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Carta a Günter Grass sobre "Es cuento largo" - Internet

23/09/2013

El siguiente texto es una réplica implacable al Premio Nobel de Literatura 1999, a propósito de la novela en que la sombra de Theodor Fontane es más que perceptible, es una especie de alter ego o dopplegänger del protagonista, sombra a la que, curiosamente, Grass no le reconoció mérito alguno Marcel Reich–Ranicki

Mi querido Günter Grass, de las tareas más difíciles y penosas de esta profesión –nos dice Fontane–, es la de tener que decir, con frecuencia también a las celebridades, o lo que es peor, a aquellos que para uno mismo representan grandeza y fama, cosas que no son bienvenidas. Pero –continúa–¬ lo malo es lo malo, y es algo que se tiene que decir. Después pueden venir los demás con explicaciones y moderaciones. Esta es, con bastante exactitud, mi situación.

Yo lo tengo a Usted como un escritor extraordinario, aún más: lo admiro… ahora como antes. Sin embargo, debo decir lo que no se puede ocultar: me parece que su novela Es cuento largo es una obra malograda por completo. También para mí es, créamelo, muy doloroso. Usted invirtió en este libro muchos años de arduo y, ciertamente, doloroso trabajo. Es obvio que puso todo en juego: se ha vuelto la obra más extensa de su vida. ¿Qué es lo que debo hacer entonces? ¿Aludir solamente al total fracaso con benevolencia y tratarlo como a un cansado peregrino (también éstas son palabras de Fontane)? No, imposible. Solo una cosa le prometo: quien espera aquí chistes malvados e indirectas maliciosas, éstas van completamente por su cuenta, pues se trata de una cosa más seria –en todo caso para Usted.

¿Quería escribir una novela sobre Fontane? Apenas si lo ha logrado. Usted sabe que desde hace mucho hay una novela como ésta, y que competir con quien la ha escrito sería algo insensato, si no inútil. Y de quien hablo no es más que el mismo Fontane: de sus cartas y recuerdos, de sus diarios y libros de viaje; también de sus críticas y, no por último, de sus novelas y novelas cortas se obtiene un autorretrato del que se derivan dos cosas… cómo era Fontane y cómo quería ser visto. No, Usted no quería escribir sobre Fontane, supongo, sino ante todo sobre Alemania y Berlín en los años del hundimiento de la República Democrática Alemana y, por tanto, de la Reunificación.

Como casi todos los autores de éxito, Usted es considerado también –esta designación se la debe en gran parte a sus colegas– como un megalómano. Mi punto de vista es completamente distinto. No ha sido la megalomanía, me parece, la que ha mermado fuertemente su fuerza productiva en lo literario durante los años ochenta y ahora en los noventa, sino más bien la inseguridad o, con mayor exactitud, una menguada confianza en sí mismo. Casi tengo la sospecha de que ahora cree más en su talento como dibujante y grabador que como narrador, como novelista. La crítica y el público se apartaron con gran decisión, y la mayoría de las veces muy abruptamente, de su Ratesa y de Malos presagios, y también de dos o tres libros breves. Eso es una de las razones de su crisis. Otra tiene que ver con la política.

En los años sesenta (¡no antes!) Usted, un artista en lo fundamental apolítico, se convirtió en un político amateur apasionado. Decirlo de esta manera no debería ofenderle: escritores que se vuelven hacia la política, siempre actúan muy bien como amateurs –y si Usted se vuelve político de profesión, entonces perjudica a la literatura sin beneficiarse de la política. No, Usted no quiso nunca cambiar en serio de profesión pero ya se le había dado reconocimiento político. En los hechos: Willy Brandt buscó su consejo y terminó decepcionándolo amargamente, pues lo necesitó durante el tiempo que luchó por llegar al poder y cuando fue canciller federal, no quiso saber nada más de Usted. ¿Me equivoco al suponer que eso nunca lo hirió?

Fueron también solo decepciones las que posteriormente le deparó la política alemana, especialmente en el periodo alrededor de 1990. Todo se transformó y, de hecho, mucho más rápido de lo que nos hubiéramos podido imaginar. Usted no se quedó atrás, tomó parte en los acontecimientos como orador y publicista. No rechazó invitaciones a entrevistas y discusiones. Eso le honra. No obstante, representó opiniones que la mayoría no compartía.

Y se quedó solo. Eso no habla mal de Usted, pero le causó un malestar que no pudo soportar. ¿Y es entonces que comenzó a trabajar en su novela Es cuento largo? Uno debe andar con cuidado, escribió Schiller, de cantar al dolor en medio del dolor.

Es evidente que no estaba seguro por completo de sus medios literarios para realizar, sin muchos detalles, el trasfondo de una historia, sobre todo en lo referente a lo que ocurría en Berlín: a Usted le hizo falta fuerza y valor –¿y quién se lo podría tomar a mal?–, y también aquella predisposición a correr riesgos, la cual es necesaria cuando uno está sentado frente a una hoja de papel en blanco y desea contar. Sin embargo, contar es –de eso estoy seguro– revivir el presente y tener presente lo revivido. ¿Pero a quién se lo estoy diciendo?

Usted, mi querido Günter Grass, decía que para poder tener presente lo vivido, se volvía hacia una idea central, en lo posible original, si bien no del todo extravagante, una idea que debía llevar puesta la novela para ayudar a mantenerse unida. En vez de superar todos los escrúpulos y las inhibiciones (lo sé: tales escrúpulos e inhibiciones son especialmente grandes en un autor mundialmente famoso, el cual ya no es precisamente el más joven) y escribir sobre personas, escenarios y acontecimientos tan directa y sustanciosamente, tan suave y ligeramente, tan jugosamente, como solo Usted puede hacerlo. En vez de decidirse, pues, por la huida hacia delante, le pareció necesario un largo rodeo. Y ahora estamos de nuevo con Fontane.

Usted ama a Fontane. ¿Quién no lo ama? Al mismo tiempo, él se le impone como colega de profesión. ¿Porque es un gran experto, uno que domina, por lo visto jugando, sus herramientas? Ciertamente, pero también por algo distinto. El viejo Stechlin –dice el Pastor Lorenzen en su discurso funerario– era mejor de lo que nosotros podemos ser: un hombre y un niño. Esas palabras se relacionan frecuentemente con Fontane, y con mucha razón.

¿Qué significa esto si pensamos en su creación literaria? Que era ambas cosas a la vez: crítico y naif. Y ambas en la más alta medida. La síntesis de ser crítico y naif es el secreto de su inmediatez y abandono, de su despreocupación y soberanía y, con ello, igualmente, el secreto de su narrativa.

En algunos capítulos de su Tambor de hojalata y en El gato y el ratón, esa ingenuidad se siente de verdad. Después se atrofia y, finalmente, lo abandona –y esa es, tal vez, la kruz de su épica. Fontane, ha pensado Usted, quedaría bien para su tema, algo así como la historia de una familia de Berlín entre 1987 y 1992. Sin embargo, él y su obra son a todas luces productos del siglo XIX. Tampoco en nuestra fantasía se dejan trasladar a nuestra época pero, posiblemente, tales juegos del pensamiento le han hecho concebir la terca idea de llamar a Fontane para afrontar las dificultades.

Usted ha hecho todo lo que estaba en su poder para hacer de su Theo Wuttke, quien es nombrado como Fonty, no precisamente un renacido, pero sí al menos una especie de doppelgänger de nuestro Fontane: como su modelo, Fonty nació en Neuruppin e incluso el mismo día, aunque cien años después.

Cuando no se asemejan, su esposa y sus hijos recuerdan a los de Fontane. Fonty es mensajero de oficina en el organismo encargado de la privatización de las empresas de la RDA; sin embargo, viste como Fontane, y con el tiempo se le parece cada vez más. Se identifica con él de una manera tan inusual; habla de sus novelas o baladas como si fueran sus propios trabajos. Durante una enfermedad, traza en delirios de fiebre nuevos finales para las distintas novelas de Fontane. ¿Qué significa eso? ¿Quería Usted mostrarnos que no puede hacerlo mejor que Fontane? Sin duda.

Por Marcel Reich Ranicki/Der Spiegel/Milenio (Traducción: Marco Lagunas)

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Etiquetas: Theodor Fontane, Marcel Reich–Ranicki, premio Nobel de Literatura, novelista, Günter Grass, Es cuento largo, megalómano, Ratesa, Malos presagios, Tambor de hojalata

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