar un mapeo completo
de varios sitios de la ciudad, ensanchar el campo de la representación, redefiniendo espacios y actores. Si La vida exagerada de Martín Romaña, de Bryce Echenique, es la gran novela del yo, Contarlo todo sería la otra opción, la contra. En mi caso podía contar la otra ciudad, la del otro lado y para ello me quería jugar el alma y que la voz sonara latinoamericana
, añade Gamboa. Todo eso formó parte de su imaginación durante años, pero no conseguía arrancar. Se marchó a Colorado a realizar un máster y acabó desertando y volviendo a Perú para escribir como movido por un impulso. De esa tormenta nació Punto de fuga, ocho cuentos que publicó Alfaguara en Perú, y luego la novela que también llegó como un huracán del que no podía escapar. Uno y otro título se pueden leer como vasos comunicantes. El escritor que habita en la novela va imaginando o viviendo historias, como la de los hermanos que viajan desde un barrio chabolista hasta la zona residencial de Miraflores y creen haber aterrizado en Marte, la mujer que espera pegada al teléfono una llamada que no llega, como sacada de un cuadro de Hopper, o la rebelión de un ejército de onanistas, en un cine pornográfico del centro de Lima, que luego se recrean en los cuentos. Redactados con seis años de diferencia, entre ambos títulos se percibe un gran cambio por parte del autor en la capacidad de comunicación con los demás. Los personajes de Punto de fuga prácticamente no se tocan frente a los de Contarlo todo, que manifiestan sus emociones y amistad con total libertad y en la que se vincula muy bien lo masculino con lo femenino.
Por Amelia Castilla/ElPaís
Etiquetas: Alejandro Zambra, novela, Contarlo todo, Jeremías Gamboa, Punto de fuga, La Mar de Músicas de Cartagena, Carmen Balcells, Claudio López Lamadrid

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