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¿Cómo diferenciar la literatura de calidad? - España España

16/09/2013

A lo largo de los últimos meses hemos recibido 453,21 cartas pidiéndo un criterio para diferenciar la buena literatura de la mala, la de calidad de la de consumo. Además ha sido detectado cierto resquemor –cuando no cabreo- en  algunos lectores acerca del ratio de “prestigio” que (aquí) otorgamos –con base en datos exclusivamente científicos- a sus escritores favoritos. Es cierto que en España hay buenos autores que por razones difíciles de explicar tienen un prestigio bajo. Y, al revés, autores más malos que pegarle a un padre que disfrutan de un reconocimiento y de una reputación que no han merecido nunca.  Ahora que ha empezado el curso escolar y en el desempeño de la función didáctica que también tiene este blog, vamos a recurrir a lo escrito recientemente por los "maestros" de aquí -los nuestros- para conocer qué es para ellos la buena literatura. Si ustedes son capaces de leer algunos de estos textos  entre líneas, entenderán (o comenzarán a vislumbrar) de dónde vienen ciertos prestigios.

Aviso: Algunas de estas opiniones nos parecen pura erudición y otras simples gilipolleces o meros instrumentos para el autobombo o para la destrucción de la competencia. También -opinamos- hay artículos que son producto de la envidia. Pero no nos vamos a pronunciar. Lean y saquen sus propias conclusiones.

1º.- En 2009, en la revista Letras Libres, (aquí) don Jaume Vallcorba (profesor universitario de Literatura y director de ediciones Acantilado) decía:

La verdad es que se hace muy difícil marcar líneas de división entre las dos desde el exterior, porque lo que puede diferenciar a la literatura de calidad de la de consumo es, en buena medida, la mayor complejidad de la primera respecto de la segunda. Su mayor densidad y pertinencia significativas, así como el juego constante, paralelo al de la música, entre lo reconocible y la sorpresa. Una complejidad de tipo estilístico y retórico, en la que no juega un papel importante la remisión referencial interna hacia la propia tradición.

(…)

Complejidad frente a esquematismo, variedad frente a la uniformización prácticamente obligada de los esquemas que, sin serlo, se pretenden literarios. Riqueza y variedad de recursos técnicos frente a muletillas y recetas. Quizás sea el reconocimiento de las primeras cualidades la única forma de valorar esta “literatura de calidad” de la que hoy hablamos. Pero, como es natural, para que estas complejidad, riqueza y variedad sean tenidas en cuenta por el lector y actúen en él –finalmente el lector es el único capaz de actualizar unas virtudes que en el libro están dormidas o que son, aristotélicamente hablando, simples "potencias"–, deberán ser reconocidas y puestas en acción. Y para esto, sin duda, es del todo necesario el hábito.

2º.- En enero de 2011, Javier Marías en un artículo titulado "Mirar lo inadvertido" (aquí) escribía:

Pero desde hace unos años se reserva el término "literario" para las novelas que antes se llamaban meramente "ambiciosas". Es decir, para las que no tenían como único propósito el de entretener, sino que, además (una cosa no excluía ni excluye la otra), pretendían que el lector viera y conociera el mundo mejor, que quizá pensara en cuestiones en las que normalmente no piensa, que reparara en aspectos de los que por lo general se hace caso omiso. Looking at the Overlooked, se titulaba un ya viejo libro de Norman Bryson, sobre la pintura de bodegones. Eso es lo que -entre otras cosas- ha hecho la literatura de todos los tiempos, la que ha pervivido, la que aún leemos pese a los años o siglos transcurridos. Mirar lo inadvertido, o lo pasado por alto. Eso hacen Montaigne y Cervantes y Shakespeare, Flaubert y Conrad y Henry James.

3º.-El 24 de junio de 2013, Enrique Vila-Matas en El País (aquí):

Es la misma diferencia que creo ver entre un novelista como Brown, que trabaja con la superficialidad del peor periodista, y un escritor de profundidades como Coetzee; tal vez la misma que hay entre el escritor que sabe que en una descripción bien hecha hay algo moral, la voluntad de decir lo que aún no ha sido dicho, mientras que el escritor de best-sellers usa el lenguaje simplemente para obtener un efecto y aplica siempre la misma inmoral fórmula de camuflaje, de engaño al lector. Por suerte aún quedan autores, creo, en los que hay una búsqueda ética precisamente en su lucha por crear nuevas formas.

4º.- Arturo Pérez-Reverte en ABC, 2010 (aquí):

Decir que lo que lee mucha gente no es buena literatura es como decir que un libro no puede ser bueno si provoca muchas ganas de leerlo. Un escritor de verdad no tiene otra cosa que su artesanía. Y un escritor sin lectores desaparece. La única posibilidad que tiene este artesano es que lo lean. Lo que hay que darle al lector es algo que realmente le interese.

Las tragedias griegas eran el entretenimiento de las masas, ¿no?. A mí la calidad literaria, francamente, me importa un rábano; además, quién juzga quién tiene o no tiene esa "calidad literaria". Yo escribo para contar historias que a la gente le hacen vivir vidas que no han vivido. La calidad literaria es para mí que el lector lea tus páginas y no pueda dejar de leer tu libro. Lo demás son milongas.

5º.- Francisco Nieva en su artículo "Buena literatura mala" (aquí) publicado en La Razón en noviembre de 2010:

Un día me acerqué a una tata encantadora, joven y vivaracha, que leía con tremenda avidez un libraco de pastas duras. ¿Qué lees? le pregunté. Ella levantó la vista, como alucinada y me contesto con vehemencia: Tiene otro tomo. ¿Qué quería decir con aquello? Que su lectura era para ella tan interesante y gratificante que aún tenía un tomo en reserva, para prolongar aquella dicha. Lo que estaba leyendo era un ilustre folletín de dichas y calamidades, era "El cura de Aldea", de Pérez Escrich. Para siempre me conmovió aquella chica, me conmovieron todas esas personas humildes que trabajan y leen con avidez una literatura que se considera menor y muchas veces no lo es. El folletín decimonónico ha sido un gran ornato de la literatura, aunque para muchos de sus adventicios lectores de la clase obrera fueran repeticiones simplificadas y de segunda mano. La más grande literatura narrativa se hubo de publicar en folletines periódicos, en todas las rotativas de la época. Las más impresionantes novelas de Dickens y Balzac. Aparecieron paradigmas de buena literatura popular, como "El judío errante" o "Los misterios de París".

Pero también sucedió algo que, en la actualidad, hace que el folletín y «lo folletinesco» se mencionen con una intención peyorativa. Se convirtió en un negocio editorial, como un servicio lúdico, destinado a las clases más humildes. Y aquel "Cura de aldea" era un refrito simplificado  de "Le curé de Tours", de Balzac. Y así se hicieron otros refritos puerilizados y explotadores de lo sentimental y lo horroroso. Hubo editores que lo hicieron con auténtica saña explotadora, y sus publicaciones han servido, luego, de risa y sarcasmo.

Bien es cierto que entre aquellos industriales que se "forraron" figurara Alejandro Dumas, el autor de "Los tres mosqueteros", pero tampoco éste dejó de hacer chapuzas comerciales. Se rodeó de "negros" y publicó su curioso "Viaje a Rusia", donde jamás puso los pies. En suma, la literatura buena y la mala tienen una frontera tan difusa, que hay que andar con mucho cuidado para saber dónde ponemos los pies.

Por Patrulla de salvación

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Etiquetas: Arturo Pérez-Reverte, Buena literatura mala, Cervantes, Conrad, Cura de aldea, ediciones Acantilado, El judío errante, Enrique Vila-Matas, Flaubert, Francisco Nieva, Henry James, Jaume Vallcorba, Javier Marías, literatura de calidad, Looking at the Overlooked, Los misterios de París, Los tres mosqueteros, Montaigne, Norman Bryson, Shakespeare

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